Hipotecando futuro: solo el 35% de los niños recibe protección social

Según un nuevo informe realizado por UNICEF y la OIT este pone de manifiesto la apremiante necesidad de extender la protección social a todos los niños, para ayudarlos a escapar de la pobreza y de sus efectos devastadores, sin embargo: la gran mayoría de los niños no cuenta con protección social.

En varios países, los programas de protección social dirigidos a los niños cuentan con una cobertura limitada, niveles de prestaciones inadecuados, fragmentación y una pobre institucionalización. Algunos países sujetos a un proceso de consolidación fiscal están reduciendo los subsidios, en lugar de extender las prestaciones, como fue acordado por los países en los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS).

La evidencia muestra claramente que el dinero desempeña un papel vital en la ruptura del círculo vicioso de la pobreza y vulnerabilidad. No obstante, solo 35 por ciento de los niños goza de protección social; con cifras que oscilan desde 87 por ciento en Europa y Asia Central, 66 por ciento en las Américas, 28 por ciento en Asia y hasta 16 por ciento en África

“La pobreza infantil puede ser reducida de la noche a la mañana con una protección social adecuada”, afirmó Isabel Ortiz, directora del Departamento de Protección Social de la OIT. El informe hace un llamado a favor de la rápida expansión de las prestaciones para la familia y los hijos, con el objetivo de alcanzar la protección social universal de los niños y lograr los ODS.

Este tipo de prestaciones son un elemento vital de las políticas dirigidas a mejorar el acceso a la nutrición, la salud y la educación, así como a reducir el trabajo infantil, la pobreza y la vulnerabilidad de los niños.

“La pobreza afecta a los niños de manera particularmente grave, ya que sus consecuencias pueden hacerse sentir a lo largo de toda la vida. La malnutrición y la pérdida de años de educación, que con frecuencia derivan de la pobreza, son una tragedia para el individuo, su comunidad y la sociedad”, declaró Alexandra Yuster, Directora Asociada y Jefa de Inclusión Social y Políticas de UNICEF.

La contracara del informe

Insistimos en que lo más respetable es la verdad sobre la realidad, para poder dar una visión cabal y justa del mundo en que vivimos. Nada se paga tan caro como la sustitución de la realidad, por lo que nos parece o nos conviene.

Esa tendencia que existe en muchas naciones con sus estadísticas y que reiteran algunos comunicadores sociales, deslizando su visión, en la introducción de datos basados en las deformaciones o en el pensamiento desiderativo, amplificado a través de las redes sociales, manipulando por ende la realidad. Pero tarde o temprano esta se venga resistiéndose a nuestras manipulaciones y apareciendo la cruda verdad, tal cual es.

Pero también entendemos que cualquier neutralidad, marcada por la (seudo) objetividad, apoliticismo o profesionalismo indefinido sobre los hechos sociales en el mundo de hoy, no es otra cosa que beneficiar y favorecer los intereses de la economía gobernante, las injusticias sociales, y perpetuar la explotación del actual orden económico en el plano mundial y nacional.

Muchos de estos informes internacionales que hemos analizado contienen en su seno realidades y verdades escabrosas, violentas, y humillaciones, reñidas con toda la ética de nuestra condición humana.

Pero el mundo capitalista en el cual vivimos, carece de toda perspectiva histórica, sumido además en una crisis general y profunda originada por las leyes objetivas y contradicciones irreconciliables derivadas del propio sistema. La crisis general del capitalismo significa su decadencia, su descomposición y abarca el conjunto de la humanidad, perturbando a fondo su economía, su régimen social, político, ideológico y cultural.

Aceptamos con cierta normalidad que la riqueza del hombre más rico del mundo, Jeff Bezos, dueño de Amazon, alcanzó el año pasado 112.000 millones de dólares. Al tiempo que se nos indica que “el presupuesto de salud de Etiopía equivale al 1% de su fortuna”, debemos al menos interpelarnos, porque si esto no es, una descomposición y decadencia de un sistema económico - además de una injusticia flagrante-, entonces posiblemente no hemos entendido nada, en todos estos años sobre las injusticias que nos gobiernan.

De manera general, la riqueza de los 26 multimillonarios del mundo aumentó 900.000 millones de dólares el año pasado, a un ritmo de 2.500 millones de dólares por día, mientras los ingresos de la mitad más pobre de la población del planeta cayeron 11 por ciento.,

Al mismo tiempo, uno de cada cinco niños vive en las formas más extremas de pobreza (menos de 1,9 dólares al día), mientras que a una vaca europea se le destina 2,5 a 3 euros diarios y casi la mitad de los niños del mundo vive en situación de pobreza “moderada” (menos de 3,10 dólares al día).

En casi todas las regiones, la pobreza afecta a los niños de manera desproporcionada: ellos tienen el doble de probabilidades que los adultos de vivir en pobreza extrema.

Abatir la pobreza en el capitalismo es una falacia. Pero independientemente de las razones políticas, sociales jurídicas o económicas, lo cierto es que los gobiernos están obligados a enfrentar la pobreza. Nos consta, que muchos han hecho denodados esfuerzos e incluso en algunos momentos históricos han obtenido momentáneos éxitos.

Pero, desgraciadamente para los gobiernos y los pobres los empleos generados por cualquier acción gubernamental no son sostenibles en el tiempo y no pueden mantenerse de manera coyuntural. La fragilidad de los gobiernos dependientes de sus materias primas está a la deriva de los mercados financieros, y del comercio mundial, por lo tanto, son rehenes (cuasi pasivos) de las grandes potencias y sus guerras comerciales.

La voluntad política actual sigue siendo secuestrada por el principio de acatamiento de las leyes naturales del mercado. Y en esta lógica lo primero es sanear la economía, como lo recomiendan los organismos crediticios internacionales. Por lo tanto, preservar el futuro de los niños con los ojos puestos en el presente, bajo la presión enceguecedora de la urgencia económica, son los riesgos de esta realidad.

No obstante, todo quehacer político que ignore esta tragedia no tiene futuro y, por supuesto, tampoco justificación. Seguiremos hipotecando futuro en nombre del liberalismo económico y el sacrosanto mercado, en el mundo de las promesas rotas, de informes que se suceden y realidades que no cambian.

Eduardo Camín
Periodista uruguayo, miembro de la Asociación de Corresponsales de prensa de la ONU en Ginebra. Asociado al Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE)