Oslo, escenario del diálogo Santos-FARC

Eduardo Febbro    19.Oct.2012    Europa


Los responsables noruegos que por estas horas reúnen a las delegaciones de la guerrilla y del gobierno colombiano aplican el mismo principio que en el acuerdo israelí-palestino o en Guatemala: poner fin a un endémico conflicto armado.

Treinta años después de los acuerdos de Oslo que permitieron sellar un histórico acuerdo de paz entre israelíes y palestinos, la capital de Noruega vuelve a ser escenario de una negociación internacional que funciona en torno de los mismos principios: plasmar en una mesa de negociaciones el fin de un endémico conflicto armado. La elección de Oslo no obedece a cuestiones meramente simbólicas –es la capital de Europa donde se entrega el Premio Nobel de la Paz–, sino a una larga tradición de diplomacia discreta que caracteriza a los países escandinavos en su conjunto. El 13 de septiembre de 1993, el difunto líder palestino Yasser Arafat, el también desaparecido ex primer ministro israelí Itzhak Rabin –fue asesinado por un extremista judío– y el ex presidente norteamericano Bill Clinton presentaron en Washington el texto final de los acuerdos de Oslo, negociados en el más absoluto secreto en la capital noruega. El apretón de manos entre Arafat y Rabin quedó grabado para la historia. Sin embargo, sus entretelones estaban en Oslo: el hilo conductor del texto mediante el cual israelíes y palestinos aceptaron una negociación amplia se prolonga en las declaraciones de los responsables noruegos que hoy reciben las delegaciones de las FARC y del gobierno del presidente Santos: “Llegó la hora de poner término a décadas de conflicto, de reconocer los derechos legítimos (…) y de esforzarse por vivir en coexistencia”, decía el texto de 1992. Frode Overland, el portavoz de la Cancillería noruega, se ha expresado en estos días en los mismos términos.

Los acuerdos de Oslo no son, sin embargo, la única medalla de la diplomacia noruega. Varios diplomáticos occidentales comentan en broma en París que si hay que negociar algo en secreto lo mejor es tomarse un avión y hacerlo en Estocolmo u Oslo. De hecho, los escandinavos ofrecen para las partes en conflicto garantías que pocos países pueden poner sobre la mesa. Además de su discreción de caja fuerte, el pasado de Noruega no expone al país a desconfianzas globales. No han sido ni colonialistas ni invasores de territorios, no tienen ambiciones imperialistas desaforadas y, a diferencia de las capitales occidentales con misión universalista y mucho prestigio –Roma, París, Londres o Ginebra–, la modestia escandinava los aleja de la autopromoción. Sin hacer ninguna publicidad ni vanagloriarse, los países nórdicos aportan sumas considerables al desarrollo y a diversos procesos de paz a través del mundo. En el caso particular de Noruega, desde el fin de la Guerra Fría Oslo orientó su diplomacia hacia la conciliación de diferendos sangrientos en diversas partes del planeta. De hecho, en lo que atañe América latina, Noruega estuvo fuertemente implicada en el proceso de paz de Guatemala que cerró el telón de la sangrienta guerra que azotó a este país de América Central durante 36 años (hubo más muertos que en el Líbano). El gobierno guatemalteco de Alvaro Arzú y la guerrilla de la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca (URNG) firmaron un acuerdo de paz definitivo en España, en 1997. Esa paz hizo también su escala en Oslo a lo largo de un proceso que pasó por varios países (México, España, Francia, Ecuador y Canadá).

En 1990, en Oslo, el Ejecutivo guatemalteco y la UNRG formalizaron el comienzo oficial de las negociaciones tripartitas entre el gobierno, el ejército y la guerrilla al tiempo que incluyeron un pedido oficial de intervención de las Naciones Unidas (la participación de la ONU fue decisiva en la arquitectura posterior de los acuerdos de paz). Kristian Berg Harpviken, director del Instituto de Oslo para la Investigación de la Paz (PRIO en inglés), explicó que Noruega ha mantenido contactos con las FARC y los sucesivos gobiernos colombianos desde 1988 sin que, hasta ahora, éstos hayan desembocado en un acuerdo. Harpviken señala no obstante que “esta vez es diferente, porque ambas partes vienen con voluntad de negociar” y porque “las FARC han cambiado su posición”. Cabe resaltar que este proceso naciente tiene una particularidad: las negociaciones se inician por lo general con un previo alto el fuego, lo que no ha ocurrido en esta ocasión. A propósito de las prácticas más cuestionables de las FARC, como son el secuestro o la extorsión, el director del PRIO aclara que “la actitud del gobierno noruego con estos grupos consiste en no comprometer su credibilidad dentro del proceso de paz, pero la reciente posición de las FARC les ha dado legitimidad. Hay voluntad y compromiso”. Incluso si reconoce que con una guerra tan larga los resultados “no son inmediatos”, Berg Harpviken se muestra muy optimista: “Veo lo que pasa ahora con mejores ojos que hace diez años” –negociaciones del Caguán entre las FARC y el gobierno del presidente Andrés Pastrana–.

Sri Lanka, Indonesia, Birmania, Mali, Chipre, Filipinas, Sudán, Haití o conflicto israelí-palestino, Noruega es uno de los miembros de la comunidad internacional más implicados en el montaje de acuerdos de paz que parecen imposibles. Los diplomáticos le reconocen ese estatuto como una “identidad” en la escena internacional. Paciencia, circunspección, neutralidad, aporte de fondos, diseño de estructuras legales que traducen la voluntad en textos de leyes, prestigio y un conocimiento profundo de los actores en el terreno ayudan a hacer de Oslo un camino fructífero para el fin de los conflictos internos. Mucho ayuda también la discreta, pero eficaz presencia de las ONG noruegas en los países concernidos, y en especial los miembros de la Iglesia luterana Norwegian Church Aid. Llevan muchas décadas trabajando en la fuente original, conocen a todo el mundo, tiene contactos de oro, la misma discreción y una neutralidad activa que ha sido capaz de suscitar confianza para, al menos, facilitar procesos de negociación.


Desde París Eduardo Febbro