España-Erecciones

De las erecciones a las elecciones o la muerte como aperitivo de la parca

J.C.    27.Abr.2019    Opinión

Este artículo está dirigido, principalmente, a las personas mayores, independientemente de su ideología política, por lo que es un escrito transversal. Cuando se acaban las erecciones (del pene y del clítoris) nos queda el consuelo, aunque sólo nos quede un poquito de fe en los hombres y en los dioses, de las elecciones. Esas que lo renuevan todo, que nos prometen el paraíso si les damos el voto como premio a nuestra lealtad. Cuando había erecciones la política era mucho más entretenida pues formaba parte de un universo más amplio y transversal. Los amigos y los seres queridos estaban vivos y cada “encuentro con el otro” era un milagro iniciático que provocaba tan altos vuelos que desde arriba se veían líneas en vez muros, fronteras y alambradas. (Este texto coincide con las elecciones generales que se celebran el domingo, 28 de abril, en España, para renovar el parlamento y elegir presidente. En esos comicios tendrá un bajón la izquierda de Podemos y entrará en el Congreso de Diputados, por primera vez desde la muerte del dictador Francisco Franco, la extrema derecha del partido neonazi VOX).

Cuando todavía era joven, a principios de la década de los noventa, un verano tuve una corta conversación con mi tío Leopoldo, quien frisaba con los ochenta años, en el pueblo de Alceda-Ontaneda (Cantabria), donde mi familia conserva aún un balneario (1) que en su edad de oro frecuentaba la corte, la nobleza y la alta burguesía. El hermano de mi padre presentía que le quedaba poco tiempo de vida y me preguntó:

- ¿Sabes lo que más echa de menos un hombre al llegar a mi edad?

- No, me lo puedes decir- le dije.

Leopoldo, hombre alto y robusto, que practicaba natación casi todos los días en la piscina del balneario (antes de abrirse al público), me habló sin rodeos y remarcó:

- La muerte de los amigos y de los seres queridos, y la extinción del fuego sagrado.

Nunca había relacionado “el fuego sagrado” con la juventud y el sexo pleno y feliz. Yo solía identificar el fuego sagrado con la llama prometeica, con el regalo que hizo el buen dios a los hombres para que progresaran, a pesar de que eso enfadó a Zeus, quien condenó a nuestro benefactor a vivir encadenado a una roca del Caúcaso donde todos los días un buitre le devoraba las entrañas.

Ya ha pasado un cuarto de siglo desde que tuve aquella charla. Como el fuego se apaga también en las mujeres -con la edad se van cortando los hilos que nos conectan a la vida- hay un momento en el que todos y todas maduramos a la fuerza y, con suerte, podemos alcanzar un poco de sabiduría.

Tomando la ironía de Cervantes, -sobre quien acabo de escribir un artículo comparándolo con Víctor Hugo, tras el incendio de la catedral Notre Dame de París- me dirijo ahora a todos los hombres y todas las mujeres que peinan canas y que empiezan a ser invisibles para el otro (independientemente de que en su juventud fueran bellas y atractivas, cual encarnación de Afrodita, o hermosos y seductores, cual Apolo).

Cuando se acaban las erecciones (del pene y del clítoris) nos queda el consuelo, aunque sólo nos quede un poquito de fe en los hombres y en los dioses, de las elecciones. Esas que lo renuevan todo, que nos prometen el paraíso si les damos el voto como premio a nuestra lealtad. Cuando había erecciones la política era mucho más entretenida pues formaba parte de un universo más amplio y transversal. Los amigos y los seres queridos estaban vivos y cada “encuentro con el otro” era un milagro iniciático que provocaba tan altos vuelos que desde arriba se veían líneas en vez muros, fronteras y alambradas.

“Y se va marchitando mi juventud sin que por ello reconozca mi derrotero (…) Hoy me has visto tú llorar, no por flaqueza de ánimo que bastante rencor le tengo a la vida: lloré por lo que no soy, por lo que no fui, por lo que no seré jamás”, decía un viejo aedo lamentándose de lo injusta que es la vida con los seres humanos.

Y así, en los últimos episodios de la vida se apaga el fuego sagrado y luego aparece, con mil caras y mil formas, la muerte como aperitivo de la parca.

Pero seamos positivos respecto a la visita del joven Thanatos y leamos lo que dicen los pensadores sobre ese momento inevitable.

En un reciente artículo del antropólogo y jurista Jaime Richart, titulado la Ancianidad y publicado por SurAméricaPress éste hombre, que ya ha cumplido los ochenta, años remarca:

El anciano termina encariñándose con la muerte, pues ve en ella una liberación de las tribulaciones de la vida (…) Ante ella se topa con dos valores inestimables: La esperanza y la confianza. La esperanza en una vida ultraterrena…en todo caso feliz. Y la confianza en que, si sólo existe la nada, nada tiene uno que perder.

(Para leer artículo completo pinchar en este enlace Ancianidad SurAméricaPress)

El maestro budista Sogyal Rimpoché nos da un consejo, a mi juicio fenomenal, en “El libro tibetano de la vida y la muerte”. Estas palabras van, sobre todo, para los que mueren en soledad, colectivo mucho más amplio de lo que parece. Esta es la esencia de su mensaje:

Independientemente de que seas creyente o ateo, imagínate una luz resplandeciente que representa todo lo que más deseas: P. ej. el amor, la felicidad, la paz, la belleza…y fúndete con ella.

Bueno, es un truco, pero nos sirve “como sostén” para cruzar el umbral.

También os diré, recordando a nuestros padres los griegos, en particular a los epicúreos, que la muerte no existe pues “cuando nosotros estamos, ella no está. Y cuando ella está, nosotros no estamos”.

-1-. A finales del siglo XIX y principios del XX, allí solía tomar las aguas, entre otros, la reina Isabel II. Todavía se conserva la bañera de mármol de carrara donde se metía “La Paloma Buchona”, apodo con el que se conocía a su majestad por sus sonadas correrías amorosas, que fueron ilustradas para la eternidad por los hermanos Bécquer.

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