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De la guerra comercial a la guerra militar

Raúl Zibechi    18.Ago.2018    Mundo

En la guerra la superioridad del armamento tiene poca importancia. Muchos conflictos bélicos fueron ganados por la parte que tenía armamento más pobre y menos sofisticado, como sucedió en la guerra de Vietnam. Incluso en las guerras entre estados, ha sido frecuente que los ejércitos mejor armados y más capacitados terminaran derrotados, como sucedió con la Alemania nazi.

En estos momentos el mundo sufre varias guerras, con armas y sin armas o, mejor, con diversos tipos de armamento, pero todas ellas peligrosas. La más reciente es la guerra comercial desatada por el gobierno de Donald Trump contra China, una guerra focalizada en las tarifas comerciales que tiene como objetivo poner de rodillas al país asiático.

Todas las guerras persiguen lo mismo: destruir y aniquilar enemigos, sean éstos naciones, pueblos o sectores sociales. Sin embargo, quienes nos organizamos como pueblos, clases o sexos, los movimientos antisistémicos, no podemos ni debemos encarar la guerra con la misma lógica que los estados mayores de las fuerzas armadas. Si disponemos nuestras fuerzas para aniquilar al enemigo, nos convertiremos en algo similar a lo que combatimos. Es la historia de la Unión Soviética bajo Stalin.

En la coyuntura actual, signada por la proliferación de guerras, parecen necesarias algunas consideraciones sobre lo que está sucediendo y las perspectivas que se van abriendo ante nosotros.

La primera es que no debemos desestimar la actual guerra comercial o económica, ya que anticipa una guerra militar porque apunta al mismo objetivo: poner de rodillas al otro. Si observamos el mundo en perspectiva, podemos afirmar que hemos ingresado en un periodo de destrucción masiva capitaneado por el capital financiero y su brazo armado, el Pentágono.

Vivimos un agravamiento del clima bélico que llevará, nada es inevitable por cierto, hacia una confrontación armada entre potencias nucleares. No debe descartarse, por tanto, la utilización de armas atómicas, con toda su gravedad para la vida en el planeta.

Sin embargo, el arma atómica no modifica la lógica de la guerra, como lo anticipó hace décadas uno de los más brillantes estrategas, Mao Tse Tung, con una tremenda frase: la bomba atómica es un tigre de papel, que es utilizada para intimidar a los pueblos.

Las guerras las ganan los pueblos que muestren mayor cohesión (que no unanimidad) y coraje para defenderse, y que se hayan dotado de una dirección política que interprete esa voluntad. El pueblo soviético derrotó a los nazis por su contumaz decisión de defender la patria, al igual que los vietnamitas frente a los yanquis y los argelinos ante los franceses. Cuba superó la agresión y el bloqueo por la energía y la voluntad de su pueblo.

Fueron decisiones tomadas abajo, en los espacios de la vida cotidiana, las que blindaron a esos pueblos para defenderse colectivamente.

La segunda cuestión deriva directamente de la anterior: el punto clave es la defensa, que es mucho más potente que la ofensiva. Es en la defensa cuando un pueblo asume su condición de tal, cuando le da forma y sentido a su ser colectivo. La defensa ante ataques exteriores tiene la capacidad de cohesionar, mientras la ofensiva debilita al enemigo si somos capaces de perdurar.

Por tanto, en estos momentos la clave es la permanencia, persistir y sostenernos para sobrevivir como pueblos. Incluso la retirada sin combatir puede tener sentido si se trata de seguir existiendo. Esto vale para los pueblos y para las naciones, las clases y los grupos sociales. No tiene el menor sentido jugarse el futuro en un arrebato para destruir a quien nos ataca.

Los pueblos están optando por la defensa no violenta de sus territorios. Es lo que observamos entre los mapuche, los nasa-misak, los zapatistas, los afros y los aymaras que resisten de forma masiva y maciza, organizados comunitariamente. No hay atajos para evitar el dolor y la muerte, pero hay capacidad para transmutarlos en potencia colectiva.

La tercera cuestión es la más compleja, porque los movimientos emancipatorios no tenemos mucha experiencia en un camino tan necesario como inédito: desarmar la estrategia de aniquilar al enemigo porque es, de forma simultánea, el camino para interiorizar la lógica del enemigo.

La racionalidad de la guerra corre pareja con la propuesta de ocupar el Estado y convertirlo en la principal herramienta para la emancipación. Este fue un camino razonable un siglo atrás, cuando no había ninguna experiencia sobre los enredos que esa estrategia suponía para los movimientos anti-sistémicos. Como sabemos, señaló el rumbo de su conversión en movimientos conservadores y represivos.

En este recodo de la historia no tenemos otra alternativa que la creatividad. Repetir las estrategias que nos llevaron al fracaso es garantía de volver a tropezar con las mismas piedras. En un periodo de gran confusión, necesitamos apegarnos a una ética que nos dice que las herramientas nunca fueron ni pueden ser neutrales.

La Jornada