Suecia

28 años del asesinato de Palme

Olof Palme tenía 59 años cuando fue abatido por las balas asesinas una aciaga noche del mes de febrero de 1986, en pleno centro de Estocolmo. Su asesinato conmocionó al país entero y pasaron muchos años, hasta que en Suecia se comenzó a hablar más del estadista y menos del asesinato.

Este 28 de febrero se cumplen 28 años del magnicidio que estremeció la sociedad sueca
y que marcó para siempre al tranquilo y próspero país del norte.
Olof Palme tenía 59 años cuando fue abatido por las balas asesinas una aciaga noche del mes de febrero de 1986, en pleno centro de Estocolmo. Su asesinato conmocionó al país entero y pasaron muchos años, hasta que en Suecia se comenzó a hablar más del estadista y menos del asesinato.
Hacía falta. En una Europa en crisis, con una cesantía galopante y una xenofobia que avergüenza, las ideas de Olof Palme siguen más vigentes que nunca.
Olof Palme era primer ministro y líder del partido de la Socialdemocracia cuando las balas asesinas apagaron su vida ese 28 de febrero de 1986 a las 23.20 de la noche.
El dossier policial nunca se ha cerrado, pero pese a todas las investigaciones durante todos estos años el crimen continúa sin ser esclarecido, lo que ha hecho aún más difícil poner un punto final.
El magnicidio ha restado importancia al legado de Palme.
Como en una letanía se ha repetido la frase de «cuando Suecia perdió su virginidad». Y se han dejado de analizar las ideas y los principios del estadista, que se mantienen asombrosamente frescos, si se los vuelve a examinar.
Como sus ideas respecto a la integración, la discriminación y el racismo. «Lo suecos no somos personas fáciles, para convivir con ellas», dijo una vez, seguramente refiriéndose al temperamento propio de los nórdicos, lo cual no significó que tanto él, como tantos otros suecos fueran duros adversarios del Apartheid que imperaba por esos años en Sudáfrica.
Justamente su último discurso más importante lo pronunció en el Parlamento de los Pueblos contra el Apartheid en Estocolmo, al que asistió Oliver Tambo, entonces líder del ANC, a quien le unía una estrecha amistad.
El año pasado, para el funeral de Nelson Mandela, el único partido sueco que recibió una invitación oficial fue el de la Socialdemocracia, y Stefan Löfven estuvo presente en la ceremonia. Los sudafricanos nunca han olvidado lo que Olof Palme significó para la lucha en contra del brutal sistema del Apartheid.
Como tampoco los latinoamericanos, que en la década de los 70 nos asilamos en Suecia, olvidamos el apoyo que él nos brindó, cuando más lo necesitábamos.
Recientemente Rosa Taikon, al recibir el Premio Olof Palme, expresó también su agradecimiento hacia Palme, quien les tendiera una mano, en tiempos en que la comunidad romaní había sido discriminada y acosada durante largos años.
«Olof Palme era demasiado grande para Suecia», dijo alguien en una ocasión. Y tal vez sólo para sus funerales, los suecos se percataron de la popularidad del líder en el mundo entero.
Uno de los líderes del ANC, dijo, después de enterarse de la muerte del premier: «Cuando teníamos ganas de abandonar la lucha, cuando veíamos que tantos países no comprendían lo injusto del apartheid; cuando sentíamos que habíamos perdido la batalla, el acordarnos que en ese frío país del norte había un estadista que seguía brindándonos su apoyo nos hacía mantener las esperanzas».
Olof Palme fue uno de los arquitectos de la política internacional de ayuda al desarrollo y para él, el mundo estaba siempre presente.
Palme fue un gran internacionalista.
Cuando era joven estudió en EE.UU., y viajó por los distintos estados, llegando a conocer la realidad del pueblo norteamericano. Más tarde estuvo en Asia, África, América Latina. Ya siendo primer ministro visitó Cuba, en 1976, la primera visita oficial de un jefe de Estado occidental a la isla, fue recibido por Fidel Castro con una fiesta popular y se dirigió a la multitud pronunciando un discurso en español.
A Olof Palme le gustaba el contacto directo con la gente y la tribuna era su medio natural. No importaba si eran 20 o 40.000 personas quienes le escuchaban, y estaba siempre dispuesto a ir al debate. Tenía claras opiniones acerca de todo. «Hablar claramente en cuestiones importantes crea más confianza que el silencio», sostenía. Después de uno de sus discursos en el sindicato del Metal se ganó el repudio de la asociación de empleadores de Suecia, a quienes no les agradó la forma en que Palme se refirió a los patrones.
Palme creía que la política era una herramienta para cambiar la sociedad, consideraba la palabra un arma importante y dominaba el arte de la retórica. Ha sido uno de los oradores más brillantes que ha tenido Suecia.
Y sus palabras tuvieron la característica de quedar grabadas a fuego en la memoria colectiva. Frases cortas que, dichas en el momento preciso, hicieron eco a través de la historia. Como por ejemplo la emblemática: «así hablan, entre ellas, las creaturas de la dictadura,» (en 1975, refiriéndose al régimen checoslovaco). «¡Esos malditos asesinos!» (Dessa satans mördare!), exclamó, enfurecido, frente a los asesinatos del régimen fascista de Franco.
Como hecho curioso cabe decir que Palme tomó prestada esta expresión de Alejandro Dumas. Según cuentan sus amigos, la noche anterior había leído «Los tres mosqueteros», con uno de sus tres hijos, y al dar su discurso al día siguiente se le había venido a la memoria dicha expresión. El caso es que Palme, gran amante de los libros, a menudo hacía uso de citas literarias, en sus alocuciones.
El hecho de no tener pelos en la lengua le significó además el odio del presidente norteamericano Richard Nixon, quien escupía de rabia cuando alguien se lo nombraba. Palme calificó de genocidio la intervención de EE.UU. en Vietnam y salió a la calle, en Estocolmo, a protestar en contra de la guerra junto al embajador vietnamita.
Sus contrincantes en Suecia, el partido de los Moderados, opinaron que «se le había pasado la mano». Palme contestó, en un discurso: «No tiemblan las rodillas de los jóvenes suecos porque el presidente de los Estados Unidos, Nixon, se siente ofendido por Suecia. Ellos no hacen caso de esto, como yo tampoco le hago caso. La administración de Washington es un fenómeno pasajero. Pero la amistad entre el pueblo americano y el pueblo sueco persiste, y nosotros estamos juntos, cuando arrecia la tormenta».
El caso es que su brillante retórica fascinaba a muchos, pero encolerizaba a otros. Unos lo amaban, otros lo odiaban.
«El odio a Palme florecía desde los sectores más altos a los más bajos de la sociedad. Mientras jóvenes de los barrios pudientes repartían panfletos con caricaturas de Palme, en un bunker de la mafia se podía palpar lo mismo» ha dicho Kerstin Vinterhed, autora del libro «El asesinato de Palme».
Según ella, el asesinato de Palme fue la explosión de las contradicciones abiertas y escondidas de la sociedad de ese tiempo y tuvo, sin duda, carácter político.
Pero la política era su vida, y terminó siendo su destino. «La política se trata de querer», acostumbraba decir quien, a pesar de haber nacido en el seno de una familia aristocrática, defendía los derechos de los humildes. «Yo no crecí dentro de la clase trabajadora, pero pertenezco a ella», sostenía Palme.
Amplitud de acción
Palme poseía la capacidad de pensar, de explicarse verbalmente y seguidamente ir a la acción. Sabía combinar estas dos cosas. De este modo llevó a cabo proyectos de ley que tienen plena vigencia en la actualidad, como las leyes de seguridad laboral o del perfeccionamiento de las guarderías, con el fin de que la mujer se incorporara al trabajo o el sistema de préstamo universitario, que fue toda una revolución para la juventud sueca.
También se interesaba por las cuestiones de género, y sostenía que en la medida en que la mujer lograra su emancipación, el hombre también sería emancipado. Sin duda ideas inno-vadoras, para la Suecia de los 70.
En el 2012 se presentó el documental «Palme», el que da una visión más intima, más personal del político. Un imperdible para quien quiera saber más acerca de la vida del estadista. Es impresionante como Kristina Lindström y Maud Nycander logran transmitir la sensación, la emoción que acompaña al recuerdo de Palme, lo reconocemos quienes vivimos en Suecia desde esos años.
Cuesta contener las lágrimas cuando Anna Lindh, en el funeral de Olof Palme expresa que «se puede matar al hombre, pero no las ideas». Años más tarde otros tenían que despedir a Anna, quien también fue asesinada.
Y el corazón da un vuelco, cuando en la pantalla aparecen los Hawker Hunter bombardeando La Moneda. Cuando Lisbet cuenta cómo Olof le daba instrucciones, desde la cocina de su modesta casa en el barrio periférico de Vällingby a Harald Edelstam, el entonces embajador de Suecia en Chile, quien salvó la vida de numerosos ciudadanos chilenos y uruguayos dándoles refugio en la embajada sueca en Santiago, cuando el golpe militar de 1973.
«¡Salva a todos los que puedas, salva a todos los que puedas!»cuenta Lisbet que su marido le gritaba, por teléfono, al embajador.
Sin duda que la vida de Olof Palme estuvo colmada de hechos dramáticos. Pero la película muestra también al hombre, al esposo, al padre de familia que todos los veranos pasaba cuatro semanas en la isla de Gotland, junto a su señora y sus tres hijos.
«No queríamos perseguir alguna teoría en especial ni hacer un retrato-homenaje. Queremos crear un retrato compuesto del ser humano Olof Palme, sobre todo presentarlo a las jóvenes generaciones que tal vez ni siquiera habían nacido cuando cayeron los disparos en Sveavägen. No queríamos eludir ni las cosas buenas ni las malas», dijo Maud Nycander, para el estreno de la película, hace dos años atrás.
Al cumplirse 28 años de la muerte de Olof Palme, predomina un sentimiento de amargura, de rabia y de confusión, tal cual esa mañana del día 1 de marzo de 1986, cuando cada uno de nosotros recuerda perfectamente qué estaba haciendo, al enterarse de la fatídica noticia.
La amargura de saber que se cometieron errores fatales
Por ejemplo, siempre se ha dicho que Palme no quería tener guardaespaldas. Sin embargo, su hijo mayor, Joakim Palme, contó, en 2012, que su padre llamó esa noche a la policía de seguridad, luego de decidir no quedarse en casa e ir a ver la película Bröderna Mozart (Los Hermanos Mozart) al cine Grand, en Sveavägen, junto a su esposa, Lisbet, su hijo Mårten y la novia de éste.
La razón por la cual Olof Palme al momento del asesinato no iba escoltado por sus guardaespaldas fue porque éstos no contestaron el llamado telefónico del primer ministro.
«La policía sueca demostró ser más incompetente que lo que cualquier persona pudiera imaginarse. En lugar de identificar las huellas y los testigos en el lugar del crimen, los jefes de investigación se dedicaron a urdir las más fantásticas teorías conspiratorias apuntando a extranjeros o a ciudadanos suecos con raíces extranjeras. Cuando en el verano de 1988 los medios develaron que el gobierno socialdemócrata había contratado a inspectores privados que habían utilizado métodos ilegales, fue como que el honorable Estado de Suecia se había transformado en una república bananera. Al fin, la policía fijó la atención en Christer Pettersson, un criminal adicto al alcohol y las drogas, que probablemente era al asesino. Él fue condenado en primera instancia, absuelto en segunda y falleció en el 2004. El interés por el crimen sin resolver../../ llevó a que la vida de Olof Palme vino a quedar a la sombra de su muerte «, escribe Henrik Berggren, en su biografía «Underbara dagar framför oss».
No obstante, para quienes vivimos esa época, Olof Palme representa lo mejor de la sociedad sueca, y cada uno de nosotros mantiene un recuerdo imborrable de su figura.
El nombre de la biografía de Henrik Berggren, «Maravillosos días que tenemos por delante», se debe a que Olof Palme, en 1968, citó el proverbio francés Les beaux jours sont devant nous.
Pero en tiempos de privatizaciones, corrupción y avaricia, cuando el neo-liberalismo consume todo a su paso y el individualismo vence sobre el humanismo, se siente irremediablemente que los bellos días quedaron atrás. Muy atrás.
Palme ocupó el cargo de Primer Ministro entre los años 1969 a 1976 y desde 1982 a 1986.

Marisol Aliaga semanario Liberación, Suecia