Brasil, política

La cabeza de Lula da Silva se entrega en bandeja a los golpistas

La decisión del Supremo brasileño de negar el habeas corpus a Lula da Silva, que ha derivado en la orden del juez Sergio Moro de ingreso inmediato del expresidente en la cárcel de Curitiba, aboca a Brasil a una peligrosa escalada de tensión de resultado incierto.

El mismo Supremo que en 1936 determinó la extradición ilegal a Alemania de Olga Benario Prestes, quien luego murió en un campo de trabajo del Tercer Reich, porque la judía alemana estaba embarazada de su marido el comunista Luis Carlos Prestes; el mismo que en 2016 presidió el juicio arbitrario en el Senado de la República contra la presidenta Dilma Rousseff, en lo que constituyó un golpe parlamentario puesto que no había ninguna causa en su contra, el día 4 de abril de 2016, vuelve a ser coherente con su pasado al figurar como garante de la gran persecución judicial contra un ciudadano brasileño, al negar que el expresidente de Brasil pueda seguir en libertad luchando por sus derechos contra las arbitrariedades practicadas por los jueces, fiscales y policías justicieros de la contestada operación Lava Jato.

ES DIFÍCIL ENTENDER CÓMO SEMEJANTE ABERRACIÓN JURÍDICA PUEDE PROSPERAR EN UN ESTADO DEMOCRÁTICO Y DE DERECHO

Es más que sabido que la persecución judicial contra Lula da Silva se ha convertido en un juicio con tintes de proceso medieval de caza de brujas, cuyo punto fuerte han sido las irregularidades en el procedimiento, y que ha culminado con una sentencia del juez de primera instancia, confirmada por el tribunal de apelación, que no aporta ninguna prueba de la culpabilidad del condenado. Al contrario, el famoso triplex de Guarujá, que Lula da Silva habría recibido como soborno, y por el que ha sido condenado a prisión por más de 12 años, jamás ha sido suyo, puesto que siempre ha pertenecido a la empresa constructora OAS. Es difícil entender cómo semejante aberración jurídica puede prosperar en un Estado democrático y de derecho. Pues sí, ha sido posible, aunque para ello haya sido necesario despojar al Estado brasileño del traje de Estado moderno democrático y de derecho, respetuoso de las leyes, para convertirlo en una jungla en la que prospera el estado de excepción y va camino de transformarse en una república bananera.

Por ello, no ha causado ningún estupor que el día 3 de abril, antes del veredicto de la alta corte, los militares dejaran claro cuál debía ser la decisión a tomar. Ese día, la cúpula de las fuerzas armadas avisó al Supremo de que debía negar el habeas corpus para que Lula da Silva fuera inmediatamente preso y que, en caso contrario, el orden se habría establecido por otros medios. Tampoco causa rubor que la presidenta de la Corte Suprema se reuniera en su residencia privada de Brasilia con el multimputado presidente ilegítimo Michel Temer, y que acto seguido ejecutara maniobras procedimentales en la Corte para que no prosperaran los requerimentos de los abogados del condenado.

El segundo pilar del golpe son los medios de comunicación, con el grupo Globo al frente. Llevan más de 14 años esperando la cabeza del líder popular para exhibirla como trofeo ante las élites del país. Ahora pueden darse por satisfechos, por fin han logrado su objetivo más preciado. Tras los disparos a la caravana electoral de Lula da Silva en el Sur del país la semana precedente a su ingreso en prisión, en un intento de la extrema derecha de amedrentar a las fuerzas populares, el sabroso postre del ingreso en la cárcel del líder popular es sólo el cúlmen de un trágico desenlace anunciado.

LA PRISIÓN DE LULA DA SILVA NO ES UN HECHO DEFINITIVO

Pese a todo, la prisión de Lula da Silva no pone fin al golpe. Para terminar de tejer la tela de la conspiración, queda todavía una última cita con los electores brasileños. El objetivo de impedir que el expresidente, que encabeza todas las encuestas electorales, pueda presentarse a las elecciones de 2018 está casi logrado, pero queda un cabo suelto: ¿cómo parar la voz de Lula desde la cárcel? Todavía queda mucho terreno que recorrer hasta octubre de 2018. A día de hoy, cualquier arreglo institucional con mínimas garantías en Brasil pasa, sin duda, por la figura carismática del expresidente. Pese al deseo del golpismo, la prisión de Lula da Silva no es un hecho definitivo; su edad avanzada (72 años), el hecho de que haya padecido cáncer y las implicaciones que supone una prisión basada en una sentencia injusta causarán mella en el objetivo de sus carceleros. Su permanencia en prisión será insostenible para los que persiguen al expresidente. La cárcel a Lula da Silva es más un espectáculo ofrecido a las cámaras de televisión por el mediático juez Moro con el objetivo de incendiar el país y hacer un regalo a la red Globo. Con toda seguridad, el preso político más famoso del mundo en la actualidad saldrá pronto de la cárcel, con su fuerza política intacta.

Entonces, ¿qué opciones tendrán sus rivales? La inhabilitación política para concurrir a la cita de octubre de 2018 es casi segura, pero queda acallar su voz: el posible candidato que Lula da Silva indique para concurrir a las presidenciales será un contrincante con muchas posibilidades de ganar. El ejemplo más claro de ello fue la elección de Rousseff, antes casi una desconocida en muchas regiones lejanas del país. Lula da Silva la llevó a la presidencia.

En la hipótesis de unas elecciones con las debidas garantías, algo muy improbable en el Brasil del golpe, hay pocas posibilidades para la continuidad del grupo golpista. Para el presidente ilegítimo, los militares, los jueces y los medios de comunicación, la prisión de Lula da Silva es una solución definitiva, apenas es un trofeo a exhibir al país y a los despistados medios extranjeros. Sus únicas salidas serán o unas elecciones forjadas sin las debidas garantías controlada por un Tribunal Superior Electoral comprometido, en las manos de los magistrados alineados con el golpe, o bien la suspensión de las elecciones de octubre de 2018 y el fin de la democracia formal en el mayor país de Sudamérica. La segunda hipótesis es la más probable, dado el reciente protagonismo de las fuerzas armadas en el gobierno y los mensajes que han dirigido al país en los últimos días. Sería el lógico final de lo que empezó con el golpe de 2016 contra Dilma Rousseff, la presidenta más honrada de la historia de Brasil.

CTXT