¿Hacia dónde va Suecia?

Neoliberalismo, multiculturalismo, nacionalismo

Demográficamente la sociedad sueca tiene un cambio radical. En las últimas cinco décadas ha aumentado notoriamente la población de origen extranjero, llegando aproximadamente a un 25 % de la población total. Sin lugar a dudas tenemos una sociedad multicultural con un estado mono cultural y con sus propias paradojas.

Vivimos una época de convulsiones. Suecia, como tantos otros países, se encuentra in-mersa en una serie de transformaciones, que no permiten ver claramente el futuro. Por un lado, la arremetida neoliberal en el plano económico, político y como proyecto de sociedad ha tenido grandes logros para privatizar los servicios que tradicionalmente el Estado de bienestar se responsabilizaba. Esto se ve más claramente en el sector de la salud, de la educación y de la atención a los refugiados. La salud pública esta des-financiada, las listas de espera para las operaciones aumentan, la atención primaria en muchos lugares no funciona. Aquellos que tienen un seguro privado de salud pueden recurrir a la atención privada. Por otro lado, diferentes estudios han demostrado, que las esperanzas de vida en los sectores más pobres han empeorado y que las diferencias con los sectores de mayores ingresos han aumentado. La comunalización y privatización de la educación pública ha aumentado la segregación. Y el mercado ha hecho de la educación un sector de acumulación de capital, en desmedro de la calidad.

Se supone que el sector privado y el mercado pueden efectivizar estos servicios, lo que no está demostrado por ningún estudio o investigación. Es más bien un efecto del triunfo del neoliberalismo, la famosa idea de la “libertad de elección”, que pone el acento no en los factores estructurales si no en los personales. Estos factores aumentan la desigualdad entre las personas, un fenómeno creciente en la sociedad sueca.

Los pobres en Suecia son los jubilados, las madres solas, los jóvenes cesantes, los ciudadanos de origen extranjero. Por primera vez después de 50 años tenemos una generación que no tendrá mejores condiciones de vida que la de sus padres. El retiro del sector público provoca a su vez una merma de la democracia. Los ciudadanos de menos recursos tienen menos posibilidades de influir en su propia vida y en el desarrollo de la sociedad.

Demográficamente la sociedad sueca tiene un cambio radical. En las últimas cinco décadas ha aumentado notoriamente la población de origen extranjero, llegando aproximadamente a un 25 % de la población total. Sin lugar a dudas tenemos una sociedad multicultural con un estado mono cultural y con sus propias paradojas.

Por ejemplo tenemos, de acuerdo a los modelos del estado liberal clásico, libertad de religión. Pero, específica-mente, los musulmanes tienen dificultades para poder ejercer su religión. No solo por el rechazo de los nacionalistas, si no también por las dificultades para poder tener sus propias mezquitas. Otro ejemplo, tenemos una política para las minorías, que supuestamente benefician a cinco grupos, pero condicionada por el tema de los recursos. Suecia, respecto a la legislación internacional sobre los pueblos indígenas, en este caso los samer, está atrasada en su legislación. Se supone que las minorías tienen derecho a su cultura, más específicamente a su propio idioma, pero esta idea está condicionada. Los supuestos derechos colectivos de las minorías además entran en conflicto con los derechos individuales que caracterizan al estado liberal.

A pesar de haber tenido en algunos momentos una política generosa de acogida a los refugiados, de haber diseñado una política de inmigración ya a mediados de la década de los 70 y una política de integración a mediados de los 90, a pesar de haber destinado miles de millones de coronas a proyectos de integración y de seguir financiando con recursos públicos las actividades de las asociaciones, no hemos podido resolver los desafíos que plantea la sociedad multicultural.

Los tibios intentos de crear una política multicultural, desde arriba por el estado, chocaron con el rechazo de los sectores medios y profesionales. En mi opinión todo esto se debe a que no tenemos una visión de un nuevo proyecto de sociedad que incorpore el tema de la desigualdad, del reconocimiento de la diferencia, y de un nuevo tipo de democracia.

En esas condiciones resurge el nacionalismo. Surge como una aspiración nostálgica del estado de bienestar nacionalista. “Suecia para los suecos”. Ese modelo es excluyente, discriminatorio y racista. Supone que es la inmigración el factor principal de los problemas sociales. A los inmigrantes se les acusa entonces de no querer trabajar, o de trabajar mucho, o de trabajar por menos salarios. El proyecto nacionalista de los demócratas suecos es un caza bobos, puesto que su política es de derechas. No pretenden aumentar los impuestos, al contrario. No pretenden mejorar las condiciones económicas de los más pobres, al contrario, pretenden crear una diferencia por el origen de las personas.

En el modelo clásico socialdemócrata del bienestar, que ya abandonaron, la desigualdad era central. En el modelo nacionalista es la cultura. Algo ya de esto vemos en los ataques a los refugiados, en la insistencia de poner límites en la integración por el origen de las personas, en la instauración de permisos transitorios, en las restricciones a los derechos que tienen las personas de origen extranjero. En la expulsión de los jóvenes inmigrantes que ya han provocado varios suicidios.

Los conflictos actuales no se pueden entender sin analizar las consecuencias negativas de la globalización y del fracasado proyecto de la Unión Europea. El resurgimiento del nacionalismo no es fenómeno sueco, o europeo solamente, es mundial. Por otra parte los cambios y la transformación estructural de la economía de la sociedad industrial a una postindustrial o del conocimiento plantean el tema del empleo, la inseguridad laboral, el precariado, la perdida de los derechos sindicales.

Todas estas circunstancias han creado una situación política de gran inseguridad para muchas personas.
Se necesita de una fuerte intervención del sector estatal para financiar los servicios públicos y crear más fuentes de trabajo. Se necesita una política de redistribución de los recursos. También del reconocimiento de las diferencias culturales en una nueva forma de organización social. Y de una ampliación sustancial de la democracia.

Y todo esto no se hará si no hay un fuerte movimiento social que sea capaz de influir en las elecciones y de presionar al sector público para que cumplan la labor esencial de responder a las necesidades de los ciudadanos.

*Es antropólogo social. Trabaja en la Universidad de Malmö, en Suecia. Se ha dedicado a estudiar el rol del sector público en la integración social de los inmigrantes, y ha escrito varios libros dentro de su labor profesional.

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