España-Hitler

Soñé con la joven Reina de Inglaterra cuando los británicos celebraban, tras la derrota de Hitler, el Día de la Victoria en Trafalgar Square

Millones de españoles y españolas celebraban en la Puerta del Sol (Madrid) y en todas las ciudades y pueblos de España la derrota de la Alemania nazi. Franco no existía, era solo una figurilla de madera, pequeña, rechoncha y calva, que estaba en el interior de la matrioshka del Führer.

Mi sueño tuvo lugar hace unos días viendo en la tele la película “La Noche Real” del director Julian Jarrold. La historia va de las correrías de la joven princesa Isabel (ahora Reina de Inglaterra) y su hermana menor Margarita, quienes deciden escapar de palacio “para ver como es la gente corriente” el Día de la Victoria (8 de mayo de 1945) cuando los aliados celebraban la derrota de los nazis.

Vi esa cinta en el idioma original con subtítulos en castellano, como suelo hacer habitualmente para mantener vivo el inglés que aprendí en mi ya prehistórica juventud.

Isabel, radiante y pura, se sumerge con la benjamín de la familia en los bajos fondos de Londres. En su travesura nocturna (va de incógnita) Ia princesa se topa con un piloto de las Fuerzas Aéreas británicas que ha derribado un montón de aviones nazis, y entre ellos prende la llama. Falta muy poco para que la chica y el muchacho pisen la línea roja y acaben en la cama, ese maravilloso lugar donde ocurren cosas que dan verdadero sentido a la vida.

Bueno, yo estaba sentado en el sillón del salón (era de madrugada) y el rey Jorge VI (el que superó sus problemas de tartamudez) pronuncia un discurso conmovedor sobre el arrojo y valentía de los británicos que fueron claves en la caída de Hitler y el III Reich.

En ese momento el cielo de la ciudad se llena de fuegos artificiales y cientos de miles de británicos y británicas estallan de alegría en Trafalgar Square. Ondean victoriosas las banderas de la patria y hombres, mujeres y niños danzan entusiasmados (con dios dentro) por haber provocado la rendición incondicional del imperio del mal y el suicidio del endemoniado (el que tiene el demonio dentro) de Hitler.

Mis ojos gozan con el espectáculo y mi mente, por una extraña asociación de ideas, comienza a soñar despierta. En la pantalla veo a millones de españoles y españolas celebrando el Día de la Victoria en la Puerta del Sol, en la Plaza Mayor de Salamanca, en las Ramblas de Barcelona. En fin, en miles de lugares emblemáticos de pueblos y ciudades de Hispania donde la gente agita entusiasmada la bandera de la III República.

Cuando Jorge VI toma el micrófono para dirigirse a sus súbditos por radio, yo no oigo la voz del último emperador de India, sino la del presidente de la república española agradeciendo a todos los ciudadanos y ciudadanas el esfuerzo y el sacrificio que hicieron en los campos de batalla para devolver la libertad a la Europa nazi.

El gobernante elegido por el pueblo también transmite palabras de aliento a todos los aliados. Veo que nuestro país se siente orgulloso, que hemos contribuido a hacer algo hermoso en la historia (con mayúsculas) de este planeta de destino incierto.

No hay ni sombra de la momia embalsamada en el Valle de los Caídos. Ese santuario nunca existió. Fue sólo una pesadilla. Eso que llaman Franco no era más que una figurita de madera, pequeña, rechoncha y calva, que estaba en el interior de la matrioshka del Füher.

La única verdad que palpitaba en ese momento era que las españolas y españoles habían nacido en un país libre y que nunca vino al mundo, como afirma el aguafiestas Raimundo Cuesta (Historiador, Premio Nacional a la Innovación Educativa) un lúgubre y lóbrego dictador que practicó contra su pueblo rutinaria y habitualmente, con el beneplácito de mayorías, “una terrible cirugía de cuerpos y almas” de la que algunos todavía no son conscientes. Y, recordando al viejo Terencia Moix (escritor catalán): “No me digáis que todo fue un sueño”.

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