Corea del Norte-Orwell 1984

La obra “Orwell, 1984” calca la dictadura, el lavado de cerebro y “la cirugía de cuerpos y almas” que padece el pueblo de Corea del Norte

Jalil Yetsky    01.Ene.2019    Opinión

(Foto, estatua de Kim Il Sung en Pyongyang)

Ya que se han escrito últimamente varias crónicas sobre el autor de “Rebelión en la Granja”, no quisiera acabar el año 2018 sin acordarme del único país del mundo que se acopla a la perfección, en espíritu y letra, al mundo distópico de “Orwell, 1984”

Tras la Guerra Civil coreana (1950-1953) que terminó con un armisticio (con un pacto de no agresión, no con un acuerdo de paz) el régimen comunista del Norte se cerró como una ostra, y el Sur, tras una serie de altibajos, degeneró en una sangrienta dictadura militar que gobernó con mano de hierro varias décadas con el apoyo de EEUU.

Cuando llegué a Seúl en 1985 para trabajar como periodista, gobernaba el general Chun Doo Hwan, quien reprimió las revueltas estudiantiles de la ciudad de Kwangju, (agosto, 1980), con un balance de 200 muertos, la mayoría universitarios, miles de heridos y la detención de los líderes opositores, entre ellos Kim Dae Jung, (partidario de un acercamiento al Norte), a quien entrevisté a finales de la década de los ochenta.

Aquella matanza y la represión política de la dictadura desencadenaría durante siete años (1980-1987) masivas manifestaciones en todo el país con las subsiguientes batallas campales que dieron la vuelta al mundo, lo que estalló con el “alzamiento civil del 10 de junio de 1987”, cuando millones de personas se echaron a las calles de Seúl (aquellos días respiraba a todas horas los gases lacrimógenos más fuertes del mundo) dispuestas a derrocar, al precio que fuera, al general Chun Doo Hwan.

El ministro presbiteriano Moon Ik Hwan (1918-1994) alentó las revueltas de la Universidad de Seúl, donde varios estudiantes se inmolaron a lo bonzo, y pronto se unieron a la lucha todas las confesiones religiosas encabezadas, entre otros, por conocidos líderes budistas, confucionistas y taoístas. Los templos ¡Escuchad! bajaron a la calle y los monjes se convirtieron en guerreros del pueblo.

Unos dos millones de estudiantes, trabajadores, amas de casa, intelectuales, niños, ancianos, empresarios solidarizados con sus hijos, políticos opositores y eclesiásticos formaron un descomunal tsunami humano que avanzó por la avenida principal de la capital Chongno-Ga (igualito de lo que ocurrió en Madrid con Franco) y marcharon dispuestos a prender fuego, con su inquilino dentro, el palacio presidencial, La Casa Azul, residencia del dictador.

Al final, decenas de miles de policías y soldados que había estado reprimiendo las revueltas durante semanas posaron sus escudos en el suelo y dejaron un pasillo, cual Moisés abriendo las aguas del Mar Rojo, para que pasara la riada humana y diera al dictador su merecido castigo.

El Ejército, la Policía y la Iglesia ¡Apoyando la revuelta! ¡Jamás se había visto nada igual en Corea! Cuando una avanzadilla (escribo como testigo, no “in diferido”) llegó a las puertas de La Casa Azul con la determinación de prenderla fuego, un helicóptero aterrizó en los jardines de palacio y se llevó al dictador- sobrevolando el cielo de Seúl- hasta un templo budista perdido en las montañas del Reino Ermitaño (otro de los nombres de Corea). Allí el dictador suplicó perdón, llorando a chorros, (igual que Franco) en un intento “regresivo” (huida al útero) para evitar su linchamiento.

En 1996 fue condenado a muerte, pero su gran adversario, el socialdemócrata Kim Dae Jung, le perdonó la vida en un gesto que “nos recuerda a Nelson Mandela”.

El pueblo surcoreano conquistó la democracia (nadie se la regaló, como ocurrió en España con Franco) por eso ahora -lo que he comprobado cien veces- su gobierno respeta y escucha muy atentamente la voz del pueblo (igual que en España, donde Aznar nos arrastró a la guerra de Irak ignorando un clamor antibélico del 90% de la ciudadanía española).

Por su parte, Corea del Norte (y aquí retomo el hilo del título de esta crónica) es una de las mayores prisiones del mundo. El lavado de cerebro y la “cirugía de cuerpos y almas” que practica el régimen totalitario de “ese obsceno país comunista” es una “maldita calcomanía”-sin metáforas ni alegorías- de la obra “Orwell, 1984”. Quien no pasé unas largas vacaciones “en el infierno de Pyongyang” no podrá hacerse ni idea de lo que hablo.

Allí nadie puede salir del país, si no es con autorización de “el gran líder”. La única forma de intentar marcharse de “ese inmenso campo de concentración” es atravesar la barrera de alambradas de 248 kilómetros de longitud que separa ambas Coreas. Si alguien queda atrapado allí, será cosido a balazos por los soldados norcoreanos. También existe otra línea de fuga, en la zona norte, que limita con China y con Rusia. Son frecuentes las deserciones en grupo de personas o familias que buscan asilo en terceros países, principalmente en Corea del Sur. Siendo delegado de la Agencia EFE en Pekín (1997-2003) un grupo de norcoreanos se refugió en la Embajada española de la capital china.

Los disidentes del Norte pagan con su vida cualquier crítica al régimen. Todos los líderes norcoreanos, principalmente Kim Il Sung, (1912-1994) han sido objeto de culto, idolatrados. Cuando este gigante (ver foto) falleció fue nombrado “Presidente Eterno de la República”. Su hijo Kim Jong Il (1941-2011) se quedó con el rango de “Líder Supremo”. También tiene estatuas tan grandes como las de su papá. Ahora gobierna el Norte, el rechonchito Kim Jong Un (1983), criatura bipolar de sólo 35 añitos.

Fuentes: Propias (como testigo). Periodistas cubanos y rusos destinados en Corea del Norte con los que intercambié información decenas de veces, cada vez que se reanudaba el diálogo intercoreano en la aldea fronteriza de Panmunjon (había una sala para reporteros de ambos lados), testimonios de desertores, etc.

Nota: Formé parte de un reducido grupo de periodistas internacionales que realizó (por primera vez desde la finalización de la guerra civil, el 27 de julio de 1953) un viaje histórico en avión, en mayo de 2001, que hizo la ruta Pekín-Pyongyang-Seúl. Con escala de varios días en la mazmorra norcoreana, donde se nos prohibió hablar con Kim Jong Il, pues no había que molestar a “ese dios”.

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