¿Por qué Señor por qué?
Han trascurrido semanas del trágico terremoto que ha destrozado la república de Haití, dejando en la calle millones de seres humanos sin vivienda, sin alimentos, sin agua y los servicios básicos de una ciudad que fue la capital de Haití de las Antillas. ¿Ciudad?… ¿Capital?… ¿Puerto Príncipe?… ¡No!.. Nada de eso queda.
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Todo se destrozó como el crujir de una copa de cristal. Esa es la naturaleza, esa es la tragedia, ese el triste destino de miles de fantasmas que ahora aúllan en las calles para que les echen un poco de tierra para que los gusanos no cumplan su ciclo de consumo de un residuo humano a la vista del sol. El astro rey se sacudió de sorpresa, arrebatado y avergonzado al ver como la tierra se sacudía, los seres humanos volaban y los edificios caían desgajados.
Es difícil imaginar o comprender lo que significó esos terribles y sangrientos 45 segundos que destrozaron a un país. La pregunta flota fatídica: Por que Señor… ¿Por qué?… El terror y la desesperación se reflejan en los rostros de los supervivientes. Miedo, agonía, y ahora la falta de alimentos, de agua y la confusión causan mayores destrozos que el terremoto: Asaltos, robos, filas interminables para recibir un pedazo de pan y un poco de agua. Además, la confusión y el hambre causan mayores destrozos y los socorristas no atinan a organizar el sistema de ayuda y distribuir la ayuda del mundo, de los países amigos que, de alguna manera se sienten comprometidos a dar su apoyo y sacudir sus bolsillos para llevar el pan, el agua y el techo a ese desgraciado hermano que se debate en la agonía. “Usaremos cualquier camino transitable para llevar ayuda a Puerto Príncipe y, de ser posible, traeremos helicópteros”, dijo Emilia Casella, una portavoz de la agencia de alimentos de la ONU.
Miles de heridos en las calles destruidas, mujeres y hombres que caminan estupefactos, casi locos, niños que lloran y corren sin control. Puerto Príncipe muere de inanición, el calor es sofocante, casi asfixiante, y agoniza como algo que fue y ahora ya no es. El amor de los hijos de ese país llega allende los mares con algo que caliente el estómago y las tripas reciban algunas gotas liquidas para no ingresar al mundo de las tinieblas, como se fueron miles de ellos, padres, hermanos, esposas, esposos, hijos, hijas, vecinos, amigos. Los países ricos mandan barcos y armas; los pobres mandan el pan que quitan de la boca de sus ciudadanos y los niños de Gaza sacrifican sus juguetes para ayudar a los hermanitos morenos.
Haití que en algún momento fue el más pobre del occidente sobre el mar de las antillas, ahora no es nada: ni país, ni sociedad organizada, solo residuos de una comunidad indigente. Ahora solo es una humanidad confundida, atorada, borracha de terror y de angustia. Talvez esperan otro grande que acabe, de una vez, con los restos humanos que aun deambulan con la boca abierta por la falta de alimentos. Piensan que la vida ya se fue; solo son residuos de un mundo irreal, fantasmagórico. Reina la miseria de siempre.
¿Serán cien mil, talvez doscientos mil?… No se sabrá jamás el número exacto por que el terremoto destrozó todo; se llevó miles de seres humanos sin nombres ni figuras a las profundidades del averno o del azul infinito. Alguien preguntaba: Señor… ¿ A donde van los muertos?.. ¿Dónde encuentro el mío?…
El sacudir de la tierra ha destrozado toda la estructura física de los edificios públicos, viviendas y la expansión de las ondas del terremoto concluyeron por destrozar las chozas de las zonas populares. Se reflejaba la misma tragedia en la república Dominicana pero con menor intensidad. El terremoto de 7.3 grados estremeció a la isla y al mundo el pasado martes 19 de enero de 2010 aproximadamente a las 4.30 pm. La tierra tiembla, se sacude, las calles se rajan, se rompen, se abren, los edificios caen, se desmoronan y… el temblor continua. La gente grita, corre, se atropella, choca, caen, se levantan y miles de rostros morenos brillan por el terror, la tragedia y desesperación destrozan la mente humana. Nadie sabe que pasó o donde están los familiares. Las viviendas desaparecieron con el furor del infierno.
Cabe preguntarse si esto refleja la acusación que resuena cada vez más fuerte por los pasados días que se borraron. Los países poderosos se sumergieron al mundo de la invisibilidad, aquello que muestra la incapacidad para manejar asuntos complejos que afectan a otros. Las miradas de indiferencia se borraron ante el clamor del mundo. El socorro no llegaba. La noticia dio la vuelta el mundo varias veces. El mundo tembló; entonces despiertan los pueblos del tercer mundo: Santo Domingo, México, Brasil, Cuba, Venezuela, Bolivia y otros vecinos que corren a salvar vidas. El marasmo los grandes recién movilizan sus fuerzas y emprenden la lucha contra la muerte.
El imperio ahora llega con aviones, barcos, soldados, médicos, enfermeras; una infinidad de cosas, alimentos, medicinas. Tiendas de campaña nacen en cualquier lugar como hongos multicolores y allí se hacinan los humanos que tienen destrozado el cuerpo y el alma. La gente pide más alimentos y menos soldados. En su impotencia se quedan boquiabiertos rumiando su rabia y su hambre.
Recuerdan que hace algunos años se cumplía la primera elección democrática y su presidente electo, con principios humanistas, pretendía salvar a su país de su postración y atraso. No le dejaron. Una noche los marines llegaron allende los mares, arrancaron a Jean Bertrand Aristide, presidente de su cama y lo transportaron a países lejanos para que baya a buscar a sus ancestros africanos.
La desgracia de Haití se remonta a finales del siglo 19, desde la revolución haitiana no ha logrado establecer un modelo de gobierno apropiado que brinde oportunidades a sus ciudadanos. Han vivido un círculo vicioso de pobreza, totalitarismo y corrupción. El dolor y la desgracia del terremoto reciente, acentúa su paupérrima situación, mientras que al resto del mundo nos pasa factura sobre el olvido de los pasados años.
René Préval es un hombre que a la cabeza del partido llamado -con mucho optimismo- “Esperanza”, llegó al final de las elecciones con un categórico triunfo que le concedió el pueblo haitiano, para, de alguna manera superar la serie de vicisitudes que siempre le han caracterizado, perseguido por un sino de maldición, mala suerte o como quiera llamársele a la vida que, desgraciadamente ha ensombrecido y enlutado a ese sufrido y explotado pueblo afro-haitiano.
Haití es una isla en el mar caribe compartida con la república Dominicana. Proclamó su independencia en 1804; tiene siete millones y medio de habitantes en una superficie de 27.750 kilómetros cuadrados. Jean Jacques Dessalines después del triunfo sobre las fuerzas francesas se constituye en gobierno, pero asumiendo el cargo de emperador.
Para comprender la tragedia que sufre Haití se requiere un examen crítico de su pasado, tarea que ha sido evadida reiteradamente por la prensa tradicional. Por el contrario, los medios de comunicación sólo ofrecen imágenes fuera del contexto de la realidad mostrando el caos y el desconcierto que hoy rige en Haití. Como consecuencia de esta perspectiva antihistórica, los comentarios consisten frecuentemente a referencias superficiales de la deficiente cultura política del país, su secuela de corrupción, sectarismo, analfabetismo, vudú, etc. Se puede decir que en la naturaleza no hay milagro, pero también se puede decir que todo es milagro.
La verdad está en nuestros ojos: ahora es el momento en que el mundo levante su mano generosa, alcance su tecnología, y la ayuda continúe hasta que ese pueblo vuelva a caminar por sus medios. La paz retornará a los hogares destruidos. La naturaleza, en su ciego accionar nos ha mostrando –una vez más- que su poder es infinito y terrible para que los hombres comprendan que puede significar el castigo de Dios. Solo el trabajo, la solidaridad y la fe ayudaran a reconstruir Puerto Príncipe cuando la voz divina exprese: “Haití, levántate y camina”.