Catalunya-Referéndum

¿Por qué inquieta la peluca del presidente catalán cuando España se desgarra?

Javier Cortines    21.Sep.2017    Mundo

Si no fuera tan frívolo y no me preguntase si Puigdemont lleva o no peluquín, tampoco me daría cuenta de que hemos entrado, de la mano del PP y del PSOE, en la Era de los Sicofontes (delatores profesionales al servicio de la política) y de que los nuevos dictadores están corrompiendo la democracia en Occidente.

Me avergüenzo de ser uno de los millones de españoles que, (en un momento crucial para la Historia de España: el mayor desafío que afronta el Reino desde el asalto golpista del teniente coronel Tejero al Congreso, el 23-F de 1981), se pregunta si Carles Puigdemont, presidente de la Generalitat, lleva peluca o, luce una espesa cabellera que recuerda al primer corte de pelo de los Beatles. ¿Influirá eso en el referéndum por la independencia de Cataluña que se celebra el primero de octubre, el 1-0?

¿Acaso soy un pasota de “la Generación Beat” que ya no cree en nada y que, a causa de tanta decepción, se ha trasformado en un humanoide “hedonista” que cuenta los días con copas de vino y ya sólo se agarra al milagro de que le toque el premio gordo de la Lotería de Navidad?

Si fuera una persona culta y profunda que creyese en la patria, la bandera, Europa, La ONU, el BCE, Bancaraña, y en los señores y señoras que rigen el destino de la humanidad, dedicaría mi vida a buscar la verdad, a pesar de tanta falsedad, y, cada vez que la hallase, lanzaría, con mis amigos, una flecha de luz que alcanzase, haciéndola resplandecer como nunca, la Estrella Polar, esa que indica el rumbo a las diosas y a los hombres.

Pero no, ni la poesía ni la oratoria ponen recto lo torcido, y mis ridículos conocimientos sólo son sombras de sueños olvidados.

España se parte. El cambio climático puede acabar con la especie humana (antes de eso podrían aparecer enfermedades monstruosas para las que no estamos preparados); el hambre, la desigualdad, la explotación infantil (por la deslocalización empresarial, etc.) campan a sus anchas en todo el planeta. Su suerte queda en manos de ONGs y en las de misioneros sin fe.

En nuestro país, donde los molinos se convierten en gigantes y donde pensar en voz alta se castiga siguiendo viejos tics de la dictadura militar, la exclusión social y el trabajo precario se cronifican -como bien advierte Alberto Garzón (IU) y las vanguardias que avisan de un colapso distópico que podría superar los límites de la imaginación-.

En la Patagonia, el Glaciar Perito Moreno se ha convertido en un espectáculo internacional. Allí acuden los veranos de más actividad miles de turistas que, desde los balcones y terrazas de un hotel construido para deleite de los ricos y curiosos, ven a lo lejos cómo se desploman bloques de hielo del tamaño de rascacielos.

El otro día un amigo argentino me enseñó un video en donde se puede ver cómo se desplomaban, rugiendo, edificios de hielo, y cómo los viajeros sacaban fotos como locos tras exclamar ¡Ah! ¡Increíble! ¡Ohhh! La Tierra muere poco a poco o, de repente, como el defensor de elefantes más famoso del mundo, el surafricano Waine Lotter, de 51 años, quien fue asesinado con dos disparos el pasado 16 de agosto en Tanzania, por obstaculizar en ese país el comercio de marfil, y reducir la caza furtiva de elefantes en un 50%.

Si no fuera tan frívolo y no me preguntase si Puigdemont lleva o no peluquín, tampoco me daría cuenta de que hemos entrado, de la mano del PP y del PSOE, en la Era de los Sicofontes y de que los nuevos dictadores están corrompiendo la democracia en Occidente. (El poder del pueblo se ve como una amenaza, y los dueños de la economía mundial piden cirugía y mano dura, para que el burro (los ciudadanos o súbditos) siga girando la noria, y así seguir llenado sus bolsillos con dinero radiactivo.

Y vuelve a cantar Quiquiriquí el Noble Gallo Beneventano para recordar una frase de una vieja película (ahora no me acuerdo del título) que decía así: “los poderosos sólo se rinden ante los hombres y mujeres libres”.

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