Chile, política

De la crisis oligárquica al tedio electoral

La política se caracteriza por la posesión de altas y bajas mareas, es decir, bipolar en el sentido de que de la  euforia  pasa a la  depresión, del lírico, a la prosa ramplona, de la esperanza, a la desesperanza, de “los sueños despiertos” a la pesadilla…

Hoy nos encontramos en Chile en un período de baja marea de la política, en que predomina el tedio y la apatía de una mayoría abstencionista, no sólo respecto de las elecciones, sino también de lo político en su sentido más profundo y valioso.

El abstencionismo, que carcome la democracia, no tiene nada de nuevo en la memoria histórica chilena: en 1952, el rechazo de los partidos políticos luego del gobierno del Presidente radical Gabriel González Videla, fue tan fuerte que los electores se inclinaron por el candidato independiente Carlos Ibáñez del Campo, denominado, en ese entonces, “el General de la  esperanza”, cuyo emblema de campaña era una escoba, para barrer la corrupción reinante, (los ciudadanos olvidaron muy pronto de que Ibáñez había sido dictador entre los 1927 a 1931, y que había expulsado del poder, además, condenado sobre la base de una acusación constitucional).

El segundo gobierno de Ibáñez fue un desastre, pero hay que reconocer que no se dejó llevar por aventuras dictatoriales a las cuales  “la línea recta” – grupo de militares que querían forzar un autogolpe  pretendía conducirlo -. En el comienzo del segundo gobierno Ibáñez fue apoyado por el Partido Socialista Popular – integrado por la mayoría de los dirigentes socialistas, salvo Salvador Allende  junto a un pequeño grupo de militantes – y los Agrario Laboristas, sumados a una serie de pequeños partidos.

“El General de la esperanza” terminó decepcionando a todos aquellos que creían en la  consigna de depurar la política y, sobre todo,  eliminar de la política a los corruptos – principalmente a los radicales, a quienes se atribuía todo tipo de robos; en esa época, radical era sinónimo de político venal -.

En 1958 nuevamente los electores decepcionados de los partidos políticos, sin haber aprendido nada de mala experiencia del gobierno de Ibáñez, buscaron un posible salvador en el gerente de la Papelera, Jorge Alessandri Rodríguez, que prometía un gobierno gerencial y tecnócrata, más allá de los  partidos políticos de derecha, prometiendo mejorar la  situación económica del país, minada por la alta inflación.

El gobierno de  Alessandri, en el área política fue  un desastre: al poco andar de su inicio perdió la mayoría parlamentaria y se vio forzado a llamar a radicales de derecha a integrar el gabinete; en Curicó, en 1964, se inició el derrumbe de los partidos de derecha – liberal y conservador – a causa del triunfo del candidato socialista a diputado, Dr. Óscar Naranjo, sobre el candidato de la derecha.

Las situaciones del pasado político no se pueden transponer a las de la actualidad, sin embargo, entregan muchas lecciones y elementos de comparación que permiten entender la situación contemporánea. Chile, no sólo ha vivido a partir de 2011 una crisis de representación – la mayoría de la ciudadanía se niega a votar – pues los representantes cuentan con un apoyo ínfimo por parte de la ciudadanía, sino – y lo más grave – una crisis de dominación oligárquica, ocasionada por el rechazo mayoritario a la clase política, transformada en castas plutocráticas.

La historia nos prueba que, en muchos casos, estas crisis de dominación oligárquica no terminan en cambios substanciales del sistema político, sino en una regresión o cambio para que nada cambie. Casos como el italiano – durante el reinado de Silvio Berlusconi, después del quiebre del sistema político con la desaparición de los principales partidos históricos -, o el español, con el actual Jefe de Gobierno, Mariano Rajoy, son muestras suficientes para afirmar que las crisis de las  castas políticas no siempre conducen a perfeccionar el sistema y a reemplazar a la casta en el poder, por el contrario, existen varios casos en que los ciudadanos eligen  al candidato más corrupto y el peor entre los postulantes.

En 1924, la crisis chilena de dominación oligárquica fue, finalmente, manipulada por Arturo Alessandri, imponiendo, por medio de un plebiscito fraudulento, la Constitución de 1925- como dice el profesor Gabriel Salazar,, “perfectamente antidemocrática”, < igual a la de 1833 y la de 1980> -.

Lamentablemente,, en la actualidad, estamos viviendo situaciones parecidas a las de 1952 y a la de 1924: de una crisis de dominación oligárquica estamos pasando a una decepción radical por parte de la ciudadanía, no sólo de los políticos, de los representantes y de los partidos, sino que también se está minando la base del sistema electoral y, además, las instituciones – según el ex Presidente Ricardo Lagos, funcionaban – están desprestigiadas.

El rechazo de lo político, en el sentido más digno de la palabra: preocuparse de la polis, conduce al abstencionismo y, finalmente, a un nihilismo cívico que lleva a los pocos votantes a buscar entre todos los candidatos a la presidencia de la república a un “salvador”- como les atribuyeron a Ibáñez y Alessandri en la década del 50 -. Hoy, el candidato Sebastián Piñera, aprovecha del período electoral para seguir engañando a la ciudadanía en el sentido de que su gobierno de prosperidad y el mejor en la historia de Chile, cuando en realidad fue un verdadero desastre, pues provocó la rebelión de estudiantes y sobre todo, la de las organizaciones sociales a nivel regional.

La elección presidencial y de parlamentarios, a realizarse en noviembre próximo, es una de las más tediosas en la historia electoral de Chile.

Rafael Luis Gumucio Rivas, El Viejo (Chile)