Cuba

Che Guevara, versiones del héroe

El Che que decide subirse encima de la Norton 500 (o “La Poderosa II”) de Alberto Granado es, aún, el Che de las novelas de aprendizaje, del bildungsroman clásico donde el protagonista existe a partir de la dualidad sujeto-itinerario, como si la única forma de sobrevivir dependiera del desplazamiento perpetuo o del aura fugaz de las peregrinaciones.

“Poderosa” no caminó más allá de Chile. Escribe en sus Notas de Viaje: “plantó bandera la moto y perdimos todo el día esperando un alma caritativa, en forma de camión, que nos llevara hasta la cumbre”. A pesar de ello, ambos continúan, en procesión, por rutas inverosímiles. Pudo suceder, en aquel caso, que la autóctona condición hostil del viaje alcanzase a convertir en leyenda la épica probable. Podría suceder, incluso, todo lo contrario.

Tiempo después, a mediados de 1952, Guevara y Granado llegan a una colonia de leprosos en Perú. Hace pocos días han visto el Amazonas. El Che deja estas líneas, que desmitifican: “la confluencia del Ucayali y el Marañón que dan origen al río más caudaloso de la tierra no tiene nada de trascendental: simplemente, dos masas de agua barrosa que se unen para formar una sola, algo más ancha, quizás algo más honda, y no otra cosa”. Después, en medio del asma, escapará de los mosquitos.

Hay un facsímil: hoja amarilla, letras mecanografiadas. “El día sábado 14 de junio de 1952, yo, fulano, exiguo, cumplí 24 años”, comienza. Luego tacha algunas palabras y escribe otras: ‘el juego’, ‘sobre ‘, ‘pasar ‘, ‘por ‘, ‘sobre’ otra vez; pone dos comas, una ‘a ‘, una ‘r’.

Explica que la vida no lo ha tratado tan mal. Cuenta que en la tarde jugó un partido de fútbol y regresó, como casi siempre, a defender el arco, “con mejor resultado que las veces anteriores”. Comió en casa del doctor Bresani. El doctor Bresani es Federico Bresani Silva, Médico Superintendente del Leprosorio de San Pablo, que vivirá allí hasta que en 1956 regrese a Lima. Escribe, el Che, unas palabras de agradecimiento al doctor y a todo el personal de la colonia. Se refiere a la unidad americana, a las divisiones ilusorias. Su discurso se vuelve ecuménico. La hoja termina en la palabra “similitudes”. Con eso debería bastar.

El Che de 1967 es la versión última del héroe. Lo sabe. Lo sabe Fidel, que ha leído dos años atrás la carta de despedida donde Guevara dejó una ‘estrofa’ fulminante: “un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos”.

Se fue al Congo. Se fue a Bolivia.

Hay otro facsímil. Una página de agenda telefónica. Aparecen títulos de libros en la columna de los ‘noms’, y los autores, debajo de ‘téléphone’. Es una lista de lecturas. El Che planeaba leer El inspector, de Gogol; los Cuadernos filosóficos y algunos tomos de las obras de Lenin; otros de Marx y Engels. Existe una imagen de aquellos días donde se lo ve encima de un árbol, en lo que debería ser un punto de observación, leyendo.

El 14 de junio de 1967 anotará en su diario: “Celita (4?)”. Se pregunta si su hija cumplirá cuatro años. Escribe por última vez sobre su aniversario en una agenda alemana. Es el miércoles (Mittwoch) de la vigesimocuarta semana del año (24. Woche).

Cambia una palabra: ‘falta’ por ‘queda’. “He llegado a los 39 y se acerca inexorablemente una edad que da que pensar sobre mi futuro guerrillero; por ahora estoy «entero»”, concluye.

Terminan su peregrinación final ciento diecisiete días más tarde. El héroe sabe que la única forma de sobrevivir tiene que ver con el movimiento eterno, con volverse un ser cíclico. “Hoy comienza una nueva etapa”, la primera oración de su diario en Bolivia -el 7 de noviembre de 1966- podría haber sido, también, la última.

La columna del Che