Derechos Humanos

Al otro lado del paraíso

La embajadora de Estados Unidos ante la ONU, Nikki Haley acaba de darle instrucciones –casi órdenes- a Michelle Bachellet sobre cómo y contra quienes ejercer su cargo de Alta Comisionada para los Derechos Humanos.

Entre las joyas conceptuales emitidas por la funcionaria norteamericana se reitera lo expuesto en junio, cuando abandonaron ese órgano, al cual ella y su gobierno consideran “un protector de los abusadores de los derechos humanos y un sumidero de parcialidad política”. Otra gema fue calificar de “obsesión desproporcionada con Israel” las denuncias contra los sionistas.

Lamentablemente, el problema palestino-israelí, tan antiguo como disparatado, al crear un estado sobre otro sin garantizarle a los autóctonos derechos y seguridad, es asunto a veces tratado con parsimonia casi cómplice. Pareciera tener razón solo quien ejerce permanente violencia y humilla, justificándose con el holocausto, como si estuviera ocurriendo todavía y en pasado o presente fueran culpables sus actuales víctimas. Aquella bestialidad no les faculta para repetirla, pero eso hacen.

Entre los diversos escollos, se puede citar la decisión del presidente norteamericano Donald Trump -siempre garrote por delante- de disminuir las contribuciones a la agencia de las Naciones Unidas para los refugiados palestinos, de 365 millones a solo 60. De ese ámbito parte la precaria ayuda para quienes habitan en la Franja de Gaza, pues Israel les tiene encerrados por tierra y asalta y embarga las naves humanitarias –incluso en aguas internacionales- cuando intentan trasladar suministros médicos a los hospitales del territorio asediado.

Benjamín Netanyahu no es ajeno a esas coacciones. El premier sionista tiene todo el apoyo del presidente estadounidense en cuanto respecta a socavar el papel de Naciones Unidas en el conflicto con los palestinos. El reclamo reciente del organismo mundial exhortando a Washington y a Tel Aviv a suspender el bloqueo impuesto a los suministros de combustible para los gazatíes, no fue sucedido con una respuesta civilizada, sino con renovados operativos de fuerza contra los sitiados.

No comenzaron el 7-8 de agosto, como se afirma, los últimos ataques contra la franja costera. Desde hace meses fueron casi diarios, incluso violando el alto al fuego suscrito con Hamas con mediación de Egipto y la propia ONU. El Ejército israelita admitió el día 9 de agosto su ofensiva sobre 150 objetivos en Gaza, a cuyos habitantes les limita en extremo el suministro de agua y el acceso a todo tipo de socorro exterior. Buscando excusas, pretenden homologar la capacidad ofensiva de los palestinos con la suya, el más favorecido ejército del mundo con avanzados suministros norteamericanos y una industria bélica propia impresionante.

Aunque es bien difícil aludir a la pureza étnica –ni en los viejos tiempos y menos ahora- de este conglomerado humano procedente de todos los continentes y hermanados solo por prácticas religiosas en las cuales muchos se escudan pero no practican, los recientes ataques contra los palestinos se apoyan o vinculan con “La Ley del Estado-nación, antes que nada, afianza la Ley del Retorno. La eleva a otro nivel y esta ley, por supuesto, concede un derecho automático a los judíos, y solo a ellos, a venir aquí y recibir la ciudadanía. La Ley del Estado-nación, por ejemplo, impide la explotación de la cláusula de reunificación familiar bajo la cual muchos palestinos han sido absorbidos en el país desde el acuerdo de Oslo, y esta ley ayuda a prevenir la continua entrada descontrolada de palestinos a Israel. Es posible que esta ley también nos pueda ayudar a bloquear la futura entrada de trabajadores migrantes”.

Esa explicación la dio Netanyahu asumiendo con impudicia el rechazo a todo arbitrio ciudadano para los palestinos que habitan en Israel, unos descendientes de quienes se quedaron tras el despojo, o aquellos radicados por matrimonio u otros vínculos familiares.

De acuerdo con estudiosos del tema, en ese estatuto subyace el miedo a un aumento en la cantidad de no judíos en Israel. Lo consideran un peligro quienes durante decenios estimularon la emigración, buscando ocupar con más habitantes las áreas robadas a los nativos. Cuando se declara la independencia hace 70 años, había 630 000 judíos. Hoy sobrepasan los 7 millones gracias al estímulo a la inmigración que les hizo llegar desde puntos tan distintos como Francia o Ucrania. Unos 3 millones proceden de antiguos países este-europeos o desde el espacio postsoviético. La predicha Ley del estado-nación judío intenta sustentar esos flujos, entregarle un valor supremacista a los hebreos, y, al propio tiempo, degrada la lengua árabe (le quita su carácter cooficial) y entorpece hasta lo imposible la unión de las familias palestinas.

Hace poco, el vespertino judío Maariv reveló, más como rumor que en calidad de proyecto oficial, la existencia de un plan europeo destinado a unir por carretera y vías férreas a la Franja de Gaza con Cisjordania, incluyendo al oeste de Al-Quds (Jerusalén).El ministro de Comunicaciones, Israel Katz, no tardó en asegurar que no se permitirán ese proyecto, La administración judía ni desea ni accederá a cualquier tipo de enlace entre los dos conglomerados palestinos asediados.

Mientras le dan curso a reglamentos discriminativos, los sionistas hacen otra guerra solapada contra el activismo judío, fuere el de aquellos dentro en discordancia con lo hecho, o los originarios de Estados Unidos por igual concientizados con la realidad y por ello contra la ocupación y en favor de eliminar prohibiciones, abusos y el exterminio de los palestinos.

A partir de un depravado juicio, Tel Aviv publicó una lista con una veintena de organizaciones y grupos a los cuales declara no gratos y le impide ingresar al país, aunque sean judíos. Lo mismo estableció con observadores de los derechos humanos, clasificados de hostiles por Israel. Así funcionan, sin embargo, “.. es importante recordar que Israel dice ser una democracia. No lo es. Es un apartheid. Está liderado por un grupo de gente de supremacía judía fascista…”

Ese es el criterio de Yonatan Shapira, ex piloto de la Fuerza Aérea israelí, puesto que abandonó convencido de no estar en el lado correcto, ni en favor de los objetivos adecuados. Sustenta su activismo en testimonios como este: “La primera vez que traté de romper el bloqueo (a través de las flotillas con ayuda) con un grupo de activistas fue en 2010. Unos tres meses después de lo que sucedió en el Mavi Marmara, donde el ejército israelí mató a tiros a unos 10 activistas, la mayoría de ellos de Turquía. El helicóptero que aterrizó, los soldados que mataron y masacraron a personas en el Mavi Marmara, eran helicópteros del escuadrón en el que yo solía volar, un escuadrón Blackhawk de la fuerza aérea israelí”.

Lo imputable es tanto y de tal índole que trascienden incluso si intentan tergiversarlo. El uso de munición real para reprimir manifestantes contra el asfixiante bloqueo y en procura del retorno de los millones refugiados, u otras reparaciones, son ingenuo recurso defensivo de Israel, según la ramplona Haley y sus jefes en Washington.

Cuando todos los derechos existen para un solo lado, no son reales o están infinitamente jorobados.