Los sindicalistas suben el precio?

Nadie habla que el sindicalismo argentino –desde hace años- sufre de una crisis de representatividad. Ello, más allá de los triunfos electorales que cada dirigente puede mostrar a la sociedad. Si se habla que las actividades laborales están en crisis y que en los años venideros, decenas de ellas desaparecerán, también es justo reconocer que el concepto del ‘trabajo’, como se lo entendía hasta los años ’70 u ’80, han sufrido grandísimos cambios. Los trabajadores han ido cambiando. Pero los sindicalistas, no.

Ello ha dado pie a que estén en la mira de la sociedad y que hasta que los sectores más inmorales de la sociedad los cuestionen. Es allí donde un medio hegemónico ha acuñado la palabra “los gordos” para identificarlos, en una muestra de su racismo y política exclusionista de la sociedad. Para este grupo comunicacional (y a todos los que le han copiado indignamente tal calificativo usado como despectivo), en esta sociedad no existe lugar para los “gordos”. Todos deben ser flacos, esbeltos y carilindos.
El término “gordo” es usado para denigrar. Y lo peor es que amplios sectores sociales –principalmente los clasemedieros- gozan con repetir este calificativo usado como desprecio.
Los sindicalistas disfrutaron de tres gobiernos peronistas (de Néstor Kirchner y de Cristina Fernández) donde se generaron millones de puestos laborales. Lo que significó, que millones de trabajadores pasaran a realizar su aporte sindical por cuotas, a cada gremio y/o federación. Todo marchaba bien, con el índice de desocupación más bajo en décadas, hasta que unos pícaros del sindicalismo quisieron ir más allá de lo que podían y debían. Creyeron que seguían siendo “la columna vertebral” (del Movimiento Peronista), dando muestra de sus limitaciones analíticas y dirigenciales, para una Argentina (dentro de un mundo) tan cambiante.
Así, esos “gordos” que habían sido repudiados por años por parte del Grupo Clarín, La Nación, los radicales, la derecha (PRO, CC, ARI…) y los dirigentes comerciales, industriales, financieros… se transformaron en los “socios”. Esos des-calificados como “gordos”, pasaron a ser tratados como “rubios y de ojos celestes”, por el establishment. Y lograron prensa rápida y constante. Los unía su enemigo común: el gobierno peronista.
Afirmando a los cuatro vientos que eran peronistas, se codearon con lo más repulsivo del anti-peronismo, y festejaron el triunfo de Mauricio Macri. Al cual no solo ayudaron atacando al peronismo, sino que hasta… aportaron dineros (¡!) para las campañas. Llamativamente nadie de la derecha y el neoliberalismo les preguntó a “los gordos” de dónde sacaron esos dineros… Ni siquiera esos medios que se auto-proclaman “independientes” y “de investigación”, indagaron.
Por ello no llamó la atención que tras el triunfo y asunción de Mauricio Macri, existieran “gordos” con puertas giratorias en ministerios y Casa Rosada, para ver a sus amigos de Cambiemos. Y ellos, le otorgaron un amplísimo período de “confianza” (¿?) para que “ordenaran el país” (¡!). Fueron cómplices alegres e irresponsables de la fiesta inflacionaria, devaluatoria, endeudadora y persecutoria que azota al país desde el 15 de diciembre de 2015. Han mostrado sus apetencias, sus debilidades, sus servilismos, sus aislamientos, sus escondidas; no entienden la historia mundial ni mucho menos la argentina. No entienden que el capitalismo es insaciable. Que se sustenta –pura y exclusivamente- en la explotación del hombre por el hombre.
Creen que están en condiciones de negociar; de condicionar; de influir… De sentarse a discutir de “igual a igual” con el gobierno de Macri. No entienden cual ha sido el papel que Cambiemos les ha conferido, por las buenas o por las malas. No quieren entender que este gobierno es la continuidad (con votos) de la trágica línea histórica que tras la aparición del peronismo, se enhebra con Aramburu-Onganía-Lanusse-Videla (y todos los que les fueron funcionales con caras democráticas). Esta clase dirigencial sindicalista parece no querer recordar que desde septiembre de 1955 existieron sindicalistas que acompañaron a los dictadores Eduardo Lonardi y Pedro E. Aramburu. Que años más tarde cumplieron su papel traidor al darle la espalda al retorno de Perón en 1964; que fueron a negociar alegremente con el dictador Juan C. Onganía; que trataron de aislar la resistencia de trabajadores, dirigentes y de Saúl Ubaldini en épocas de la última dictadura.
Llamativamente (o no tanto), uno de los genuflexos que tenía puerta giratoria en ministerios y la Casa Rosada (en esos años de plomo), era un dirigente plástico, llamado Jorge Triaca… Esta clase dirigencial sindicalista disfrutó de las privatizaciones de Carlos Menem, que les permitió armar ‘kioscos’ recaudadores (empresas de servicios, cooperativas, prestadoras…). No entienden que hoy, el poder real ejerce el poder formal. Que no necesita de “intermediarios”. Ellos solo consideran empleados. Ese es el papel reservado a estos señores sindicalistas.
Por ello las disputas internas; los amagos de más divisionismos; las jugadas de “unidad”; los saltos constantes de lealtades entre ellos mismos; los deseos de ser “interlocutores” de Cambiemos. Por ello cada vez más aislados de sus “representados”. Lo que sirve para que el establishment aproveche y los destrate aún más ante la sociedad. Es así que se ha llegado a esta instancia donde Cambiemos “va por todo”: quiere una ‘flexibilización laboral’, que en verdad es un retorno al pasado disfrazado de “modernismo”.
En este caso, necesita de estos dirigentes para validar la maniobra. No para discutir… Para que acepten y cierren “el pico”. Para ello circula en los ámbitos políticos y sindicales (bajo el inmoral silencio político y periodístico) el término: “carpetazo”. Que no es otra cosa que una extorsión. Si los sindicalistas no cumplen con su papel (servil), irán apareciendo “carpetas” ante la justicia para ir llevándose puestos a los díscolos.
Al parecer, existe una numerosa cantidad de sindicalistas que tienen miedo a ese “carpetazo”. Los que han permanecido silenciosos ante el encarcelamiento de Milagro Sala; ante la desaparición y muerte de Santiago Maldonado; de las prisiones de Julio De Vido y de Amado Boudou, comprenden que sus amigos de Cambiemos no lo son tanto y ahora le apuntan a ellos. Es así que ante el proyecto de “reforma laboral” macrista, han salido a decir “no”, pero estamos para negociar…
En los primeros días de noviembre de 2017, el ministro de Trabajo recibió a sindicalistas cegetistas. Encuentro breve –por cierto- donde los visitante indicaron que rechazan “el proyecto de ley de reforma laboral tal como está redactado” porque “se pierden derechos”. Pero aclararon que conformarán ‘mesas técnicas’ para seguir negociando. Los atendidos por el ministro Jorge Triaca (vaya coincidencia… hijo de aquél ‘dialoguista’ de años atrás), fueron Héctor Daer y Juan C. Schmid (integrantes del triunvirato de la CGT), Armando Cavalieri, Andrés Rodríguez, Omar Maturano, Rodolfo Daer y Francisco Guitérrez.
Los anfitriones –además del ministro-, fueron el vicejefe de Gabinete, Mario Quintana, y las “figuras” del PRO en el Senado y Diputados: Federico Pinedo y Nicolás Massot, respectivamente. Quienes entienden algo de política y de antecedentes, comprenderán que –palabra más, palabra menos-, existen muchas más coincidencias que diferencias entre los reunidos…
Lo que está en juego no es una simple “reforma” laboral. Está en juego qué país se quiere construir, lo que no es poco decir. Desde Cambiemos apuestan a una “argentinización” de lo hecho a nivel laboral por el gobierno golpista-delictivo de Brasil y la derecha de Francia. En este sentido, ha resultado todo un aviso el término utilizado por el (oficialista) periódico Ámbito Financiero del 3-11-2017, mostrando: “…entre aquellos dirigentes dialoguistas que quieren negociar (Gordos e independientes) y otros más opositores al Gobierno (moyanismo)…”.
Se asiste a un momento en que el sindicalismo se muestra ‘duro’, para elevar su precio…?

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