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Silvio en el Carnegie Hall de Nueva York

Ernesto Wong Maestre :: 07.06.10

Leí un resumen de la conferencia de prensa que ofreció Silvio Rodríguez desde las “entrañas del monstruo” el martes pasado. Le preguntaron de todo, y en todo sentó cátedra. Su fina ironía y sagacidad política para tratar temas cruciales para los pueblos, en defensa de las agresiones del imperialismo, se mantienen intactas en ese ser, coetáneo conmigo y que, por tal razón, se me facilitó comprender también las circunstancias históricas en que el trovador lanzó sus ideas sociales en rima y apegadas a las radicales transformaciones revolucionarias que iniciaron los barbudos de la Sierra Maestra y luego ha continuado todo un pueblo unido en torno al gigante Fidel.

El creador de Ojalá y Te doy una Canción hará batir palmas en los cinco niveles del famoso teatro Carnegie Hall de Manhathan, Nueva York, a partir del viernes 4 y su canto será entonado por millones de almas en el mundo que a partir de hoy siguen hora tras hora lo que ocurre en torno a Silvio en Estados Unidos. Es una energía global para proteger a un combatiente global.

Silvio surgió como trovador y fundador de la nueva canción política latinoamericana a mediados de la década del 60, con su famosa canción La Era está Pariendo un Corazón, cuando la televisión cubana revolucionaria abrió sus puertas a las generaciones de jóvenes que comenzaron acceder a la cultura y a los medios de comunicación para dar a conocer, con sus rebeldías y esperanzas, sus creaciones, la obra musical que reflejaba la epopeya social de la revolución cubana.

Luego, a través de las cinco siguientes décadas, Silvio no ha dejado de crear ese tipo de canción basada en complejas metáforas sobre candentes temas sociales y estructuras musicales clásicas que han sellado su inconfundible estilo y que ha impactado en varias generaciones que siguen su senda rebelde, patriota y humanista.

Silvio pocas veces mencionó en sus letras por su nombre a los grandes hombres de la paradigmática Revolución Cubana que arrancó en 1868 con el Grito de la Demajagua y comenzó a consolidarse a partir del 1ro de enero de 1959 con la entrada de Fidel y Raúl en Santiago de Cuba y la llegada del Che y Camilo a La Habana. No los menciona, pero siempre los ha incluido, ha logrado hacerlos omnipresente en sus canciones, otra contribución de ese intelectual orgánico cubano, otro rasgo de Silvio Rodríguez pocas veces hechos notar en la crítica, sea constructiva entre camaradas o feroz lanzada por los lacayos del imperio, montados en un escritorio de prensa y con el respaldo de las finanzas presupuestadas para contener al socialismo en el mundo.

El más grande trovador revolucionario en la época de la génesis cubana es modesto y sencillo, no por ser introvertido, sino por su formación comunista donde se destaca el estudio de cuanta corriente del pensamiento sale a la luz, recompensado por sus cientos de miles de amigos y amigas que saben de su afición por la lectura. A su vez, como buen fidelista y admirador-seguidor del Che, comparte con otros sus conocimientos y sus libros.

Recuerdo un día de 1987 en la más famosa librería de México, la Gandhi, al sur de la ciudad, estando en ella acompañando a Silvio interesado en comprar libros, cuando de repente me pregunta ¿quieres leer una tremenda novela recién publicada? y de inmediato agarra de entre su selección un libro y me lo dedica con pocas palabras: “Para que lo disfrutes, Silvio”. Al salir a pagar aquella carga de libros, la cajera de la Gandhi que no reconoció a Silvio me pregunta, ¿ustedes son hermanos?. A partir de ahí, las pocas veces que volví a comunicarme con él le decía “es tu hermano el mexicano” para que me recordara rápidamente.

Era nada más y nada menos que la obra maestra El Nombre de la Rosa escrita en 1980 por el italiano Humberto Eco, convertido luego en un buen amigo de Silvio, y difundida como obra maestra mediante el cine en 1986, con la película protagonizada por Sean Connery haciendo el papel del monje franciscano e investigador Guillermo de Baskerville y el joven Cristian Slater quien encarnó a Adso, un monje iniciante bendecido por una joven de la vida, víctima del sistema feudal de la época.

Fue precisamente en la primavera de 1987 cuando Silvio llevó a cabo una de las grandes proezas musicales de llenar durante las noches de toda una semana el famoso Auditorio de México con un programa basado en su disco de larga duración Causas y Azares, repleto de reflexiones filosóficas sintetizadas en el texto musical de canciones como Sueño de una noche de verano, Canción en harapos, Causas y Azares, Réquiem, entre otras, donde la influencia de la Teología de la Liberación de Leonardo Boff y Frei Betto ha dejado sus huellas.

Hay que ver actuar a Silvio ante un acontecimiento sin lógica, o ante una lógica del descuido, para darse cuenta de su incomodidad, expresada abruptamente, esté donde esté, delante o detrás de las cámaras. Es otro rasgo de su carácter que lo ha hecho ser el Silvio que es, el único que pudo haber hecho El Necio, esa significativa canción que no tranza con “tanta mierda” de los espíritus débiles y sumisos.

Quizás ello sea uno de los aspectos que fortalecen su obra. Su racionalismo dialéctico ha atraído, no sólo a varias generaciones de revolucionarios sino también a sus líderes. Silvio lo sabe, pero aún así, él es el mismo Silvio de aquellos Días y flores y del Rabo de nube, canciones que muchos entonamos para enfrentar las contradicciones lógicas no antagónicas en el tránsito del capitalismo al socialismo.

Silvio siempre será un rebelde, pero con causa, esté en la Plaza de la Revolución de La Habana, en el Paseo de los Próceres de Caracas acompañando al Comandante Chávez, o en el mismísimo Carnegie Hall de la 7ma Avenida de Nueva York y siempre cantará Por quien merece amor, por aquellos que batallan día tras día, en búsqueda de ese Unicornio azul que todos quisiéramos encontrar algún día.
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wongmaestre@gmail.com


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