Los misiles que se llevó el Pentágono

Hace ya 5 años se desató la trama: 28 misiles portátiles fueron entregados a Estados Unidos, aparentemente para que los desactive. Hubo hasta una interpelación parlamentaria. El entonces comandante del Ejército Marcelo Antezana dijo, retadoramente, que él había dado la instrucción. Y luego, no pasó nada.

Por eso, es sorpresivo, mucho más allá de otros hechos conectados con el segundo centenario de las Fuerzas Armadas que, el Comandante del Ejército General Antonio
Cueto, haya pedido públicamente al presidente Evo Morales que se abra el proceso, en el marco de la Ley Anticorrupción, para esclarecer este tema.

Cinco años no es mucho tiempo, pero en la rutina diaria se pierden los detalles que es bueno recordar. Eran los últimos meses de 2005. El gobierno de Estados Unidos estaba recolectando armas que consideraba peligrosas en manos de gobiernos no sometidos. Sabía cuál sería el resultado electoral en Bolivia y, lo mismo ocurría en Nicaragua. Este país centroamericano contaba con 800 misiles del mismo tipo y la negociación fue ardua; llegaron a un acuerdo, pero las fuerzas armadas de Nicaragua retuvieron 200 misiles.

En Bolivia, la cosa fue sencilla. Un presidente cuya única misión era convocar a elecciones y un mando militar absolutamente sometido. De los 30 misiles que se había adquirido en la República Popular China, uno quedó destruido en una prueba fracasada y otro mostraba los cables soltados. Los 28 restantes, sin que el presidente Rodríguez Veltzé sepa mucho ni poco del tema, fueron entregados a un grupo de oficiales de inteligencia militar que llegaron al país con ese propósito. Las armas fueron trasladadas a un depósito que tenía la embajada estadounidense en la base aérea de El Alto. Allí permanecieron tres días, hasta que un avión especial llegó para llevarlos a Estados Unidos.

En ese momento, por algunos conductos, la noticia se hizo pública y la protesta acusó al gobierno. Fue entonces que dijeron que se había entregado para su desactivación por ser obsoletos y que éstos fueron devueltos. Incluso mostraron fotografías que no convencieron a nadie.

El ministro de defensa, Gonzalo Méndez, debió acudir a una interpelación en la Cámara de Diputados, donde hizo una serie de afirmaciones que dieron una imagen muy mala de los oficiales y personal encargado de los misiles. Según Méndez, las armas fueron entregadas sin manual de instrucciones y nadie sabía manejarlas. Sin embargo, según el ministro, se hizo una prueba en El Alto, en presencia del agregado militar de la embajada china. Cuando se disparó el arma, ésta cayó al suelo y comenzó a girar; no dio mayores explicaciones. Luego dijo que las cajas comenzaron a desaparecer, pues más de un jefe pidió que le entregaran al menos una. Así, los misiles quedaron sin protección y, poco después, estaban apiñados en un rincón donde se abollaron y perdieron lustre por la fricción.
Semejante explicación fue vergonzosa para todos. La embajada de la República Popular China, diplomáticamente, se abstuvo de hacer comentario alguno, lo cual agregó mayor condimento al escándalo.

No faltó, por supuesto, la intentona de hacerse del poder. Un grupo de dirigentes sindicales despistados o convenientemente favorecidos, hizo una manifestación ante el Cuartel General de Miraflores pidiendo que, el general Antezana, asuma la jefatura del gobierno, pero no tuvieron ningún eco. Lo curioso es que ninguno de aquellos dirigentes fue cuestionado en el seno de la Central Obrera Boliviana, a cuyas organizaciones debían responder adecuadamente.

Poco después, la campaña electoral y el extraordinario triunfo del presidente Evo Morales dejaron en el olvido el escándalo. Ahora resurge, como indicativo de que, en el Ejército no se perdona la mala imagen que, hace cinco años, se dejó respecto a la pericia de los oficiales y la forma despreocupada en que se manejó aquellas armas estratégicas.
El proceso debe iniciarse cuanto antes.