Juan Pablo II y Oscar Romero: el poder y el lado bueno de la Iglesia

Mikel Itulain    15.Mar.2013    Europa

La nueva táctica de la Iglesia, con la connivencia del poder económico del cual forma parte, al elegir un Papa de América del Sur, no es nada inocente. América Latina hoy es el centro de la libertad y de la esperanza de justicia social en el mundo, y ahí parece querer intervenir el nuevo Papa.

Las lecciones de la historia, del pasado no tan lejano, especialmente incluso de la propia Latinoamérica, no deben olvidarse. Deben recordarse.
En estos días que se ha elegido un nuevo Papa oirán la eterna cantinela que se cuenta todas las veces que esto sucede: que si sus grandes capacidades y cualidades, que si su enorme sentido en esto o en aquello, que su supuesta generosidad con este o con aquel, que si su gran preparación, incluso que su gran sabiduría y amplios conocimientos en tal o cual tema…. En fin, lo de siempre. Es como darle a un botón a una máquina y te repite la acción. Son los “periodistas”, en palabras llanas se les llama propagandistas.

El reciente Papa, Francisco I, por cierto, tampoco es trigo limpio.(1),(2) En El Vaticano, como en otras instituciones de poder, hay un eficiente cedazo que criba y no deja pasar a las personas con buena voluntad.
Bien, dicho esto, voy a exponerles la actitud de un Papa, Wojtyla, Juan Pablo II, con un obispo de su iglesia, Oscar Romero. Es un buen ejemplo para ver como en una institución que no ha destacado principalmente por sus buenas acciones, sino por una empecinada lucha por el poder, las buenas personas suelen acabar mal. Y las malas acaban gobernando.

En el caso de Oscar Romero tenemos que irnos a El Salvador de los años 60, 70 y 80, donde, como en el resto de América Central, se estaban cometiendo atrocidades enormes por los escuadrones de la muerte, que eran financiados por el poder económico estadounidense y por la oligarquía local. Contra los crímenes que se cometían sin cesar sobre la población se alzaron numerosas voces. Una de ellas con un especial significado, la del arzobispo de San Salvador, Oscar Romero, ya que era un alto dignatario de la Iglesia católica en aquel país quien por fin condenaba esta barbarie. La postura tradicional de la Iglesia había sido la de apoyar a la clase dirigente y calmar mediante los sacerdotes al pueblo sometido.

Pero en este caso Oscar Romero no solo denunció estas tropelías, sino que fue a su causa. Denunció el apoyo y financiación estadounidense a los escuadrones de la muerte, también denunció a la oligarquía para que parase esa matanza, e hizo ver que el sistema social tremendamente injusto era el origen del problema. Demasiada sinceridad para ser admitida por la élite salvadoreña, por la élite y el gobierno estadounidense y por el propio Vaticano. Oscar Romero no se quedó solo en El Salvador denunciando esto, sino que fue a Roma para que le escuchase el Papa. El Pontífice era buen conocedor de lo que ocurría, pero ante la presencia del arzobispo no podría mirar tan fácilmente para otro lado. Pese a enviar Romero una solicitud para tener una audiencia con el Papa, al llegar a Roma le dicen que no se ha recibido esta, está claro que en Roma no querían que se produjese tal audiencia. Como no tiene otra alternativa, Romero tiene que ir como un ciudadano más a la plaza de San Pedro, para allí solicitarle directamente una entrevista.

El Vaticano no quería saber nada del asunto y estaba molesto porque sus relaciones con la élite salvadoreña y el gobierno estadounidense podían resultar dañadas seriamente. En la audiencia con Karol Wojtyla -Juan Pablo II-, el arzobispo Romero le lleva abundante documentación e informes sobre lo que sucede en El Salvador. Pero el Papa no muestra ningún interés en leerlos o ver lo que tienen, en cambio se queja: (3)

¡Ya les he dicho que no vengan cargados con tantos papeles! Aquí no tenemos tiempo para estar leyendo tanta cosa.(3.1)

María López Vigil comenta que todo eso se lo contó Monseñor Romero casi llorando el día 11 de mayo de 1979 en Madrid, cuando regresaba apresuradamente a su país consternado por las noticias sobre una matanza en la Catedral de San Salvador.(3) Pese a ello, Romero le mostró al Papa lo que hicieron los escuadrones con un sacerdote al que asesinaron:

En un sobre aparte, le ha llevado también al Papa una foto de Octavio Ortiz, el sacerdote al que la guardia mató hace unos meses junto a cuatro jóvenes. La foto es un encuadre en primer plano de la cara de Octavio muerto. En el rostro aplastado por la tanqueta se desdibujan los rasgos indios y la sangre los emborrona aún más. Se aprecia bien un corte hecho con machete en el cuello.
- Yo lo conocía muy bien a Octavio, Santo Padre, y era un sacerdote cabal. Yo lo ordené y sabía de todos los trabajos en que andaba. El día aquel estaba dando un curso de evangelio a los muchachos del barrio…
Le cuenta todo al detalle. Su versión de arzobispo y la versión que esparció el gobierno.
- Mire cómo le apacharon su cara, Santo Padre.
El Papa mira fijamente la foto y no pregunta más. Mira después los empañados ojos del arzobispo Romero y mueve la mano hacia atrás, como queriéndole quitar dramatismo a la sangre relatada.
- Tan cruelmente que nos lo mataron y diciendo que era un guerrillero… -hace memoria el arzobispo.
- ¿Y acaso no lo era? -contesta frío el Pontífice.(3.1)

El Arzobispo se queda ante esta respuesta como aturdido, no entiende ese desprecio y falta de interés por parte del Papa ante lo que le sucede a la población en El Salvador, e incluso sobre miembros de la propia Iglesia Católica. El Papa le dice:

Una armonía entre usted y el gobierno salvadoreño es lo más cristiano en estos momentos de crisis.
Usted, señor arzobispo, debe de esforzarse por lograr una mejor relación con el gobierno de su país.(3.1)

Cuando era el propio Gobierno salvadoreño el responsable de estas muertes.
El 24 de marzo de 1980 era asesinado Monseñor Romero durante la celebración de la misa. El día de antes se había dirigido al ejército de una forma muy clara y directa:

Yo quisiera hacer un llamamiento, de manera especial, a los hombres del ejército. Y en concreto, a las bases de la Guardia Nacional, de la policía, de los cuarteles… Hermanos, son de nuestro mismo pueblo. Matan a sus mismos hermanos campesinos. Y ante una orden de matar que dé un hombre, debe prevalecer la ley de Dios que dice: “No matar”. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios. Una ley inmoral, nadie tiene que cumplirla.

En nombre de Dios y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: Cese la represión.(3.2)

Juan Pablo II no denunció este asesinato ni a sus causantes de una forma clara. Nos podemos imaginar qué tipo de denuncia y acusación hubiese sido lanzada si se hubiese asesinado a un arzobispo en alguna de las repúblicas soviéticas. En cambio el silencio o la justificación fueron la respuesta en este caso.

Juan Pablo nunca denunció el asesinato o a sus perpetradores, llamándolo solo “trágico”. De hecho, solamente semanas antes de que Romero fuese asesinado, oficiales de alto rango del partido Arena, el brazo legal de los escuadrones de la muerte, envió una delegación bien recibida al Vaticano para quejarse de las declaraciones públicas de Romero a favor de los pobres.(3.3)

La visita de estos altos cargos responsables de los escuadrones de la muerte en El Salvador al Papa en el Vaticano era una mala señal. Que terminó por confirmarse unas semanas después con el asesinato de Romero.

La Comisión de Naciones Unidas de 1993 concluyó que el fundador del partido ARENA y favorito de EE.UU. Roberto D´Aubuisson “dio la orden para asesinar al arzobispo y dio las instrucciones precisas a miembros del servicio de seguridad, actuando como un escuadrón de la muerte, para organizar y supervisar el asesinato”.(3.4)

Notas:
(1) Michel Chossudovsky. “Washington’s Pope”? Who is Pope Francis I? Cardinal Jorge Mario Bergoglio and Argentina’s “Dirty War”. Global Research. 14.3.2013.
(2) Horacio Verbistky. El pasado lo condena. Página 12. Enlace
(3) De Mikel Itulain. Estados Unidos y el respeto a otras culturas y países. Libertarias. 2012. En él se puede econtrar la bibliografía y el texto completo.

1. Testimonio de María López Vigil, autora del libro Piezas para un retrato, UCA Editores, San Salvador 1993.
2. Monseñor Romero. Madrid: IEPAL Editorial. 1989
3. Michael Parenti. Mother Teresa, John Paul II, and the Fast-Track Saints. Global Research, October 24, 2007.
4. Wayne Ellwood. Romero Remembered. 25th Anniversary of Martyred Archbishop. New Internationalist Magazine. April 2005.

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