Artista boliviano Mamani Mamani en San Francisco

obras de mmani mamaniMamani Mamani es un orgullo para los bolivianos; un hombre sencillo, carismático muy sensible, humilde como son los campesinos bolivianos. Su obra converge en un golpe de sentimiento y color que alegra el espíritu tanto de los simpatizantes del arte andino como de los conocedores del manejo del pincel.

En rigor de verdad, fue realmente impactante encontrar este estallido de colores que atraviesa los sentidos. Los destellos y las capacidades de visualizar el arte se emocionaron con esta muestra de la Bolivia ardiente y primitiva. Se siente las ansias de acercarse a este mundo artístico que conmueve y revela. Gracias a la llegada del artista a las playas de San Francisco de California, la bolivianidad llevó el abrazo de sus paisanos impresionados por el espíritu capaz de sensibilizar en tiempos de resistencia y tragedias humanas con la luz de la tierra esparcida en sus telas.

En entrevista sostenida con el pintor de la Bolivia india, con motivo de la exposición de sus obras en la bella ciudad de San Francisco, Mamani Mamani, expresaba, con la espontaneidad que le caracteriza, sus datos personales y sus arranques de la chispa que madura en un joven que ahora tiene el gusto de hablar con sus paisanos radicados en la Bahía. Realmente se sintió impresionado y más que eso, sorprendido por el calor humano de sus paisanos, quienes en gran número le recibieron con muestras de cariño, solidaridad y gran apoyo moral, por la obra emprendida por este hijo descendiente de los artistas de los Andes y de la América morena.

Sus puntos de vista: “Ante todo, mi saludo va a los paisanos bolivianos en la Bahía, con la energía de los Andes. Soy el portador de la luz de la tierra morena, que se plasma en mis obras y que son el reflejo de mi patria convertida en color y calor. Es en cierta forma la expresión de una raza que por siglos fue postergada y olvidada. Hoy, tengo el orgullo de representarla y de esta manera trasmitir el corazón y el sentimiento de mi raza” expresaba el artista.

“Empecé a pintar desde muy pequeño mientras miraba a mis padres trabajar en el campo. Mis primeros lápices fueron trozos de carbón del fogón en que mi madre cocinaba y los periódicos y pedazos de cartón. Esos materiales son nobles y aún hoy los continúo utilizando para desarrollar una línea determinada dentro de la obra”. En otra parte de sus declaraciones manifestaba:

“Mi familia es muy humilde y ningún miembro tenía formación como para valorar mis aptitudes; las necesidades eran otras: estudié Agronomía y un poco de Derecho. Mis padres son de Tihuanacu, es decir aymaras netos y la prioridad era sacar el mayor provecho a las tierras. Mi vocación era tan fuerte que, recuerdo me pasaba en la noche horas y horas pintando. El objetivo, entonces, era el puro gusto por la pintura”. Cuenta que en el altiplano, el frío es muy intenso y penetrante. Recuerda que se untaba en todo el cuerpo con grasa de llama para evitar las bajas temperaturas.

“Esos son mis recuerdos iniciales; gané un premio convocado por la UNESCO y otro denominado Pedro Domingo Murillo, que es uno de los más importantes en el ámbito nacional. Esos dos reconocimientos, obviamente, me abrieron puertas”. Luego siguieron otros estímulos y viajes de exposición por vario países. Anotaba que conoce los Estados Unidos por las visitas que ha cumplido para mostrar el arte andino.

Son como 25 años que camina pintando y mostrando su trabajo a quienes quieren verlo. Detalla que es autodidacta, producto de su cultura, de las danzas, de la música, de la comida, de los rituales, de esa tierra. Dice que “La Pachamama (madre tierra) es de una riqueza inagotable de inspiración. Mi abuela no hablaba ni una palabra en español y se sentía muy feliz de ser una aymará profunda y lectora de la hoja de coca; vivió hasta los 80 años y no necesitó de un televisor, ni de refrigerador, ni de una computadora. Ella vivió en profunda armonía con el medio ambiente y siempre insistía en que había que respetar el equilibrio de la naturaleza.”

Anota el artista que considera apropiado espectar a Bolivia no solamente con ojos políticos, sino también hay que mirar la forma de vida que plantean los indígenas, los aymaras, los quechuas. Los pueblos precolombinos son poseedores de una gran riqueza cultural y el pintor aprovecha para recalcar que Bolivia es un país sin compromisos con otros países y que el arte en un medio de unir los sentimientos y criterios de integridad nacional e internacional.

Su estudio o taller en La Paz, esta en la calle de Sagárnaga, una de las más concurridas y encantadoras de la capital boliviana, Mamani Mamani, es uno de los más importantes creadores que integra la lista de destacados pintores bolivianos. Rodeado de su obra, de sus colores, este creador se siente muy orgulloso de sus ancestros.

“En Bolivia, -acota el artista- tenemos unos seis millones de indígenas que tienen una poderosísima sabiduría y que pueden aportar muchísimo. Esa posibilidad de convivencia con la naturaleza es un tema siempre presente en mi obra.” “Mi arte me sale de adentro, de la sangre y de la tierra. Alguien dijo una vez que, quizá, la escuela hubiera afectado esa intuición. La autenticidad de mis pinturas hace que la gente reconozca mi trabajo y pueda percibir originalidad o, tal vez, un lenguaje diferente”, complementa Mamani Mamani: “Me gusta insistir en la idea de que en mi obra expreso el lenguaje de una raza, de las naciones latinoamericanas. Lo mío es lo mágico de Los Andes, lo sagrado de Los Andes, lo telúrico de Los Andes. Esa es mi visión, la visión de mis mayores, de mis hermanos, en fin, de mi cultura.”

Algún especialista de arte comentaba: “Mamani Mamani plasma el color de Los Andes” y es que ha habido una interpretación gris y ocre del altiplano”. Acota el artista: “Por el contrario, creo que somos un pueblo con mucho color, con demasiado color. Trato de que en mi trabajo aparezca una visión auténtica de mi pueblo”.

Detalla que su arte tiene proyecciones de universalizar la cultura, la identidad. La raza. En los últimos tiempos trabajó mucho en Asia, especialmente, en el Japón. Allí ha mostrado a los japoneses su arte y ha sido comprendido y aceptado. Culturalmente se asemejan mucho a los aymaras, incluso, hasta físicamente. Anota que de su visita a Japón le ha dado una visión subjetiva: “ambos países respetan a las montañas. Ellos tienen el Fuji Yama, que es un volcán inactivo y su símbolo nacional, Bolivia tiene al Illimani. Existe una gran similitud que viene de adentro. Es una cultura lejana y cercana a la vez”.

También detalla que ha trabajado mucho en Alemania, en Holanda y en esos países la gente asevera que su paleta pareciera que viene de Cuba, del Caribe o de Brasil, sin embargo, se comprende de inmediato el color de Los Andes. Aclara que “cree que se establece un lenguaje universal que lo puede apreciar y disfrutar gentes de las más disímiles culturas. Sin duda, el arte permite ese intercambio.”

El artista maneja varias técnicas y disciplinas y es capaz de dominarlas. Explica que: “En mi caso, he incursionado -además de la pintura, obviamente- en la escultura, el grabado y la fotografía.

“En cuanto a la cerámica, me interesan todos los formatos, es decir, desde los más pequeños hasta los más grandes. Tengo un mural que ya terminé recientemente. Es una obra que sobrepasa los tres metros”, anota que ha utilizado más de una tonelada de arcilla para realizarlo. “La complejidad en cuanto a técnica y horneado ha sido grande y los colores han quedado muy similares a los que utilizo en mi paleta. El mural está dedicado a un sabio francés que vino a América y en Bolivia, específicamente, investigó sobre nuestra flora y fauna; fue quien en 1832 habló de una cultura andina y de los aymaras”.

Conozco a algunos pintores y me parece impresionante la obra de Gil Imana en Bolivia y Roberto Fabelo en Cuba, donde se respira arte y creo, eso es un elemento decisivo. Las personas van a los museos, a las inauguraciones de las exposiciones: es un alimento espiritual que se ofrece desde muy temprano. La gente tiene educación desde edades tempranas y eso, además de importante, es un logro. Tengo a Cuba en mi corazón.”

Preguntamos por que sólo lleva el nombre de Mamani Mamani: El artista recuerda que llevaba originalmente el nombre de Roberto Mamani Flores, que es como le bautizaron, para darle un carisma del españolismo de épocas pasadas. Pero, en el arte prefiere llevar su apellido aimara repetido. Simboliza una raza, su reivindicación y el despertar del olvido en que se lo ha sumido por siglos de siglos.

Bellos recuerdos que endulzan una entrevista que tiene sabor a los colores de la tierra andina y da la impresión de sus pinturas provienen de las faldas del multicolor cerro rico del gran Potosí y, rememorando a Miguel de Cervantes y Saavedra, quizás deberíamos aplicar esa famosa frase que anotaba de la ciudad más rica de la colonia española: Mamani Mamani “Vale Un Potosí”.