Crónicas de un viaje

Con el escritor boliviano Víctor Montoya hablando del «Tío»

Hace años, como la mayoría de los compatriotas radicados en Europa, particularmente en Suecia, estamos enterados de la fuerza literaria de Víctor Montoya, el escritor boliviano que promueve con sus obras las tradiciones, costumbres, frustraciones y esperanzas del pueblo boliviano. En una charla con éste escritor minero, he podido captar que también es un atento observador del momento político que experimenta hoy Bolivia.

Mi encuentro, con Víctor Montoya, fue casual -en el marco de una velada teatral- en la Casa de la Cultura Franz Tamayo en la ciudad boliviana de La Paz.
¿Víctor?,
«Sí, hola, que tal hermano», me extendió la mano.
Aquel primer momento, nos situó a ambos, como protagonistas de una vieja amistad. En verdad yo acababa de conocerlo personalmente y estrechar su diestra fue de emoción. Yo conocía sus obras, pero nunca antes como ahora había hablado con un autor de sus creaciones literarias.
«Los actores del Teatro Albor han tomado parte de mis libros y del Tío por eso estoy aquí», explicó a manera de justificar su presencia en una presentación teatral de éxito en el país y aplaudida en su gira por Europa en el mes de abril, último.
Respetando el silencio del auditorio comentamos algunos pasajes históricos y nuestras apreciaciones acerca del teatro que estábamos viendo.
Señas y gestos, abreviaban nuestra conversación y además sorprendidos por el despliegue artístico y escenas de fondo, la emoción contenida del momento teatral, era otra de las experiencias personales.
Terminada la presentación de la obra “Bolivia Diez” bajamos al camarín para felicitar a los actores, y entre abrazos y felicitaciones halagamos a los jóvenes actores para que sigan adelante en el difícil arte de hacer teatro.
Al abandonar el recinto cultural, el día ya había bajado su oscura y fría cortina. La ciudad se movía a todo los ritmo y en enredadas direcciones por las calles paceñas.
Tomamos un minibús hacía la Ceja de la ciudad de El Alto. Viajamos repleto como se acostumbra a esas horas de la noche, el chofer conducía su vehículo a toda velocidad por la autopista, seguramente para ganar tiempo y centavos, y soportando los pasajeros la incomodidad de estrechos asientos.
“¿Y qué es del Tío que tienes en tu casa?”, le pregunté sin más vueltas.
“Está en Estocolmo. Te cuento que el Tío tiene su propia historia, llegó entre bolsas de tunta, chuño y maíz en maleta a Estocolmo. No es un tío cualquiera, es un tío muy especial”, me dijo sin rodeos como a él le gusta responder a sus interlocutores.
“Está hecho por un artista que conozco, mandado, y es de máxima calidad”, acotó.
Del Tío de la mina, dijo que hay que darle su importancia en la vida, como hacen los mineros, el Tío puede ser malo o bueno dependiendo de las circunstancias de la vida. Montoya «convencido» relata que su Tío se metió hasta en los asuntos domésticos de su propia casa.
Víctor Montoya es conversador y le gusta contar los hechos ocurridos en las minas, sobre todo de la Masacre de San Juan en los campamentos mineros de Siglo XX allí donde fueron masacrados los trabajadores, durante el gobierno de facto del general René Barrientos Ortuño.
A Víctor le tocó observar las circunstancias de la vida política boliviana muy de cerca, casi toda su vida, y así como de dentro y fuera de Bolivia; y siendo muy joven alzó la pluma. Hasta en difíciles situaciones bajo la tenue luz de una lámpara minera, para poder escribir.
La presencia del Tío es como su propia sombra que no se aparta de su diario vivir, ni en las buenas, ni en las malas.
En la Ceja de El Alto. Al día siguientes.
Hola hermano, fuer el saludo en mi segundo encuentro con este escritor minero.
Coincidimos que ambos habíamos aprendido de la puntualidad sueca. El reloj marcaba en ese instante exactamente 11 en punto de la mañana. Víctor portaba una mochila pesada.
«Te lo traje unos libros para ti y otras para mi madre (86), que vive en Estocolmo», dijo descargando su mochila negra a la altura de una acera peatonal.
«Ahora me doy cuenta que hace años leí algunas de tus notas en el Semanario Liberación acerca de los bolivianos en Suecia», dice reconociendo mi nombre y mis crónicas publicadas en Liberación.
«Yo también fui colaborador del semanario, pero hace años», recordó.
¿Escribías acerca del Tío de la mina, de sus diabluras, y sigues escribiendo sobre ese personaje?, le pregunté. «Claro, el tío de lo que sabemos es casi familiar y hay que darle tributo», me explicó.
El escritor en un fragmento de una de sus obras habla así del Tío:
«Cuando los amigos me preguntan qué es del Tío que tengo en casa, a veces, en un intento de esquivar la pregunta, me hago el desentendido y opto por refugiarme en el sabio silencio, pero casi siempre, sin pelos en la lengua ni trabas en la mente, les cuento que el Tío, desde el día en que llegó de Potosí, cargado de su ch´uspa de coca y sus botellas de Singani, no ha dejado de sorprenderme con sus diabluras…».
Para ver el material que traía entramos a una salteñería.
«Casero, dos salteñas y dos refrescos por favor», le pedí al vendedor que estaba acomodando las mesas. En ese instante el escritor sacó un montón de libros de su mochila con diferentes títulos y con tapas oscuras, que al parecer reflejaba la oscuridad de las minas del Tío.
Era mi compromiso en silencio, para conocer el mundo literario de mi compatriota Víctor Montoya…