Las precauciones del anticapitalismo en Chile

Andrés Figueroa Cornejo
08.Feb.2010 :: América Latina

La versión mecánica de que bajo un gobierno como el de Piñera, automáticamente los trabajadores y el pueblo se tomarán las calles y le “quitarán la sal y el agua” al multimillonario en el Ejecutivo, corresponde a una lectura más que discutible. Ello es como creer que los asalariados y los pobres estaban simplemente acuartelados durante estas últimas dos décadas y que ahora, frente al establecimiento de un gobierno de la vieja derecha, se levantarán mágicamente.

El pacto de gobernabilidad capitalista sellado entre la Concertación
y el pinochetismo en el último tercio de los 80 del siglo pasado,
contempla la posibilidad de que la derecha antigua también llegue a
La Moneda. Y mientras esté garantizada la consecución del modo
primario exportador, la preeminencia ordenadora del capital
financiero y especulativo sobre el conjunto de momentos del capital,
la democracia sin pueblo, los ajustes estructurales demandados por el
crédito imperialista, la contención y control social, y la alienación
ampliada, en rigor, no hay problemas. Salvo, claro, para los
funcionarios de confianza política de la Concertación que tendrán que
buscar trabajo en otro lugar, menos aquellos que hayan tomado las
previsiones del caso y ya sean accionistas de empresas, dueños de
ONG’s, consultoras, etc.

La “unidad nacional” y el “consenso” entre la vieja y la nueva
derecha también era la forma predominante de dotar de gobernabilidad
a los gobiernos de la Concertación. Lo que ocurre es que ahora es el
turno de Piñera. Y eso es lo que recuerda permanentemente “Berlusconi
chico” a través de los medios de comunicación. Tanto él, como miembros
de la propia Concertación.

Piñera no es Pinochet, ni Bachelet, Allende. El actual período
corresponde a la democracia burguesa, restringida, tutelada,
encorsetada por los intereses de la clase propietaria y sus
instituciones, y coronada jurídicamente por la Constitución del 80. Y
la contradicción actual no es dictadura / democracia; sino hegemonía
de los intereses de la burguesía versus las tareas necesarias para
imponer con lucha multidimensional, de menos a más, la hegemonía de
los intereses de los trabajadores y los pueblos. Lo demás es
propaganda.

La Concertación, durante 20 años, cumplió como alumno mejor el
compromiso considerado en el contrato con la derecha vieja de
despolitizar al pueblo y hacer trizas las expresiones de la
autoorganización popular que en la dictadura, decisivamente,
apresuraron y justificaron el propio pacto de gobernabilidad por
arriba.

Por ello, y debido a las debilidades y descomposición de las fuerzas
anticapitalistas de Chile –golpeadas por las relaciones de fuerza
internacionales, cooptadas por la Concertación, en crisis de sentido
y en tránsito entre la resignación y el acomodo-, la actual Central
Unitaria de Trabajadores, por ejemplo, con fortuna representa una
fracción de los empleados públicos, mientras las mayorías
empobrecidas se rebuscan la vida en jornadas de trabajo infinitas,
bregando contra el narcotráfico, gastando parte del ingreso en
tragamonedas, víctimas de una organización del trabajo impuesta por
el capital caracterizada por el subcontratismo, la fragmentación, el
cuentapropismo, el emprendimiento imposible.

Efectivamente, hoy existen destellos esperanzadores de reagrupación
anticapitalista. Pero, no hay duda de que la construcción de la
alternativa política e independiente de la Concertación –con ese u
otro nombre- de un socialismo de los pueblos y los trabajadores
recién comienza su derrotero necesario.

El horizonte estratégico de la recomposición de la fuerza y el
proyecto –condicionada por la propia lucha de clases en una relación
simbiótica e interdependiente- es la construcción ampliada del poder
del pueblo en clave contrahegemónica para hacerse del gobierno y
garantizar su sobrevivencia. Ese es un punto de llegada, que
inmediatamente se vuelve punto de partida en cuanto se realice.

La creación heroica, la lucha permanente, la vista fija puesta en la
formación del estado mayor de la emancipación social; la imaginación,
la generosidad que no hipoteca principios, pero que no se corta las
piernas por faltar a manuales producidos en contextos bien diferentes
al presente; el trabajo colectivo, el análisis concreto de la realidad
concreta, la convicción de mayorías y poder, son algunas pistas que
deben regir la táctica (que es como el habla de la lengua, es decir,
la actualización política de acuerdo a las condiciones concretas de
las fuerzas populares, respecto de la estrategia) de las agrupaciones
de inspiración revolucionaria y anticapitalista.

Nunca hay que olvidar que la Concertación le teme al pueblo y a la
pobreza. Que es parte del problema y no de la solución. Por eso sus
próximos pasos en relación a alentar la movilización social serán
limitados y siempre subordinados al objetivo de retornar al Ejecutivo
en 4 años más. Por tanto, la táctica del anticapitalismo es disputar
la conducción participativa y sus contenidos en todo momento. De lo
contrario la unidad emancipatoria de los intereses de los pueblos y
los trabajadores será simplemente utilizada con mano ajena –como ha
ocurrido frecuentemente en la historia de Chile y el mundo- y otra
vez traicionada.