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España sí debe pedir perdón a América Latina

Rafael Silva    10.Abr.2019    Mundo

Recientemente hemos asistido a la polémica suscitada por el requerimiento del Presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, al Rey de España, para que pida perdón por los agravios que el Imperio Español de entonces ejecutó contra los pueblos y tribus nativas mexicanas durante el período de su conquista, hace ahora cinco siglos, concretamente entre 1519 y 1521.

En 2021 se cumplirán 500 años de la caída de Tenochtitlán y 200 años de la Independencia de México, y en la celebración de dicha efeméride enmarcaba López Obrador dicha solicitud hacia España. Estoy de acuerdo con dicha pretensión del presidente mexicano, pero pienso que debe ser un “perdón” matizado, referido no tanto (que también) al reconocimiento de los agravios, atrocidades y aberraciones que cometimos allende los mares, sino y sobre todo, la petición de perdón debe centrarse, a mi juicio, sobre la propia versión de la Historia que nosotros, desde España, hemos divulgado y exportado. Bastaría con que se difundiera la verdadera labor que nuestra España Imperialista de entonces ejecutó sobre los pueblos nativos latinoamericanos, y que por tanto, en vez de un mensaje de altivo “descubrimiento”, heroico y venturoso, “por la gloria de la patria”, se difundiera la auténtica versión de la historia, que no es otra que una historia de sometimiento.

El relato dominante nos ha contado una historia de grandeza épica de nuestros conquistadores, de hazaña memorable, cuando la verdad es que hubo masacre, invasión, y colonización brutal. Muchos autores, profesores e investigadores insisten en que los hechos históricos de hace cinco siglos no pueden evaluarse ni juzgarse con los ojos de hoy, a la vista actual de los acontecimientos. Es cierto. Pero es una afirmación que habría que matizar bastante, porque por la misma regla…¿Tampoco podemos evaluar la Inquisición como un crimen contra la humanidad perpetrado por la Iglesia Católica (bajo la instigación, la connivencia y el mandato de la España Imperial)? ¿No podemos tampoco evaluar los tremendos sufrimientos que fueron causados a moriscos, judíos y sobre todo gitanos, que fueron expulsados en sucesivas oleadas históricas mediante diversas pragmáticas, comenzando por la de Medina del Campo en 1497? Los sucesivos reinos desde entonces no sólo expulsaron de nuestras tierras a todos ellos, sino que además publicaron contra ellos salvajes leyes que intentaban eliminar su memoria histórica, su identidad, su cultura, su derecho a ser y a existir, y que abrían la veda para que contra los gitanos de la época se pudieran ejecutar los más perversos tormentos. Es cierto que toda la legislación de la época era cruelmente salvaje, pero este hecho histórico no anula la perversidad de tales leyes.

En general, ante el asunto de la conquista de América Latina, asistimos desde hace siglos a un claro negacionismo de los verdaderos hechos históricos que ocurrieron. Al igual que con el relato de la II República, de la Guerra Civil y de la posterior dictadura franquista, el pensamiento dominante ha dejado su distorsionada versión de los hechos, y de ahí que, por ejemplo, aún estemos con el asunto de la exhumación del dictador pendiente, a más de 40 años de su muerte. Precisamente aún arrastramos la celebración de la Fiesta Nacional el 12 de Octubre, como una reafirmación de nuestro papel en aquéllas tierras, una jornada festiva que debería ser erradicada, pues como decimos, no hay nada que celebrar. Enseguida vendrá la derecha recalcitrante y “patriótica” a argumentar que les dimos la lengua (como si los pueblos indígenas fueran todos mudos), la conciencia moral (como si las tribus indígenas no tuvieran de eso), la democracia (como si eso hubiera existido durante la España Imperial), y la libertad, pero no dicen nada de las numerosas masacres que ocurrieron, del expolio al que sometimos a dichos pueblos, o del tratamiento que dábamos a los negros africanos que “exportábamos” al Nuevo Mundo. El Gobierno del PSOE se limitó a decir con soberbia y altanería que “Felipe VI no tiene que pedir perdón a ningún país”. Absolutamente lamentable. Quizá el más beligerante ha sido el escritor Arturo Pérez Reverte, quien tildó por vía Twitter al Presidente mexicano de “imbécil” y de “sinvergüenza”. Por su parte, el Nobel de Literatura , Mario Vargas Llosa, también negó el genocidio americano (porque también existen personajes ilustres y académicos ignorantes).

Es además incomprensible tanto revuelo político, mediático y social, cuando López Obrador únicamente solicitaba en su carta que “…el Reino de España exprese de manera pública y oficial el reconocimiento de los agravios causados y que ambos países acuerden y redacten un relato compartido, público y socializado de su historia común…”, es decir, que tampoco era una declaración de guerra. Tan sólo se pretende que acabemos de una vez con el relato dominante, con el relato de las bondades imperiales, porque es un relato falso, que situemos los hechos en su justo lugar, que les concedamos una valoración ajustada a la realidad. Y en cualquier caso, y podemos extrapolarlo a otros muchos asuntos, el Gobierno y la oposición se han arrogado la representación de todo el país sin consultar a la ciudadanía, porque…¿no sería el conjunto del pueblo español el que debería manifestarse sobre si debemos o no pedir perdón a otros pueblos por los hechos acaecidos durante la conquista? Si es un acto de país, es evidente que todo el país debería manifestarse ante tales hechos, y la respuesta que debe dar el Estado, y no el Gobierno de turno. Lo que ocurre es que estamos muy poco acostumbrados a la democracia.

El problema fundamental es el relato que nos han contado. Y, por supuesto, nos lo han contado los dominadores. Porque ese relato es falso. Nuestra educación nos ha transmitido, a través ya de muchas generaciones, un consenso nacionalcatólico en el que estos hechos históricos se nos presentan como hazañas épicas de nuestros “conquistadores”, y en el que la destrucción de las civilizaciones y culturas americanas más antiguas fue solo un “mal necesario” para la construcción de nuestra “Hispanidad”. Día de la Raza se llamaba al 12 de Octubre, luego Día de la Hispanidad, y últimamente Fiesta Nacional. Todavía, en pleno siglo XXI, usamos conceptualizaciones con una evidente carga semántica, tales como “Reconquista” o “Descubrimiento”, cuando es absolutamente palmario que no “reconquistamos” ni “descubrimos” nada. Todas esas culturas ya existían con anterioridad, y poblaban aquellos territorios desde mucho antes que los “españoles” que llegaron después. Por ejemplo, el 2 de enero (fecha a la que Vox pretende traspasar el actual Día de Andalucía del 28F), no “reconquistamos” Granada, únicamente finalizamos nuestra expulsión de los musulmanes, mejor dicho, de los andaluces que habitaban Granada, desde mucho antes que los actuales andaluces. Nosotros llevamos cinco siglos, ellos llevaban ocho.

Los conquistadores castellanos no llegaron a ningún Nuevo Mundo, ni a una tierra desconocida ni vacía, ni tampoco habitada por salvajes que esperasen a recibir las culturas más avanzadas, las civilizaciones más iluminadas. Las Américas ya eran habitadas desde miles de años antes por multitud de tribus, de pueblos y de culturas que se extendían desde Alaska hasta Tierra de Fuego, presentando todo un ecosistema humano rico y diverso. Allí ya se encontraban civilizaciones avanzadas, con ciudades, comercio, y un alto grado de organización social. Nosotros solo llegamos para hacer más grande nuestro Imperio, y para imponerles nuestra lengua, nuestra cultura y nuestra religión, por la fuerza. El Imperio Español de entonces, ese donde “nunca se ponía el sol”, ejecutó la destrucción deliberada de pueblos enteros, a las órdenes de nuestros “héroes” Pizarro, Hernán Cortés, Núñez de Balboa o Cristóbal Colón. El historiador Jorge Sancho nos lo explica con claridad: “En todo caso, es innegable que tomando en consideración el conjunto del proceso (que se extendió durante más de un siglo y a escala continental) la catástrofe demográfica fue de unas dimensiones apocalípticas. En términos absolutos murieron decenas de millones de personas, algo comparable solo con las Guerras Mundiales o las conquistas de los mongoles en Asia. En términos relativos el impacto fue aún mayor, dado que las estimaciones más conservadoras situarían la pérdida de población en el Nuevo Mundo en al menos un 75% de la población continental entre los años 1500 y 1650, cuando empezó una lenta recuperación. Este probablemente sea el proceso demográfico más relevante en tiempo histórico ya que alteró de manera decisiva el equilibrio demográfico entre los continentes”. Es algo de lo que, sencillamente, no podemos estar orgullosos.

La invasión española fue, por tanto, una clara guerra de rapiña, de expolio, de saqueo y de apropiación violenta e ilegítima de las riquezas de aquellas culturas indígenas. Nos apropiamos de territorios, de personas, de recursos, todo ello disfrazado de “cruzada civilizadora y evangelizadora”. Aquellos pueblos no nos habían pedido evangelizarlos, no solicitaron nuestra inestimable “colaboración” para ser tránsfugas de sus culturas ancestrales, y adquirir la nuestra, ni para aborrecer su fe y adherirse a la nuestra. Como consecuencia, la guerra, el hambre, la peste y la muerte asolaron durante decenios aquellas tierras. Este es el relato adecuado. Y ante tamaña realidad, sólo nos queda condenar los horrores de aquélla “Conquista”. Cualquier intento de justificarla es únicamente seguir participando de aquella barbaridad. Ello no obsta para admitir que los españoles no fueron los únicos bárbaros de la Historia, pues a lo largo de la misma se han dado muchos otros episodios cruentos, protagonizados por muchos otros pueblos. Serán ellos los que también tengan que disculparse. No es deshonroso, por tanto, asumir la reparación moral de toda aquella barbarie, y pagar esa factura pendiente con las comunidades indígenas. Más bien al contrario, sería un gesto de una altura de miras envidiable, realmente ejemplar.

Sin embargo, difundir un relato incorrecto, alejado de la realidad, convirtiendo en épicas hazañas lo que realmente fueron horrendos crímenes, como llevamos haciendo durante cinco siglos, es mucho más que una mentira: es un crimen contra la humanidad. Y cuando aprendamos a contemplar el verdadero relato, a la luz de los verdaderos acontecimientos, cuando lo asumamos y lo difundamos como realmente fue, entonces el perdón estará prácticamente implícito. Porque se nos deberá caer la cara de vergüenza en nombre de nuestros antepasados, esos “españoles” que llevaron la Cruz y la Espada a cientos de pueblos extranjeros, para obligarlos a que tuvieran una nueva fe, una nueva cultura (ya no se discute sobre si más avanzada o menos), y una nueva identidad. Y esta actitud debe extrapolarse a todo acto cruel, genocida o salvaje de cualquier pueblo contra cualquier o cualesquiera otros. Por ejemplo, por poner un ejemplo más cercano en el tiempo, pienso que el ex Presidente estadounidense Barack Obama debió pedir perdón en nombre de su país a Hiroshima y Nagasaki (a Japón en realidad) cuando visitó dichas ciudades niponas en el último año de su mandato, aunque Obama ni siquiera había nacido cuando su país hizo estallar las dos bombas atómicas en 1945. Cientos de ejemplos más podemos tomar como referencia. De esta forma, extenderemos la cultura de la reconciliación y contribuiremos a una mayor confraternización entre todos los pueblos.

¿Dónde está el límite, por tanto? El límite entiendo que debemos situarlo en todas aquellas afrentas, sucesos, acontecimientos y hechos históricos que, a la luz de la proclamación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), y de sus documentos anexos posteriores aprobados por la ONU (y refrendados por la inmensa mayoría de los países), constituyan crímenes de lesa humanidad, que no prescriben, y que podamos perfectamente identificar a las víctimas y a los verdugos de dichos crímenes. No podemos extenderlo a los tiempos de Carlo Magno, ni al Imperio Romano, simplemente porque el mundo de aquellas épocas no era igual al mundo de hoy. La configuración de países, reinos y continentes era significativamente diferente a la de hoy día, como era diferente, por ejemplo, el mundo en que vivieron Ulises, Agamenón, Menelao y Aquiles. No podemos identificar entonces a víctimas y a victimarios. Pero en todos aquellos casos donde se cumplan estas premisas, entiendo que la práctica del reconocimiento del agravio, y del ofrecer una visión correcta de la Historia, siempre será un gesto deseado y bienvenido. Un gesto de justicia, y la humanidad está bastante necesitada de ella.