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Kichi, el “pequeño” José Múgica de España, es reelegido alcalde de la roja Cádiz


La izquierda de Podemos se hundió estrepitosamente en las elecciones municipales que se celebraron en España el pasado domingo, 26 de mayo. La formación de Pablo Iglesias, que estuvo a punto de cambiar el curso político e histórico del país ibérico -con más de cinco millones de votantes en las generales de 2015-, perdió en la última consulta las alcaldías de Madrid y Barcelona (El Nueva York y el Washington de España) y tuvo una abrumadora sangría de votos. Ahora sus líderes y lideresas van corriendo, desconcertados, como pollos sin cabeza. ¡Qué pasó, qué pasó! se preguntan culpando “al otro del fracaso”. Nadie reconoce que no supieron tocar al corazón del pueblo y que la gente tiene un sexto sentido que guía sus actos. En medio de tanto drama, una ciudad andaluza Cádiz, muy amada por el gran poeta Rafael Alberti, sorprendió a todos con una victoria aplastadora de la izquierda. Fue reelegido alcalde José María González, “Kichi”, hombre de probada honestidad y sencillez, que bien podía ser llamado “el pequeño” José Múgica de España.

(En el centro de la imagen ,”Kichi”, con camisa blanca, abrazando a un compañero de “Adelante Cádiz”)

Vi como la gente se acercaba a José María González, alias “Kichi”, y le abrazaba, le mostraba su afecto, se alegraba de que “uno de los suyos” -uno de los que no se desclasan- hubiera sido reelegido alcalde de Cádiz, ciudad de 125.000 habitantes que se ha convertido en el bastión de la joven izquierda española que no fue abducida por el agujero negro de la confrontación ideológica.

Kichi es uno de esos políticos que siguen la estela de Julio Anguita (El Califa Rojo), de José Múgica “Pepe” (ex presidente de Uruguay) y de esos líderes excepcionales que no caen en la tentación de “subir en el ascensor social y olvidarse de sus orígenes y sus votantes”. Es un hombre -como se decía antes- “de palabra”.

Se da por hecho que Kichi volverá a tomar el bastón de mando de la alcaldía pues su victoria ha sido espectacular al haber pasado, bajo las siglas de Adelante Cádiz, de ocho a trece concejales, quedándose sólo a un edil de la mayoría absoluta.

José María González proviene de la corriente Anticapitalista, de la que es lideresa su pareja Teresa Rodríguez, mujer de ideas firmes, mente clara, nobleza y, sobre todo, de una sinceridad ejemplar, lo que a veces provoca terremotos bajo los pies de individuos o grupos ambiguos ideológicamente que “siguen vistiendo de rojo”.

Cuando el líder de Syriza (el Podemos griego) Alexis Tsipras aceptó en 2015 los recortes que le impuso la Troika, endeudando y empobreciendo, aún más, a amplias capas de la población helena, Teresa Rodríguez se indignó “con esa traición” mientras que Pablo Iglesias respaldó a su compungido homólogo, que se quedó completamente “desnudo” y en “evidencia” cuando dimitió su ministro de Finanzas, Yanis Varoufakis.

“En 1967 fueron los tanques los que acabaron con la democracia (“el golpe de los coroneles” que duró hasta 1974). En 2015 otros poderes extranjeros orquestaron otro golpe de Estado sirviéndose de la banca”, escribió Varoufakis, al poco tiempo de dejar el cargo, para denunciar como Tsipras había vendido a Grecia por un plato de lentejas.

Recuerdo la primera vez que Kichi juró como alcalde (el 13 de junio de 2015) en un salón que olía a naftalina, sudor franquista y sotana angustiada. José María González apartó el crucifijo y, como si hubiera cometido un sacrilegio, los congregados le lanzaron miradas asesinas. En esta España, a veces tan reaccionaria, un acto así despierta inmediatamente a la Santa Inquisición, esa que tiene sed y hambre de hoguera.

La Iglesia, herida por ese desprecio al inquilino de la Cruz, de buena gana hubiera acabado con Kichi y Teresa, esa pareja (un súcubo y un íncubo) que se atreven a cuestionar “los eternos valores impolutos de la patria”.

José María González dijo una vez que para él era “un privilegio vivir en un piso de currante del Barrio de la Viña”. Esas declaraciones hubieran pasado desapercibidas si no las hubiera hecho un día después de conocerse que Pablo Iglesias y su compañera y portavoz de Podemos en el Congreso, Irene Montero, habían adquirido un chalé en las afueras de Madrid por 600.000 euros que tenía, entre otras cosas, al lado de la piscina, un bungaló en el jardín para recibir a las visitas.

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