España Inmigrantes

Primero les abrimos las puertas, luego les abandonamos y practicamos “la segregación” y “el apartheid

La integración social de los inmigrantes no sólo es tarea del Gobierno y las instituciones, sino también - y esto es lo más importante- de todos los ciudadanos y ciudadanas; de nuestro comportamiento, gestos y actitud diaria con “el otro”. Sin un cambio de mentalidad, que llegue a todos y a todas, solo habremos “blanqueado el racismo y la xenofobia”.

He visto que en muchas partes de España (fenómeno que se repite en toda Europa, son célebres los guetos de los arrabales de París) se practica “la segregación” y “el apartheid” con los migrantes que huyen de la guerra y la muerte creyendo que van a encontrar el paraíso en el viejo continente.

Aquí en Cartagena (ciudad mediterránea donde vivo y escribo), desde que se empezaron a instalar musulmanes y negros en un barrio del casco antiguo (antaño señorial) los locales malvendieron sus viviendas (los precios caían en picado por los nuevos vecinos) y se marcharon al otro extremo de la urbe, a una zona habitada mayormente por blancos.

En mayo viajé a Madrid (donde he residido décadas) para estar con un viejo amigo (refugiado sirio) y casi todos los días veía a manteros negros (vendedores ambulantes) corriendo por la Gran Vía o por las callejuelas adyacentes a la Plaza Mayor, cuando les perseguía la Policía.

En Torrejón (pueblo de Madrid) reside otro viejo amigo mío, un hombre de Guinea Ecuatorial (exiliado político). Allí hay varios edificios donde sólo viven negros. Los blancos han huido “como alma que lleva el diablo. Da la impresión de que el valor de los seres humanos depende de “su denominación de origen”, pues “el mercado” lo impregna todo, desde la superficie al subsuelo.

En Cartagena voy de vez en cuando a un bar de un barrio obrero a ver algún partido de fútbol. En ese local se reúnen musulmanes y negros, quienes comparten mesa con gente blanca “sin casta”. Allí los congregados gozan o se lamentan cuando sus estrellas dan en la diana o fallan. En esos metros cuadrados no hay banderas ni patrias. También desaparecen las religiones y Dios toma la forma de balón, símbolo del azar que rige el mundo.

En las escalas más bajas de la sociedad, donde siempre hay un hueco para los que llegaron tatuados por las concertinas o con los pulmones ahogados en agua marina, la gente comparte los mismos problemas (necesidades básicas) y sabe, con un quinto sentido, quién miente en el Ministerio de la Verdad y quien lleva la máscara que exige la circunstancia.

En ese sentido la Biblia tenía razón cuando decía que “los hambrientos os darán de comer, los desnudos os vestirán”.

Quizás a ese colectivo hay que añadir una minoría transversal de nuestra ciudadanía y una parte importante de la juventud, más bien de izquierdas, (vivimos tiempos inciertos, pero de un despertar de las conciencias) que desean de verdad “no de boquilla” acoger a los inmigrantes y trabajar en proyectos realistas que permitan su integración gradual en la sociedad.

No hay mucha diferencia entre los falsos buenos y los samaritanos que, primero abren las puertas a los que huyen del horror, y luego se desentienden de su futuro y les dejan en manos de la Providencia, es decir “del cuidado amoroso que Dios tiene a todas las cosas y, especialmente, a los hombres” (según nos enseñaban en clase de religión).

Los tiempos de la Postverdad, que empezaron hace unos diez mil años, siempre convivieron con las mascaradas del Gran Teatro del Mundo, ese lugar donde el pueblo deposita sus esperanzas “en sus héroes”, cuyo destino es acabar en museos de cera.

La integración social de los inmigrantes no sólo es tarea del Gobierno y las instituciones, sino también - y esto es lo más importante- de todos los ciudadanos y ciudadanas; de nuestro comportamiento, gestos y actitud diaria con “el otro”. Sin un cambio de mentalidad, que llegue a todos y a todas, solo habremos “blanqueado el racismo y la xenofobia”.

Si piensas que los encumbrados van a arreglar las cosas, -mientras permaneces con los brazos cruzados-, es que no has entendido el ADN de las bestias que nos dominan.

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