Franco-Valle de los Caídos

Franco debería ser inhumado, cual avatar del Cid Campeador, en la Catedral de la Almudena ¿Acaso habéis olvidado lo que hizo por la Iglesia?

España pasa estos días por un gravísimo dilema. Se ha decidido sacar los restos del dictador del Valle de los Caídos, deplorable cementerio donde se enterró a los vencidos de la Guerra Civil, pero aún no se ha escogido el lugar donde volverá a ser inhumada la momia. La familia del general desea que lo metan en una cripta de la Catedral de la Almudena, el templo estrella de Madrid, mientras que “la izquierda”, que ya ha pedido consejo al Vaticano, sede de una de las sectas más influyentes del planeta, está a la espera de que la llegue la inspiración divina para depositar en un “nicho digno” al que rigió durante cuatro décadas con mano de hierro este país del sur de Europa que no acaba de cerrar uno de los capítulos más nefastos de su historia.

“Todas las religiones son igualmente verdaderas para los pueblos; igualmente falsas para los filósofos e igualmente útiles para los gobernantes”. (Edward Gibbon, historiador británico del siglo XVIII)

Teniendo en cuenta que la infame dictadura de Franco comenzó con un motín apoyado por la aristocracia, los señores feudales, la todopoderosa Iglesia Católica y la flor y nata de nuestro Ejército Imperial, no deberíamos de extrañarnos de que El Caudillo, que salvó de “la quema y el exterminio” a los hijos e hijas de Cristo, sea reubicado en La Catedral de la Almudena.

El concubinato de los terratenientes (señores feudales) y una gran parte del clero, ciegos (indiferentes) a la vejación y hambruna del campesinado, estalló, nada más aparecer la bota y el hocico de Franco, con ‘la Rebelión de las Hoces’ cuya bandera y consigna no era otra que “‘todos los hombres y mujeres son iguales, en dignidad y derechos”.

En la Guerra Civil (1936-1939) se cometieron crímenes atroces por ambos bandos. A pesar de mi anticlericalismo visceral (ya que las religiones -para mí sectas- son todas una farsa), siempre condené, con la máxima dureza, el asesinato de unos siete mil curas y monjas en los primeros meses de la contienda, lo que incluyó muchos casos de violaciones, torturas, etc.

El odio ancestral que corroía a una parte del pueblo español (los oprimidos y humillados) se desencadenó como una feroz ola gigante y se “cortaron cabezas a granel” para dar una lección indeleble a la Iglesia que parió muerte; hoguera para infieles; aversión al progreso y la ciencia; la Santa Inquisición; al vampiro de la cultura griega y romana; la maza de los dictadores; el ”Index Librorum Prohitorum”; que sólo la interesaba el pueblo como caladero (igual que los otros poderes) para reclutar soldados para Cristo y el Rey, y como pagadores de impuestos, (y como donantes de hijas, sirvientas de Dios, para los conventos, o como “criadas multiuso” para los señores y señoritos de los castillos y mansiones). (La caricatura sobre la corte de la Reina Isabel II -enmarcada en rojo- forma parte de un álbum de 89 acuarelas titulado “Los Borbones en Pelota”, que se atribuye a los hermanos Bécquer. Hasta 1991 no se pudo publicar en España, es decir, un siglo después de su creación).

El espíritu anticlerical que se respiraba en la Guerra Civil y la persecución de los religiosos (que este siglo se han cargado, en versión mezquita, todas las Primaveras Árabes, arrasando con los laicos, los demócratas y la izquierda), lo explica detalladamente George Orwell en su obra Homenaje a Cataluña:

Me sorprendió que la gente de aquella parte de España careciera de sentimientos religiosos. En todo el tiempo que pasé en España (Dic. 1936-jun. 1937) nunca vi a nadie santiguarse, pese a que sin revolución o con ella un gesto así es instintivo. Es evidente que la Iglesia española volverá (Gracias a Franco) pero tampoco hay duda de que al principio de la revolución quedó hecha pedazos. Para los españoles, al menos en Cataluña y Aragón, la Iglesia es simplemente una maquinaria de robo organizada. (Editorial DEBOLSILLO, Pág.87).

Orwell, que por aquella época andaba un poco despistado por España, donde combatía en las milicias del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), nos hace unos comentarios geniales, al estilo Charlie Chaplin, cuando se topa con la Sagrada Familia, pues la confunde con la catedral de la Ciudad Condal:

Por primera vez desde que llegué a Barcelona fui a echar un vistazo a la catedral, un templo moderno y uno de los edificios más espantosos del mundo. Tenía cuatro torres almenadas en forma de botella de vino. A diferencia de la mayoría de las iglesias de Barcelona, no había sufrido daños durante la revolución; la gente decía que la habían conservado por “su valor artístico”. En mi opinión los anarquistas demostraron tener muy mal gusto al no volarla por los aires cuando tuvieron la ocasión, aunque colgaron una bandera roja y negra entre sus torres. (Ibídem. Pág. 203).

Yendo al grano de nuevo, ¿Qué hubiera pasado si la guerra hubiera dado un giro a la izquierda? ¿Qué hubiera pasado con los españoles y españolas católicas, apostólicas y romanas que se abrazaron a Franco, cual pastor enviado por Dios, para ser salvados del demonio rojo y preservar “in perpetuum” sus creencias, convertidas en la salsa de las Semanas Santas y en pasaporte para gozar de la eternidad junto al Padre Celestial?

A veces nos olvidamos del apoyo masivo del que gozó Franco durante décadas (con la excepción de los comunistas), y, a mucha distancia de ellos, grupos demócratas y de la izquierda (socialista) que empezaron a sacar la cabeza debajo del ala cuando comenzaron a soplar vientos favorables en los años 60, época de “un nuevo despertar de las conciencias”.

Cuenta el historiador Raimundo Cuesta, uno de los mayores expertos en la Guerra Civil española, que “en esa década prodigiosa” ya se notaba en casi toda España un “corrimiento del azul al rojo”, es decir: cientos de miles o millones de papás y mamás fascistas empezaron a tener hijos o hijas “rebeldes” que, debido a “las malas influencias”, mutaban en militantes o simpatizantes de la izquierda. Entre esos cachorros también había gente progre “laica y demócrata”.

Fue entonces cuando Franco, sabiendo que medio país lloraba de emoción cuando entonaba “El Cara al Sol” y que el otro medio “ya no era de fiar”, decidió, después de dejarlo todo “atado y bien atado”, autorizar las “asociaciones políticas”, embrión de la democracia que disfrutamos todavía en noviembre de 2018.

La Iglesia y toda la derecha que forma parte (con loables excepciones) de la inagotable reserva de “los meapilas” con la que se construyen los neofascismos, tipo Jair Bolsonaro en Brasil, deberían quitarse la máscara y abrazar a Franco. Estáis en deuda con él, si no le dejan entrar en la Almudena, insistir en la Catedral de Burgos, e ir subiendo de ahí para arriba.

Respecto a Pablo Iglesias (Podemos, nueva izquierda) que deje de ser ingenuo. Quiere convertir el Valle de los Caídos en un Museo de la Memoria Histórica o algo parecido. Bueno, quizás se consiga, pero quitar el Mamotreto Cruz de ese cementerio, como ha propuesto, “eso es imposible”. En este país, “mientras siga viviendo Franco”, nadie toca “el madero de piedra del Hijo de la Paloma” (que nació por una gracia de Dios).

http://www.nilo-homerico.es/