Colonización cultural de la mano de Harry Potter

El estreno de la séptima película de la saga reflota la discusión sobre cuál es su real influencia sobre niños y adolescentes. La especialista argentina en literatura infantil, Adela Basch, nos ayuda a pensar el rol de la educación en ese contexto.

La cultura es, indudablemente, el arma más efectiva para la colonización de los pueblos. Se puede someter por la fuerza física durante algún tiempo, pero nunca para siempre porque la resistencia se mantendrá latente, a la espera del momento propicio para estallar.

La colonización cultural ha justificado en nuestra historia común latinoamericana la opresión, el esclavismo, diversas formas de servidumbre y hasta el genocidio y la impunidad, a partir de la imposición de ciertos valores y sentidos comunes.

En un presente donde el bombardeo ideológico es constante y se reproduce por distintos frentes (medios de comunicación, literatura, cine, música, Internet…), el papel de la escuela, como reforzadora de una identidad cultural-nacional, se vuelve cada más importante.

“Puede contribuir muchísimo, no exactamente a construir la Identidad Nacional, porque ella se construye entre todos y sería muy difícil definir si, por ejemplo, tiene un rol más importante que la familia. Pero lo que la escuela sí puede hacer y otros lugares no, es ayudar a tomar consciencia a los chicos, independientemente de la edad que tengan, de que se puede contribuir a profundizar, acrecentar y encarnar esa identidad”, explica para ANdeNES la escritora y editora de literatura infantil Adela Basch.

Riegos de la dependencia cultural

El reciente estreno de la séptima entrega de la saga del joven huérfano que cursa sus estudios de magia (”Harry Potter y las Reliquias de la Muerte”), basada en la novela de la británica Joanne K. Rowling, reflota el debate en torno al fenómeno de la dependencia cultural y sus efectos en las aulas.

La discusión es imprescindible si se tiene en cuenta que el ámbito pedagógico no quedó al margen de la “pottermanía”, ya que muchos docentes empezaron a utilizar los libros de Rowling en sus clases.

Hace algunas semanas, por ejemplo, trascendió que una escuela española copió el modelo de enseñanza descripto por la escritora británica como forma de “motivar” al alumnado. Se premian los logros con elementos iguales a los de novela (varitas mágicas de distinto tamaño al fin de cada ciclo escolar) y se rebautizaron materias como Biología o Matemáticas con nombres que tuvieran que ver con las que se dictan en el imaginario “Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería”.

Para Basch, esa tendencia a tomar modelos externos a la propia cultura no es algo que se impulse desde las escuelas, sino una consecuencia de la ausencia de una adecuada preparación de los docentes.

“Me parece muy necesario que en su formación haya algo que les permita tomar consciencia de que existe una identidad nacional y de que eso puede ser una herramienta para trabajar con los chicos. Lamentablemente, en la mayoría de los casos no sucede y se deja a un costado el importante rol que se puede cumplir desde la escuela”, apunta.

La académica explica que “Harry Potter no es un libro que se recomiende o pida leer desde ningún establecimiento educativo” y que su ingreso “se da por otros lugares”.

“Se mete por los lugares donde se cuela la globalización mal entendida y penetran las culturas que no entran para amalgamarse a la nuestra, sino para dominarla y apagarla”, advierte, y agrega que en ese contexto “la escuela no puede detener su ingreso, pero puede ofrecer otras alternativas”.

Adela Basch

“No se puede hacer nada para impedir la entrada porque existe un aparato de marketing impresionante -recuerda-, pero lo que sí se puede hacer, y no se hace lo suficiente, es poner a los chicos en contacto con otras literaturas que tengan que ver con la identidad nacional”.

El rol de los docentes

En Argentina, como en España, también hay casos de docentes que se nutren de la novela para dar sus clases y propiciar el “interés de los chicos por la lectura”.

Una maestra de 6º grado de un establecimiento de la Ciudad de Buenos, egresada hace apenas cuatro años en la carrera de Magisterio, contó a nuestra agencia que decidió incorporar la historia de Harry Potter en su programa por “la influencia” que el personaje había tenido en ella misma.

“Esos libros fueron importantes para mí durante parte de mi adolescencia. Con ellos empecé a inclinarme por la lectura de novelas y además decidí que quería ser docente”, cuenta, previo pedido de que no se revele su nombre para “evitar inconvenientes con las autoridades del colegio” privado donde trabaja.

Ante tal testimonio, Basch, que en su extenso curriculum cuenta con una basta trayectoria en la producción y promoción de literatura infantil, fue contundente al señalar que “hay muy buenas producciones para los chicos, que no se leen no porque no les gustan, sino porque no saben que existen”.

“Ningún adulto que se relaciona con ellos se las pone al alcance. Evidentemente, Harry Potter tiene algo que hace que los chicos lo quieran leer, pero no es el único caso, hay muchos libros para ellos de literatura argentina o latinoamericana. La nuestra es una literatura con mayúsculas, de las mejores del continente y hasta del Primer Mundo, pero los docentes me parece que no están al tanto de eso, de que hay muchos libros de buenos autores que sólo es necesario ponerlos al alcance los niños”.

La literatura propia como alternativa

En este punto surgen algunas preguntas que, tal vez, nos permitan llagar a algunas conclusiones ¿Pueden tener algo en común Harry Potter y un chico argentino? ¿Sirve de algo trasponer el modelo de escuela ideado por Rowling a estas latitudes, donde la magia medieval no forma parte de nuestra idiosincrasia? En caso de que la respuesta sea negativa, al menos ¿pueden estas novelas ser un incentivo para acercar a los chicos a la lectura?

Los detractores del corpus de la autora británica sostienen que su producción no puede considerarse literatura de elite ni popular, y que el único lugar desde el que pueden considerarse sus méritos es desde lo comercial, a partir del número de ventas.

Harold Bloom, prestigioso crítico literario norteamericano, asegura que obras como éstas no deberían utilizarse para internar despertar el interés de la lectura en los niños porque se trata de un instrumento de colonización de subjetividades, tendientes a mantener y retroalimentar las bases ideológicas de la hegemonía del sistema capitalista.

“La democracia, sea en Suecia o Estados Unidos, depende de la capacidad de pensar del votante. Si alguien ha leído lo mejor de lo que se ha pensado y dicho, su conocimiento y entendimiento estarán a un nivel muy superior que si ha leído a Harry Potter o Stephen King. Así que esta decadencia hacia la literatura a medias y hacia medios mediocres significa realmente una autodestrucción de facto de la democracia”, argumentó en una entrevista.

Basch, en este punto, evitó ser tan drástica, aunque sin dejar de remarcar que “la buena literatura realmente contribuye mucho a aprender a pensar”.

“Lo ideal no es negarle a los chicos un tipo de lectura, sino motivarlos para que descubran otras. No sé si es tan directa la relación como dice Bloom. Lo que digo yo es que, en vez de elegir a Harry Potter para que se acerquen a los libros, deberíamos elegir para empezar algo que tenga más que ver con nosotros, con nuestra idiosincrasia y nuestro lenguaje. Después, cuando tengan cierta autonomía, cuando estén en condiciones de hacer su elección, podrán decidir entre el Quijote, Shakespeare o Harry Potter”, afirma la escritora.
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