Caza-Muerte

Carta a Teresa Ribera, la ministra socialista que ama a los animales, incluyendo al elefante que destronó al Rey emérito Juan Carlos I

Desde hace tiempo vivimos un enfrentamiento entre las dos Españas que, a veces, parecen irreconciliables. A eso se ha unido ahora una corriente sana, en la que milita principalmente gente joven, que pide se erradique cualquier tipo de maltrato animal. Frente a ellos está el equivalente de la “Asociación del Rifle” en Estados Unidos, que defiende “la industria cinegética” con uñas y dientes, rebuznando y hocicando. Detrás de los Hunos y los Otros se encuentran, como siempre, ideologías dispares que chocan como espadas.

Querida Teresa Ribera te escribo unas líneas para decirte que yo también amo a los animales, que tampoco disfruto con su sufrimiento y que considero imprescindible la defensa de sus derechos, lo que, sin duda, mejorará la deteriorada conciencia de la Humanidad. (En la foto la ministra de Transición Ecológica, Psoe).

Alabo las declaraciones que hiciste hace unos días a la cadena de radio “Onda Cero” manifestando que “te gustan los animales vivos” y que, si estuviera en tus manos, prohibirías “las corridas de toros y la caza”.

Aunque yo nací en la cultura de la muerte y de niño veía con naturalidad “como dos boxeadores se destrozaban la cara en un cuadrilátero”, un día cambié, siendo aún muy joven, y desarrollé una creciente empatía hacia los seres vivos.

Creo que el Rey emérito Juan Carlos I, quien me hizo un gran favor cuando trabajaba en Egipto a finales de la década de los setenta (escribió una carta al MAE para mejorar nuestra situación laboral), perdió la corona al ser pillado cazando elefantes en Botswana, en una época en la que mucha gente, debido a la crisis, lo estaba pasando muy mal.

En la selva, como predomina la ley del más fuerte, el grandote se come al débil y al pequeño, pero por una cuestión de supervivencia. El hombre, repito el hombre, (ya que las fans de esas carnicerías son minoría) es el único “primate rabioso” que mata “deportivamente” por placer, lo que dice muy poco de los buenos sentimientos de una parte de nuestra especie. ¡Ah, se me olvidaba! Cuando el Rey Juan Carlos I regresó de Botswana a su palacio de Madrid, se encontró con la carta que le había escrito un elefante y que se puede leer pinchando aquí.

Mi amigo José Carrión, catedrático de Botánica en la Universidad de Murcia (es también el científico español más citado en revistas internacionales de todo el mundo), nos aconseja comer sólo “animales que hayan vivido en libertady que “hayan sido tratados con dignidad”. Gracias ¡maestro! por regalarnos ese mensaje tan necesario para todos.

Todavía hay mucha gente en España (lo que yo empíricamente relaciono, principalmente, con Franco y con la derecha) que tiene un apego enfermizo a las escopetas.

Que dispara, por ej. (caso real) para matar de un sólo disparo a una pareja de liebres en el momento de la cópula; que mete una bala en la frente de “el ciervo psicopompo”; apuesta en peleas de gallos y grita histéricamente cuando el vencedor arranca un ojo al perdedor o cuando un elefante del abrasador continente de “Lucy” se desploma con la trompa chorreando sangre. ¡Qué alegoría más tremenda de la aniquilación (en paralelo a las maravillas de la Tierras) de seres únicos, mitológicos, sagrados en países como India! Sobre cuyos lomos cabalgaron los primeros dioses y diosas.

“El privilegiado” que practica esa “caza mayor”, tras entregar un fajo de billetes con efigies de reyes o blasones, podrá llevarse a su palacio o a su mansión, magníficos colmillos de marfil que reafirmarán su virilidad, su “snobismo” (“sine nobilitas”, su falta de nobleza) y su enjaulado “instinto asesino”.

Amiga Teresa Ribera, te deseo una Feliz Navidad y un próspero Año Nuevo. Sé que la gente que te rodea y que te quiere, está haciendo algo bueno en este mundo. Te prometo que brindaré por ti y por todos los que, al encontrarse en el camino con “la tortuga que ha volcado”, se detienen y la dan la vuelta para que continúe lentamente su preciosa vida. Como decía un mensaje muy humano, que luego copió corrompiéndolo la Banca, ¡Necesitamos valientes, como tú!

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