EE.UU.

¿Caravana sin fronteras?

José Cueli    30.Oct.2018    EE.UU.

Anne Dufourmantelle, sicoanalista, invitó en vida al filósofo francés Jacques Derrida a dialogar acerca de la hospitalidad, hostilidad, el otro y el extranjero. Tema al que ya me he referido otras ocasiones y en esta semana adquirió notoriedad internacional por la ‘‘Caravana centroamericana’’ que pretende llegar a Estados Unidos y a la que se opone el presidente Donald Trump insinuando que existen árabes y amenaza con enviar la tropa a la frontera e insultarnos, como es su costumbre, de refilón.

Ante la pregunta por la hospitalidad Derrida no responde, más bien la despliega, insiste en aquélla, se inquiere y nos pregunta sobre la hospitalidad, ‘‘acerca de la acogida, de aquél, aquélla o aquello que acogemos o que no acogemos en nosotros, en nuestra casa, en nuestro lugar-propio, en el chez-soi”. La hospitalidad, obra publicada por Ediciones de la Flor (Buenos Aires, 2000).

Dufourmantelle, conocedora del pensamiento derridiano, expresa en el prólogo: ‘‘La hospitalidad se ofrece, o no se ofrece, al extranjero, a lo extranjero, a lo ajeno, a lo otro. Y lo otro, en la medida misma en que es lo otro, nos cuestiona, nos pregunta. Nos cuestiona en nuestros supuestos saberes, en nuestras certezas, en nuestras legalidades, nos pregunta por ellas y así introduce la posibilidad de cierta separación dentro de nosotros mismos, de nosotros para con nosotros. Introduce cierta cantidad de muerte, de ausencia, de inquietud, allí donde tal vez nunca habíamos preguntado, o donde hemos dejado ya de preguntarnos, allí donde tenemos la respuesta pronta, entera, satisfecha, la respuesta allí donde afirmamos muestra seguridad, nuestro amparo.”

Acoger al extranjero, brindarle hospitalidad, nos pregunta y confronta sin ambages sobre nuestro desamparo original, sobre lo extranjero que a todos nos habita y contra lo cual nos defendemos con la ilusoria fantasía narcisista legaloide de completud, de unidad, de vulnerabilidad. Por tanto negar la pregunta que el extranjero, el otro, plantea y nos planteaimplica reforzar la negación, acudir a la omnipotencia, reforzar el narcisismo y desemboca en la hostilidad hacia aquél o aquello que amenaza nuestra ilusoria completud. ‘‘El anfitrión se hace vulnerable cuando acepta la pregunta”. Por tanto resulta preferible erigir muros que aíslen al otro a legislar de manera arbitraria o bien perseguir o matar a aquel que amenaza con su otredad los frágiles límites que una vez traspasados nos confrontan con la propia otredad que no sólo habita, sino que nos constituye.

Derrida opta por la pregunta, honesta, ingenua, poéticamente. Y en este discurrir aparece, de manera inevitable la poética, lo mítico y lo ancestral. Aparece Edipo, el extranjero desde siempre y para siempre, ‘‘muerto fuera de la ley, más allá de la ley, sin tierra ni tumba… Sólo la poesía es capaz de decir, y no, aquello que, entre la ley y la transgresión, puede hacer de la transgresión una ley: ¿cómo entender, si no, la trágica figura de Antígona, aquella que es íntegra, fiel a sí misma, ahí donde transgrede?

Para Derrida es la poesía, amparo abierto, aquello que puede ayudarnos en la defensa contra la ‘‘antipoesía tecnológica que amenaza invadir la intimidad, pervertirla, hacerla pública, introduciéndose en lo más íntimo de esa intimidad”. Por tanto Derrida enuncia: ‘‘Un acto de hospitalidad no puede ser sino poético.”

El extranjero al plantear la pregunta “me pone en duda”… El extranjero sacude, a decir de Derrida, el dogmatismo amenazante del logos paterno: el ser que es, y el no-ser que no es. El extranjero comienza por refutar la autoridad del jefe, del padre, del amo de familia, del dueño dueño de la casa, del poder de la hospitalidad. Mueve en el otro las mismas inquietudes que no se atreve a cuestionar. Cree vanamente que, sometiendo u hostilizando al amenazante extranjero podrá acallar o ignorar sus cuestionamientos. El odio y la xenofobia que vemos intensificarse en la actualidad intentan fallidamente devastar desde dentro una relación originaria con alteridad ¡Ojalá pudieran entenderlo nuestros vecinos del norte y nosotros mismos!

La Jornada