México

La esperanza nunca muere

Rodolfo Bueno    06.Dic.2018    Opinión

México, país rico en recursos naturales y de cultura antiquísima, del cual el General Porfirio Díaz dijo: “¡Pobre México!

Tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, tiene un nuevo presidente, Andrés Manuel López Obrador, quien a partir de su posesión debe profundizar la democracia para que haya elecciones realmente libres, que permitan escoger funcionarios que representen al pueblo y no, como hasta ahora, a los oligarcas; renovar la sociedad mejicana, actualizando su sistema educativo de manera que las personas mejor dotadas desarrollen al máximo sus facultades intelectuales; combatir la pobreza que agobia al 38% de los mejicanos, priorizando la solidaridad humana basada en principios universales; combatir la corrupción, lo que requiere de una revolución espiritual que permita recuperar la ética en la política, tarea nada fácil, pues en México la corrupción se ha institucionalizado en todos los recovecos del poder público y privado; recuperar para el Estado el sector estratégico, especialmente de las áreas energéticas, de manera que se incremente la generación de empleo; erradicar la violencia iniciando un proceso de reconciliación nacional, pues desde que en gobiernos anteriores se inició la ofensiva militarizada contra el narcotráfico, en México se asesina a un mejicano cada 25 minutos y hay cerca de 40.000 desaparecidos; apoyar a los pueblos indígenas para que mejoren sus condiciones económicas y sociales, respetando el medio ambiente; afianzar a los sectores productivos, especialmente los rurales, que fueron abandonados luego firmar onerosos tratados internacionales; reabrir el caso de la desaparición de 43 normalistas de Ayotzinapa, formando una Comisión de la Verdad que conozca y analice los informes emitidos por distintas organizaciones de derechos humanos, para castigar a los responsables de este crimen, independientemente del poder que tengan; iniciar en lo internacional una política en la que México, por respetar la soberanía de toda nación del mundo, reafirme que justiprecia la autodeterminación y la no injerencia en los asuntos internos de otros estados.

La tarea es titánica, pero López Obrador es la persona que conoce a “la mafia que se adueñó de México” y sabe cómo combatirla. Comprende que lo sucedido en su país ha servido para “recomponer el viejo régimen y continuar con la misma corrupción”, que es el “gatopardismo, una maniobra en que, en apariencia, todo cambia para que todo siga igual.” Se pregunta qué se debe hacer con la mafia, y responde: “nuestra concepción de que el principal problema de México es, precisamente, el predominio de un puñado de personas que detentan el poder y son los responsables de la actual tragedia nacional. Y, como es obvio, si estamos empeñados en establecer la democracia y transformar al país, es mejor que desde ahora se sepa qué haríamos con los oligarcas al triunfo de nuestra causa.”

Para él, la oligarquía, la mafia del poder, echó abajo “lo poco que se había construido para establecer la democracia en México… El tiempo y la realidad han demostrado que el fraude causó un daño inmenso: lastimó los sentimientos de millones de mexicanos, socavó a las instituciones, envileció por entero a la llamada sociedad política… Es necesario cambiar la forma de hacer política. Este noble oficio se ha pervertido por completo. Hoy la política es sinónimo de engaño, arreglos cupulares y corrupción. Los legisladores, líderes y funcionarios públicos están alejados de los sentimientos del pueblo; sigue prevaleciendo la idea de que la política es cosa de los políticos y no asunto de todos” y propone una “transformación que no sólo debe tener como propósito alcanzar el crecimiento económico, la democracia, el desarrollo y el bienestar, sino, y sobre todo, cristalizar una nueva corriente de pensamiento sustentada en la cultura de nuestro pueblo, en su vocación de trabajo y en su inmensa bondad; añadiendo valores como el de la tolerancia, el respeto a la diversidad y la protección al medio ambiente. Está en marcha, pues, la revolución de las conciencias para construir la nueva República. La tarea es sublime, nada en el terreno de lo público puede ser más importante que lograr el renacimiento de México. Ninguna otra actividad produce más satisfacción que la de luchar en bien de otros. Es un timbre de orgullo vivir con arrojo y además tener la dicha de hacer historia.”

Sabe que se ha “entregando los bienes del pueblo y de la nación a particulares, nacionales y extranjeros”, que hoy como nunca “casi todas las instituciones bancarias pertenecen a extranjeros, no otorgan créditos para fomentar el desarrollo del país, invierten en valores gubernamentales, cobran las tasas de interés más altas del mundo, obtienen ganancias fabulosas y son fuente fundamental de traslado de recursos a sus matrices en España, Estados Unidos e Inglaterra”, sabe que la corrupción está tan oficializada en la cúpula del poder, “que el Instituto Federal de Acceso a la Información Pública resolvió mantener en secreto por 12 años -hasta 2019- los nombres de las empresas que en 2005 resultaron beneficiadas por el Servicio de Administración Tributaria con la devolución multimillonaria de impuestos.” No habla de memoria sino porque “durante el tiempo que fui Jefe de Gobierno de la ciudad de México (2000-2005), conocí a casi todos los integrantes de esta élite.”

Está consciente de que la pobreza de México se da porque “los tecnócratas han actuado como fundamentalistas. No sólo acataron la ortodoxia de los organismos financieros internacionales, sino que convirtieron en ideología sus recomendaciones”, y así como el pez por su boca muere, todavía recuerda “que Pedro Aspe, secretario de Hacienda en el gobierno de Salinas, se ufanaba diciendo que no tenía importancia el fomento de las actividades productivas del sector agropecuario porque en un mundo globalizado era más económico comprar en el extranjero lo que consumimos”, por lo que, “el conjunto de políticas neoliberales aplicadas al campo ha originado un grave rezago productivo del sector agropecuario en relación con el crecimiento de la población.” De ahí que se haga “indispensable eliminar la actual política económica que ni en términos cuantitativos ha dado resultado. México es uno de los países del mundo que menos ha crecido en los últimos años.”

Sabe que “a partir de la adopción de la política neoliberal, se vinculó estrechamente al sector energético con los intereses externos. En este período se alejó más la posibilidad de integrarlo y utilizarlo como palanca de desarrollo nacional, y todos los gobiernos neoliberales han mantenido la idea y el propósito de privatizar tanto la industria eléctrica como la industria petrolera.” Por lo que no aceptará “ninguna ocupación a nuestro territorio. México debe seguir siendo un país libre, independiente y soberano. No queremos convertirnos en colonia” y recuerda lo que una vez dijo el General Lázaro Cárdenas del Río: “Gobierno o individuo que entrega los recursos nacionales a empresas extranjeras traiciona a la Patria”, pese a lo cual “en estos tiempos, desgraciadamente, puede más la corrupción que el patriotismo.” Recuerda que “uno de los negocios más jugosos en beneficio de funcionarios y contratistas ha sido la compra de gas a empresas extranjeras. Por esta razón, a los tecnócratas nunca les ha importado realmente ni extraer el gas ni evitar que se desperdicie. México es el país petrolero que más gas quema a la atmósfera.”

Sobre la educación también está claro, sabe que “a pesar del esfuerzo de alumnos y maestros, es notable el rezago. Las escuelas están abandonadas, con techos en malas condiciones, faltan pizarrones, mesa-bancos, hay aulas construidas con materiales precarios. Y lo más lamentable es que muchos niños caminen hasta dos horas para asistir a la escuela y casi todos lleguen sin desayunar. En México, sólo el 20% de los jóvenes tienen acceso a la educación superior. La UNESCO ha establecido como parámetro de referencia para este nivel, entre 40 y 50 por ciento.”

Comprende que en materia de salud lo común es el abandono, que “hay municipios sin médico y aunque en las cabeceras haya clínicas de primer nivel, los médicos sólo trabajan de lunes a viernes y en todas partes se carece de medicamentos.”

Sobre la pobreza, López Obrador conoce que incluso los que trabajan “tienen salarios que no les alcanza ni siquiera para lo más indispensable… perciben ingresos que no les permiten adquirir una canasta alimentaria recomendable, considerando aspectos nutritivos, culturales y económicos.”

López Obrador, por entenderlos con profundidad, es la persona idónea para comandar la solución de un inmenso complejo de problemas. Si lo apoya un pueblo organizado, es factible que en México se inicie un proceso revolucionario, que será ejemplar para nuestra América y el resto del mundo.