Para construir un concepto de Proceso de Radicalización Democrática

En este artículo abordo la propuesta y el debate de una concepción de democracia como forma social de ampliación de derechos.

El tema pasa necesariamente por el debate de cómo se da la creación de un concepto de proceso para la radicalización democrática aplicable en la acumulación de fuerzas donde operan una o más organizaciones políticas corriendo por fuera del juego electoral burgués. Es decir, peleando desde dentro de la democracia liberal para, a través del conflicto popular, avanzar en la democracia social. Dejo expuesto aquí que ese es el modo de organizarse políticamente que defiendo, teorizo y modestamente practico como militante.

Entiendo que, para radicalizar la democracia, es necesario escoger donde se quiere estar y avanzar. Sin apuntar hacia el lado correcto y prioritario, es imposible acumular fuerzas para el empoderamiento de los sujetos sociales. Entiendo que sujetos sociales son los sectores de clase a ser organizados por los agentes sociales. Esa función de minoría activa -los agentes- también es apuntada como necesaria. Los sujetos sociales tienen que ser blanco de trabajo y relación, proponiéndose organizarse cotidianamente. Vale resaltar también que eso se hace de dentro, como parte de un pueblo en movimiento, y no desde afuera como una supuesta elite esclarecida. Ya el ordenamiento de tiempos y acciones es urgente. Esto porque, en la ausencia de una planificación propia, el poder de la agenda es impuesto por las fuerzas institucionales consagradas y mediatizadas. O sea, la agenda de la lucha es pautada por reaccionar a la acciones del enemigo de clase y no por avanzar en un proyecto propio de poder.

Volviendo al concepto de democracia, el problema es de orden teórico. Con la falta de una teoría democrática que contemple el proceso político de empoderamiento de los sujetos sociales organizados colectivamente, en la forma de movimientos populares, los pasos de estos movimientos siempre serán reactivos y no proactivos. Siendo así, pierde el sentido una Organización Política que supere el papel de intermediación o representación y se proponga servir de motor y fuerza estratégica de este mismo proceso. La propuesta de este texto es exponer, a partir de una lectura rápida de una idea sintética, el por qué la teoría política practicada en la América Latina, en general, permanece sometida a los parámetros de las ideas impuestas por el imperialismo.

Reconozco y veo como urgente el establecimiento de un debate en el interior de las izquierdas sociales, para definir un proyecto político que contemple la democracia en su radicalidad, la diversidad de ideas en el campo de la izquierda, del poder popular como forma de organización social no-estatista y de la garantía y avance de los derechos fundamentales de la mayoría de los latino-americanos. Para eso es preciso debatir como sería un proceso de acumulación de fuerzas proponiéndose la construcción de este proyecto político por fuera y muchas veces en contra la ruleta electoral de la democracia de mercado (liberal, representativa, elitista, ritual y sin contenido).

En la defensa y búsqueda de un nuevo paradigma; de un nuevo punto de vista e interpretación

En este texto afirmo que la idea de política vive una crisis, y que específicamente, falta teoría para la democracia radical. Como se sabe, sin teoría revolucionaria, no hay la más pequeña posibilidad de transformar nada. Entiendo la teoría como un conjunto de ideas-guía, de conceptos operacionales y de un discurso articulado y coherente. Pero, este concepto necesita ser probado y practicado. Esta es la diferencia fundamental entre teoría y fantasía.

Infelizmente, las teorías democráticas referenciadas en la América Latina tienen que ejercer una constante lucha intelectual para ser reconocidas por sus pares. Esto no es novedad, ni en el universo de las ciencias humanas del Continente, y tampoco en lo interno de una parte de la izquierda que es tan eurocéntrica y colonizada en su esencia, como las transnacionales a las cuales combatimos. Además, me atrevo a afirmar que la lucha de ideas y de conceptos-llave es algo tan agresivo como una batalla campal. Rodolfo Walsh decía practicar el “violento oficio de escribir”; Foucault afirma que la “ciencia es algo dolorido y el estudio es también sufrimiento”. Veo la batalla teórica-epistemológica como una parte de nuestra larga guerra de más de 500 años para constituirnos.

En el caso de una Organización Política, la opción por algunas variables macro-explicativas en detrimento de otras, es de la naturaleza de la acción. Preferir algo es herir, es decir “esto va” “aquello no va”. Parto del principio que hacerlo político está sometido a la dimensión ideológica y que es decir constitutivo, pasando lejos de cualquier tontería de “falsa conciencia” o cualquier tontería del género. La dimensión ideológica se presenta en la motivación de la teoría y de la acción, y al analizar las realidades aparentes (porque son varias en vez de una), implica necesariamente a las elecciones hechas, a las herramientas de análisis elegidas cómo válidas y al el uso de un cuerpo conceptual que sea coherente con los prepuestos teóricos, los métodos de trabajo y el soporte ideológico de los propios militantes.

Estas características, de la relación entre ideología, ideas-guía (doctrina) y teoría no contienen ninguna contradicción o conflicto inherente. Estoy contra toda y cualquier idea de cientificismo, y considero absurda una noción de que exista una conciencia propia de cada clase o sujeto social. Eso es tonterías. La conciencia se forja de acuerdo con las identidades, las opciones, las luchas vividas, y por el tipo de aprendizaje político-pedagógico que un sector o conjunto de sectores de clase oprimida hayan pasado y sufrido. Los valores esenciales de la libertad, de la diversidad, de la igualdad de derechos y condiciones básicas de vida, necesitan de una teoría política que juegue para acumular fuerzas en el rumbo de una democracia política de base libertaria y que sea complementado por un modo de producción autogestionario.

Para crear un camino que radicalice la lucha popular y la libertad

Todo lo expuesto arriba también implica que los militantes produzcan una cultura para su desarrollo en el cambio social propuesto. Pasa también por determinados cambios de comportamiento, la internalización del proyecto y la convicción en el estilo de trabajo (proceso y comportamiento militante). Un proceso de radicalización democrática y de construcción de poder popular tiene como condición de existencia que su dirección sea de abajo para arriba y no a la inversa. De ese abajo y ese arriba, no significa jerarquía, pero sí instancias organizativas sociales, hechas por el pueblo mismo (base de la pirámide social), por los de abajo, por los que resisten, crean y buscan formas organizativas para defenderse.

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