Mahoma-El Velo

El velo islámico y los embusteros que acusaron de “adúltera” a Aisha, la esposa favorita de Mahoma

Voy a explicar el origen del velo islámico o “hiyab”, prenda con la que las mujeres musulmanas se cubren parte del rostro, ya que todavía, ya entrado el siglo XXI, hay supina ignorancia sobre esa costumbre que grandes amigos de la civilización, como Eduardo Galeano, atribuirían a una imposición del “macho enjaulador”.

Cuando realicé el curso de Experto en Cultura, Religión y Civilización Islámicas (UNED, 2006) con clases a distancia y presenciales en la Universidad Complutense de Madrid, los profesores y profesoras me explicaron que había tres teorías sobre el origen del velo islámico o “hiyab”, prenda que tanta polémica sigue causando en nuestros días.

De las dos primeras se puede hablar con calma tomando un café en cualquier medina, pues son gratas al oído. Sobre la tercera, que hace referencia a “una infidelidad” de Aisha (lo que fue desmentido categóricamente en El Corán, para los creyentes palabra de Alá) es mejor callar, si no queréis acabar con un puñal en la yugular.

Centrémonos en las citadas hipótesis:

-1- Algunos expertos consideran que Mahoma (571-632) quiso que sus mujeres -tuvo doce- vistieran igual que las reinas y princesas persas, por una cuestión de distinción aristocrática, ya que en la corte sasánida, donde se seguía adorando a Zorastro (Zaratustra), estaba de moda llevar velo.

-2- Otros estudiosos dicen que El Profeta, cansado de que la gente se acercara a sus mujeres para pedirle favores por mediación de ellas, - lo que le estaba agobiando- solicitó a sus esposas que se cubrieran el rostro con “el hiyab” para que nadie las reconociera en la calle, y evitar así que las identificaran con facilidad y abusaran de su generosidad.

En la Azora 33 de El Corán, versículo 59, se dice respecto al uso del hiyab:

¡Profeta! Dí a tus esposas, a tus hijas, a las mujeres creyentes, que se ciñan los velos. Ése es el modo más sencillo de que sean reconocidas y no sean molestadas.

Y, respecto a la “presunta infidelidad” de Aisha, quien se casó con Mahoma cuando tenía seis años (en edad premenárquica), se cuenta un episodio -basado en burdas mentiras, según los creyentes- para denigrar a la esposa favorita de El Enviado, una mujer extraordinaria (culta, erudita, poeta, guerrera, etc.,) que “eclipsaba” con sus cualidades a muchos hombres que aspiraban a ser el brazo derecho del Profeta. (Sobre esa excepcional mujer se acaba de editar un libro “La Joya de Medina” de la escritora estadounidense Sherry Jones, que está cosechando excelentes críticas).

Yendo al capítulo de “los cuernos”, se cuenta que cuando la caravana de Mahoma regresaba a Medina tras ganar una batalla, “la chica”, que iba en un h0wdah (compartimento cerrado con cortinas, en este caso, e instalado sobre la grupa de un camello) se descolgó accidentalmente del grupo y apareció, al día siguiente, con un muchacho, llamado Safwan, tras lo que varias personas allegadas al Profeta la acusaron a “la ligera” de haber cometido adulterio. (Se supone que Aisha en aquel entonces ya habría entrado en la adolescencia).

Las sagradas escrituras citan a Abdallah, Hassan y Mistad (hombres) y a Hammanah (hermana de una de las esposas de Mahoma) como los responsables de haber difundido sin pruebas “la acusación de adulterio” contra Aisha (quien se casó con el Profeta cuando éste tenía 53 años, aunque el matrimonio no se consumió hasta que ella cumplió los nueve). Incluso Alí, primo y yerno de Mahoma, pidió al Enviado que se divorciase de Aisha.

El caso es que Aisha (señalan los islamistas) estuvo llorando y deprimida varias semanas y negó en todo momento que hubiera tenido contacto físico con el muchacho. Mahoma, que se deshacía con su esposa, la creyó, y no solo eso, sino que “por inspiración divina” -dicen las sagradas escrituras- supo que su amada decía la verdad. Y eso ha quedado inmortalizado en la Azora 24 de El Corán, titulada “La Luz”.

La introducción de este capítulo comienza con una advertencia “Contra la fornicación”. En el versículo 2 se dice:

A la adúltera y al adúltero, a cada uno de ellos, dadles cien azotes (latigazos) Si creéis en Dios, no os entre compasión de ellos ¡Qué un grupo de creyentes dé fe de su tormento!

(Acto seguido explica que para acusar a alguien de adulterio tiene que haber, al menos, cuatro testigos).

Los versículos 11, 14, 23, dedicados literalmente a “La inocencia de Aisha”, dicen:

Si no fuese por el favor y misericordia de Dios para con vosotros en este mundo y en la última vida, realmente, os tocaría un enorme tormento porque os hicisteis eco de chismes. Los que calumnian a mujeres honradas, malditos serán en este mundo y en la última vida. Tendrán un castigo terrible.

Bueno, otros dicen, que al ver Mahoma que Aisha despertaba pensamientos impuros en los hombres, cortó por lo sano e instituyó el “hiyab”.

Lo cierto es que al principio muchas mujeres se negaban a llevar el velo, incluso nietas de Mahoma, y nadie se atrevía a decirlas nada. Pero, a medida que los clérigos fueron amasando más y más poder, se propagó el modelo, como lo denomina Eduardo Galeano, del “macho enjaulador”.

Termino subrayando que Aisha (613-678), la guerrera, poeta, influyente política que quedó viuda a los 18 años, ha sido siempre muy admirada por los sunnitas (corriente mayoritaria del Islam que en algunos países ha probado instaurar en el último siglo “gobiernos laicos y socialistas”, siendo el principal referente el Egipto de Gamal Abdel Nasser, la Libia de los comienzos de Muamar el Gadafi, Túnez, etc.

En cambio, los chiitas “la odian” porque “representaba todo lo malo de una mujer” y se opuso al cuarto califa Ali, primo y yerno de Mahoma casado con su hija Fátima, que en su día pidió a su protector que se divorciara de Aisha por el supuesto caso de adulterio. De manos del Profeta, Alí recibió su sable “Zulfiqar”(La Espada de la Victoria) lo que convierte a su portador en el “Mahdi” o “Jallifat Rassul Alá” (sucesor del Mensajero de Alá, de ahí viene la palabra Califa).

(Alí fue asesinado con una espada envenenada a causas de las luchas por el poder que terminaron con la victoria de la Dinastía Omeya, que primero se instalaría en Damasco y luego en Al-Andalus, con capital en Córdoba).

El régimen de los ayatollahs de Irán, sigue a rajatabla la corriente chií del Islam -que cuenta con cien millones de fieles- en la que es imposible separar el poder religioso del político. En Siria los alauitas comparten bastantes creencias con la principal rama del Islam chií.

Nota: El Corán consta de 114 Azoras o Capítulos. Para este artículo se ha utilizado la traducción de Juan Vernet, publicada por Planeta (Colección Austral).

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