Cuba: El elefante y el conejo

Hacía poco más de una década que no visitaba a Cuba, la que en el devenir de los años y sus luchas se me ha hecho mi segunda patria. En esta ocasión asistía, junto a un grupo de mis estudiantes, al primer Encuentro Internacional de Filosofía, Sociología e Historia del Derecho que se celebró del 23 al 25 de febrero en la Facultad de Derecho de la Universidad de La Habana. En éste me correspondió una intervención especial que, para la inquietud y curiosidad de no pocos, titulé “El comunismo jurídico”, como homenaje personal a quien se le dedicó el evento, el recién fenecido Dr. Julio Fernández Bulté, el más importante pensador jurídico cubano de los últimos cincuenta años. Fue éste quien señaló poco tiempo antes de fallecer que “un nuevo fantasma recorre América y ha emprendido su marcha por todo el Tercer Mundo: el fantasma del comunismo real del siglo XXI”.

Cuando conocí al compañero Fernández Bulté allá para 1998 en medio de otro evento celebrado en La Habana, coincidimos en nuestra apreciación de que el derrumbe del llamado socialismo real era sobre todo una oportunidad histórica para que el Estado y el Derecho de la Cuba revolucionaria retomaran sus raíces autóctonas, sobre todo ese imperativo ético a favor de la construcción de una nueva sociedad y un nuevo hombre y mujer que supere los asfixiantes e inescapables lastres del orden civilizatorio capitalista. Sobre esa oportunidad para un relanzamiento renovado del ideal comunista, afirmó en uno de sus últimos escritos: “Esa es la enorme alternativa y responsabilidad de los hombres en el nuevo siglo. Y es preciso asumirla a plenitud o, de lo contrario, renunciar a la condición humana. Se presenta de manera inevitable, como una alternativa ética, y requiere una nueva expresión económica y su instrumentación en una nueva axiología y una revalorización raigal del destino del hombre que evidentemente se encuentra en el que llamamos el socialismo del siglo XXI” (”El socialismo del siglo XXI”, Revista Jurídica del Ministerio de Justicia, La Habana, Tercera época, Año 1, Número 1, enero-junio 2008, p. 12) .

La idea del comunismo, ya no como un Estado omnicomprensivo ni tan siquiera como una ideología a la que debe subordinarse la realidad, sino como el “movimiento real”, al decir del propio Marx, que refuta y busca superar el estado de cosas actual, ha resurgido en este nuevo siglo de sus aparentes cenizas. En una reciente encuesta global realizada por la BBC, un 89 por ciento entiende que el sistema capitalista y su libre mercado no están funcionando para el bien de la sociedad toda. La lectura de las obras marxistas, particularmente la cimera El capital, aparecen nuevamente entre las favoritas, según los libreros.

En marzo de 2009, una conferencia celebrada en la Universidad de Londres con la participación de algunos de los más importantes filósofos políticos contemporáneos, se preguntó: ¿Es el comunismo el nombre a ser utilizado para designar el actual horizonte de proyectos emancipatorios radicales? Respondió al respecto el filósofo francés Alain Badiou que “la hipótesis comunista sigue siendo la buena, no veo otra”. Por la “hipótesis comunista” Badiou se refiere a la idea de que hay otra manera potencial de organizar nuestro modo colectivo de vida, centrado en lo común, el bien común, sin las grandes desigualdades que subsisten en la actualidad en la distribución de las riquezas, así como en la organización y las condiciones del trabajo. Según la “hipótesis comunista”, alcanzar esta sociedad basada en el valor de lo común y la asociación libre y mutuamente beneficiosa de todos los que participan de la producción social es algo realizable.

“Si tenemos que abandonar esta hipótesis, entonces ya no vale la pena hacer nada en el campo de la acción colectiva. Sin el horizonte del comunismo, sin esta idea, no hay nada histórica o políticamente que pueda ser de interés a un filósofo…Lo que se nos impone como tarea, hasta como una obligación filosófica, es de asistir al despliegue de este nuevo modo de existencia de la hipótesis”.

Precisamente, ese es el reto que confronta la sociedad cubana en sus actuales circunstancias: cómo facilitar el despliegue de la constitución material de lo común para el beneficio de todo su pueblo. Compelida por los múltiples y acuciantes retos que le acompañan en este cometido bajo la presidencia de Raúl Castro, Cuba muestra señales de que se encamina definitivamente hacia la construcción de nuevas formas de lo político y lo económico que profundice y garantice la irreversibilidad histórica de sus radicales transformaciones.

Ahora bien, contrario a la percepción general prevaleciente entre los politólogos del Norte, mi humilde parecer es que dichos cambios no responden tanto a presiones externas como a tendencias y presiones intrínsecas al proceso revolucionario cubano. Contrario a la desacertada y caótica experiencia soviética, el gobierno cubano persiste, sabiamente, en la articulación de una transición ordenada que garantice la esencial continuidad de las grandes conquistas políticas, sociales y económicas del pasado medio siglo. Y aunque pueda haber diferenciaciones de apreciación en cuanto a la rapidez deseada para la potenciación de esos cambios, de lo que no debe caber duda alguna es que los cubanos están determinados a dar respuestas propias a los desafíos actuales. Para ello, Raúl Castro ha promovido activamente un nuevo contexto político basado en el diálogo y el debate fraternal que provea una fundamentación más sólida, madura y consensuada a los procesos deliberativos y decisionales del Estado cubano. Dicha apertura y profundización de los procesos de deliberación democrática son fundamentales para seguir garantizando la imperiosa legitimidad y eficacia de las instituciones rectoras de la sociedad.

En el Encuentro al que asistí, uno de los ponentes se quejaba de las diferencias existentes entre los estilos de liderato de Fidel y Raúl Castro: el primero era más carismático y comunicador, de un protagonismo y un verbo sin igual; el segundo más callado, pragmático y dado más a formas colectivas de liderazgo y mando. Dicen que en una ocasión Raúl se refirió a la constante comparación que hacen de él con su hermano mayor como comparar un conejo con un elefante. Y, insistía, en que “no se puede reemplazar a un elefante con un conejo”. En todo caso, añadía, harían falta muchos conejos, una multitud de conejos. De eso se trata, en fin, la democracia popular: potenciar la participación de todos y todas en su propia gobernanza.

Lo cierto es que cada uno se ha encargado de ocupar su propio espacio, dentro de una dialógica fraternal de identidad y diferencia, en la que prevalece la mutua lealtad y confianza de siempre. Fidel, el fundador visionario, sigue aportando, desde sus frecuentes “Reflexiones”, esa sabiduría que ya lo ha consignado como uno de los grandes protagonistas de la historia contemporánea. Por su parte, Raúl se ha ido encargando de potenciar el proceso de transición dentro de la esencial continuidad revolucionaria. Para este último, en lo inmediato el desafío principal es satisfacer cada vez más eficientemente las necesidades de la población.

Decía Raúl Castro en una reunión de campesinos cubanos celebrada en febrero de 2008: “Somos conscientes de los enormes esfuerzos que requiere fortalecer la economía, premisa imprescindible para avanzar en cualquier otro ámbito de la sociedad, frente a la verdadera guerra que libra el gobierno de los Estados Unidos contra nuestro país. La intención es la misma desde el triunfo de la Revolución: hacer sufrir todo lo posible a nuestro pueblo hasta que desista de la decisión de ser libre. Es una realidad que lejos de amilanarnos debe seguir haciendo crecer nuestra fuerza. En lugar de utilizarla como excusa ante los errores, debe ser acicate para producir más y brindar mejor servicio, para esforzarnos por encontrar los mecanismos y vías que permitan eliminar cualquier traba al desarrollo de las fuerzas productivas y explotar las importantes potencialidades que representan el ahorro y la correcta organización del trabajo”.

Cuba no espera por que Washington desista de su criminal bloqueo. Se apresta a romper el bloqueo a partir de la nueva fuerza que política y económicamente logre potenciar la misma sociedad cubana. Fernández Bulté veía en ello el imprescindible tránsito de la economía de guerra a un modelo alternativo de desarrollo autosustentable produciendo para el bien común.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.