Egipto-Monarquía

El rey egipcio que reventó tras comerse “un elefante”, la expansión de Alá y el corto vuelo del comunismo

Cuando Nasser dio un golpe de Estado para derrocar a la monarquía corrupta del Rey Faruk, dos movimientos se disputaron la hegemonía en Egipto: Los Hermanos Musulmanes, que deseaban implantar el Reino de los Cielos en la tierra con la guía de El Corán, y la izquierda liderada por el carismático comandante, fundador del panarabismo y de un socialismo que chocaba con los intereses del mundo occidental, que nunca se cansaba de ordeñar a sus colonias e imponer los principios de “una civilización muy superior a las demás”.

El último rey de Egipto, Faruk (1920-1965) se desplomó tras tragarse “un elefante” en un lujoso restaurante que frecuentaba en el exilio tras el golpe de Estado que dio Gamal Abdel Nasser, líder del Movimiento de Oficiales Libres, el 22 de julio de 1952.

Ruk, así le llamaban los italianos que se codeaban con él, decidió darse un banquete pantagruélico en el exclusivo restaurante romano “Ile de France”, adonde solía ir “la crème de la crème”, y en la noche del 18 de marzo de 1965 se zampó en un abrir y cerrar de ojos, ajeno a la miseria que padecía su pueblo, una docena de ostras crudas bañadas en tabasco, cordero al horno con patatas asadas, una tarta de langosta, dos naranjas, una mandarina, vino, dos botellas de agua, una coca-cola y un café. Después encendió y saboreó un grueso puro para rematar la faena. Envuelto en el humo del habano sufrió un infarto y se desplomó sobre la mesa haciendo añicos con su despoblada testa refinada vasija “art decò”. El destronado, que afirmaba descendía del profeta Mahoma, tenía 45 años y pesaba casi 140 kilos.

Al parecer Ruk veneraba y admiraba a su abuelo Ismael, quien también murió de un infarto tras tratar de beberse dos botellas de champán de un tirón, sin pausas para respirar.

En Egipto los clérigos aceptaron recibir el cuerpo del finado Faruk, quizás por piedad, quizás por “su origen divino”, y sus restos recibieron sepultura en la Mezquita Al-Rifai, sita en El Cairo medieval.

Antes de sufrir el destierro, el déspota Faruk vivía rodeado de un lujo faraónico. Nunca se apagaban las luces de sus palacios, tanto de El Cairo como de Alejandría, pues el coronado, que en aquella época era esbelto y deportista, amaba las fiestas suntuosas e interminables que desangraban con impuestos a su paupérrimo y endeudado pueblo.

Su estilo de vida, parecido al de su cuñado el Sha de Persia, provocaron dos movimientos simultáneos que marcaron el devenir de Egipto. Primero, la ascensión de Alá, es decir el tsunami de los Hermanos Musulmanes (para quienes la única Constitución posible es El Corán). Los imanes tendieron la mano al empobrecido campesinado y a los marginados de los núcleos urbanos. Les ofrecieron educación religiosa y comida gratuitas en las madrasas (escuelas) y clamaron al Cielo por instaurar en la tierra el Reino de Dios, acabar con la corrupción y el derroche, e implantar la “Justicia social” que los oprimidos exigían a gritos.

Segundo, como respuesta a tantas décadas de nepotismo y al estrangulamiento provocado por la avaricia del protectorado británico y otros parásitos, como los franceses, una parte importante de la población simpatizó con las corrientes comunistas. Ese volcán rojo, no obstante, fue perdiendo fuelle ya que las mentes y corazones de esa nación no estaban entrenadas para vivir sin Dios. Eso no tenía futuro en el país de El Nilo, igual que un profeta ateo en La Meca.

Nasser, consciente de esa realidad, optó por el socialismo y el panarabismo, lo que dio enormes frutos, en todos los sentidos, en muchos países de Oriente Medio y sus áreas de influencia.

Se controló el poder de los Hermanos Musulmanes y la mujer gozó de una libertad envidiable. La Libia de Gadafi fue durante décadas la líder en el ranking de país con”mejor calidad de vida” de todo el continente africano. Las potencias occidentales e Israel empezaron a temer “un mundo árabe unido” con un timonel tan carismático.

Cuando Nasser (1918-1970) se encontraba entregado en cuerpo y alma a su proyecto de crear un Estado del Bienestar (reforma agraria, distribución de la riqueza, desarrollo social y cultural, la construcción de la presa de Assuán con la ayuda de la URSS, etc.), convocó una reunión de la Liga Árabe el 27 de septiembre de 1970, a fin de buscar soluciones a los problemas de la región, y al día siguiente sufrió un infarto de miocardio. Falleció a los 52 años de edad. En la procesión fúnebre que tuvo lugar el primero de octubre en El Cairo asistieron unos cinco millones de personas. La gente repetía “todos somos Nasser”.

A Nasser, que transformó la oprobiosa monarquía “vendida a los británicos” en una república socialista que se convirtió en el mascarón de proa del tercer mundo, le sucedieron Anuar Al Sadat (asesinado por los Hermanos Musulmanes -el 6 de octubre de 1981- tras firmar la paz con Israel), Hosni Mubarak y Abdelfatah Al-Sisi. Éstos intentaron apartar de la vida política a los clérigos, cuyo creciente poder se palpa por doquier, y se alejaron del “socialismo rojo” que tanto odia USA. Luego abrazaron el capitalismo salvaje y a su gurú, el inquilino de la Casa Blanca, en aras del eterno progreso de la casta.

Nota: Algunas fuentes dicen que Nasser nació en Alejandría, y otras en el pequeño pueblo de Bani Mor, en la provincia de Asiut. En mis viajes por Egipto, país donde he vivido dos años, visité la citada aldea y sus habitantes me afirmaban orgullosos que el comandante vino al mundo en ese poblado, situado a unos 360 kilómetros al sur de Egipto.

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