Chile, política

Cambio de mando, de Bachelet a Piñera

La presidenta Michelle Bachelet entrega por segunda vez la Piocha de O’Higgins al derechista presidente Sebastián Piñera (2018-2022)

El 11 de marzo, la presidenta Michelle Bachelet entregó por segunda vez el mando del país al derechista Sebastián Piñera. Tiene práctica. Ya le hizo un traspaso de la piocha de O’Higgins en 2010 al fin de su primera presidencia. Un traspaso más caótico. Ahora, sin terremoto, el cambio de mando funcionó como pieza de relojería. El adagio afirma que las segundas partes nunca son buenas.

El segundo mandato de Bachelet lo confirmó. A pesar de haber hecho más reformas que en su primer mandato. Terminó su segundo mandato bajo el signo de avances inconclusos, como una presidencia que fue una cita perdida con la historia ¿La negativa en cerrar la cárcel cinco estrellas de Punta Peuco será el símbolo de esa pequeñez?

Reformas inconclusas de Bachelet

Y es que las reformas impulsadas por Bachelet, solo tienen sentido como primeros pasos de un largo camino hacia la profundización de la democracia en Chile. (Ver nuestra cobertura de Chile aquí).
Aunque la reforma educacional terminó con el lucro, acomodó al sector privado. Permitió la gratuidad para 260 mil familias más vulnerables, pero no asegura una mejora en la calidad de la educación pública. No respondió a las demandas estudiantiles.
La reforma laboral reconoció el último contrato colectivo como piso de negociación, pero que no así la titularidad sindical. Una ley “ni chicha ni limonada”.

Hubo citas perdidas con la historia. Como la ausencia de reforma del injusto sistema previsión basado en las AFP. Hay pequeños avances en el acceso a la salud, sin reformar las ISAPRES ó FONASA. El proyecto de reforma constitucional firmada recién el 6 de marzo, solo 5 días antes de terminar su presidencia, quedó finalmente como un saludo a la bandera. Pero hubo logros, como el fin del sistema binominal de elección.
Continuó el modelo neoliberal y el extractivismo y la política internacional concordante. Pese al creciente consenso internacional que este se agotó y por engendrar desigualdades sociales. Una política exterior que se plasma en el Tratado Integral y Progresista de Asociación Transpacífico (TPP-11) que da primacía a las multinacionales sobre los estados nacionales. Un tratado firmado paradojalmente por la presidenta el 8 de marzo. Otros destacan el carácter limitado de la reforma al Código de Aguas. El que no se reformara la Ley de pesca, adoptada con colusión empresarial en el primer gobierno de Piñera.

Deudas acumuladas

El respeto de los derechos humanos se mide en cómo se trata a los más vulnerables. Frente a la lucha por los derechos de la Nación Mapuche sometida a la ley antiterrorista, prometió un Plan de Reconocimiento y Desarrollo de la Araucanía. Una promesa simbólica. A pesar del escándalo de pruebas falsas de la Operación Huracán… todo sigue igual: El Estado de Derecho tuerto es más importante que los derechos de un pueblo sumergido.

Finalmente Bachelet se negó a cerrar Punta Peuco

Se consolidó la impunidad de la gran mayoría de responsables de violaciones de derechos humanos durante la dictadura. Mantuvo la deuda de verdad y justicia con familiares de detenidos políticos desaparecidos. Se agrega la débil reparación a los ex presos políticos de la dictadura, mientras sus torturadores y asesinos gozan de trato especial. Finalmente Bachelet se negó a usar su prerrogativa presidencial para cerrar la cárcel cinco estrellas de Punta Peuco. Ese será el símbolo del incumplimiento de su gobierno con la deuda de justicia. Lamentable pusilanimidad de una presidencia que sufrió las violaciones de derechos humanos en carne propia.
La tímida Ley del aborto en tres causales sacó a Chile de la oprobiosa lista internacional de los últimos de clase, pero no garantiza la libertad de elección de las mujeres.
Las leyes contra la influencia de los negocios en la política, no garantizan su control… Lo prueba, según algunos mal pensados, la reelección del Berlusconi chileno.
Hubo una larga lista de medidas y reformas bienvenidas. Pero ellas se conjugarán positivamente, solo si continúa el proceso de cambios en el nuevo gobierno. Hoy están cuestionadas por el regreso del alter ego derechista de la clase política instalada en 1990. Una clase política cada vez más distante de la sociedad, como lo muestra la tasa de abstención.

¿Cuál fin de ciclo?

Hay consenso en que la coalición Nueva Mayoría que llevó Bachelet al poder en 2014 vive una crisis terminal. Se habla efectivamente en Chile de un fin de ciclo, sin que las perspectivas apunten a la anhelada apertura de las grandes alamedas.
Los más pesimistas temen que la llegada al poder por segunda vez de la derecha, inaugure una seguidilla de gobiernos de derecha. Por su parte, los optimistas esperan que se haya impuesto la alternancia, como en países desarrollados: Que dentro de cuatro años habrá un cambio de signo que reabrirá el camino de las reformas. Quienes son realistas constatan que se vive desde 1990 en la persistente inminencia de transformaciones profundas, que nunca llegaron. Que la democracia restringida a elecciones se agotó en la separación entre sociedad y política. Que, si se desean cambios, los movimientos sociales deben reconstruirse como actores de la profundización de la democracia.

La defensa de los derechos del pueblo mapuche ocupará el centro de la reactivación social

¿La segunda presidencia de Piñera será también, peor que la primera? En todo caso las expectativas son muy limitadas, a la altura de promesas de deshacer las reformas de la presidenta saliente y asegurar el crecimiento económico. Todo seguirá igual según Juan Pablo Cárdenas. Se tratará de retornar a los años míticos de una gloriosa democracia de los consensos que existe solo en la memoria de cierta clase política.
Es evidente que el ensayo de un sistema político distante de la sociedad llegó a su fin. Según la versión oficial, era necesario para una transición pacífica, cuando la relación de fuerzas con la violencia militar y su intransigencia represiva, disminuía alternativas de cambio radical.

Perspectivas inciertas

El sistema político instalado en 1990, suponía la desarticulación de los movimientos sociales. Cristalizó una convivencia en torno al modelo neoliberal. Permitió reformas limitadas sin variar lo esencial de la Constitución heredada de los militares fascistas.

Las profundas desigualdades sociales alimentan el descontento

Se entra, con el fin del sistema político de 1990, en territorio incierto. El Congreso, por la dispersión de fuerzas políticas limitará las medidas que pueda imponer el presidente Piñera (ver nuestro análisis aquí). Pero al mismo tiempo no podrá limitar los espacios con que cuenta el poder presidencial en muchas áreas. Sus ministros son de la derecha dura y ligada a los negocios. La derecha busca transformarse en gobierno permanente, ya no necesita avatares para obtener caución moral. Andrés Chadwick, es el nuevo Ministro del Interior. Perteneciente a la juventud pinochetista, se declaró arrepentido en 2012. Es considerado sapo y cómplice en la entrega de cientos de jóvenes a la policía secreta. Por su parte, la derecha fascista, en torno a Felipe Kast de Evopoli, se prepara para ganar en el 2022?
La descomposición de Nueva Mayoría abre un periodo incierto de recomposición de fuerzas políticas. Es un nuevo periodo de movimiento de placas tectónicas del sistema político. ¿Encontrará su destino la Democracia cristiana, o perderá su alma en el intento? ¿Recordará el Partido Socialista que hasta 1989 era un partido de los trabajadores? ¿El Partido Comunista volverá a centrarse en el trabajo de masas?

¿Retorno del actor social?

Pero la historia no termina y la hacen los pueblos, como dijo en su último discurso el presidente Salvador Allende, el 11 de septiembre de 1973.
Todo indica que los próximos cuatro años estarán marcados por las movilizaciones exigiendo mejoras sociales. Las profundas desigualdades sociales alimentan el descontento. La defensa de lo avanzado fortalecerá la movilización social.
Fue la necesidad del actor social, lo que se encarnó en el sorprendente score del Frente Amplio en la primera vuelta y en las elecciones al Congreso. Un conglomerado heteróclito que da esperanzas de una recomposición de la izquierda política conectada con la sociedad y sus reivindicaciones.
Tras el desplome de cierta clase política, ¿Retornará el actor social para profundizar la democracia?