Limites Planetarios Parte I

La Tierra gira en sí misma, como un trompo taladrando el oscuro telón del infinito. Y mientras gira, va mezclando los componentes físicos, químicos y biológicos exactos para generar la vida, como solo un organismo vivo puede hacerlo. Además, y con idéntica exactitud, equilibra sus balances de temperatura, la composición química en el mar y la biosfera. La Tierra se crea y recrea a cada instante, para que nazca y renazca la vida. La Tierra alberga vida, pero ella misma también lo está: entrega signos de su vitalidad cuando agita sus placas, cuando sacude los circuitos del agua, cuando gira en sí misma o alrededor del Sol. También respira : la vegetación inhala de la atmosfera unos 450.000 millones de toneladas de CO2 al año, que luego exhala a través de la fotosíntesis, la quema natural de materia orgánica y otros procesos.
La Tierra está viva, y nos concede las condiciones exactas para que nosotros, los seres humanos, la habitemos. Y dentro de todas las especies que adornar y recrean la vida, a los seres humanos le fue asignada una tarea esencial: organizar los recursos sobre la Tierra. Tenemos una vida a cargo. Todavía mejor: a nosotros nos toca vivir y rehacer continuamente el contrato natural entre Tierra y humanidad pues su cumplimiento garantizará la sostenibilidad del todo.
Al igual como los cuerpos humanos necesitan comer y descansar para vivir bien, la Tierra necesita energía y descanso para seguir funcionando. Sin embargo, apurando sus ritmos y estrujando sus entrañas, nosotros, que debiésemos cuidarla, hemos puesto a este organismo vivo en guerra consigo mismo. Una de las mejores evidencia científicas de este colapso lo encontramos en un informe elaborado por Johan Rockström y otros veintiocho científicos de tres continentes, entre ellos varios premio nobel. El informe (Planetary boundaries) determina nueve indicadores para mantener el equilibrio del ecosistema. De estos, tres ya han sido superados: cambio climático, ciclo del nitrógeno y pérdida de biodiversidad. Lo que indica que ya hemos superado los límites de seguridad recomendados. Tristes datos adornan las páginas del mencionado informe: dice, por ejemplo, que hoy estamos extinguiendo entre 100 a 1.000 veces más biodiversidad que en la era preindustrial, extinguiendo unas 50.000 especies por año.
Hemos estrujado la mitad de las reservas de petróleo que albergaba el planeta. Hemos inventado nuevos materiales como el plástico, y de plástico hemos atestado los mares: solo el Océano Pacífico contiene tal cantidad de residuos plásticos que cubre un área equivalente a dos veces el tamaño de los Estados Unidos. “Cada milla cuadrada de océano contiene un promedio de 46.000 pedazos de plástico flotante”.
En “La venganza de Gaia”, James Lovelock explica como anualmente se lanzan a la atmósfera cerca de 27 mil millones de toneladas de dióxido de carbono. En las últimas tres décadas se ha perdido cerca de la tercera parte de toda la riqueza natural. En las siete décadas trascurridas tras la Segunda Guerra Mundial, se han consumido más recursos planetarios que en toda la historia de la humanidad. Según Global Footprint Network “necesitamos un planeta y medio para abastecer las necesidades de consumo de la humanidad”.
De mantenerse esta paranoia, para el 2050 necesitaríamos tres planetas como éste para generar la vida. Mafalda, con razón, se preguntaba: “¿no sería más progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?” Bastante sensata la duda de Mafalda, porque, a diferencia de otras crisis, ya no se trata de un lugar en el mundo que esté en peligro, de una sociedad o una localidad en particular que podamos abandonar, este es un problema de supervivencia planetaria, por lo que, de seguir así, tendríamos que buscar otro planeta en el universo para generar la vida, ¿será por eso que tiritarán las estrellas, por temor a que algún día las poblemos para llenarlas de humo y cemento?…
En fin, hemos sobre pasado los limites ecológicos del planeta.
El concepto de límites Planetarios se originó al reconocer que la humanidad se ha convertido en la principal fuerza que dirige los cambios sobre la Tierra. Tanto hemos alterado el equilibrio del planeta, modificando la composición de la biosfera o los mares, por ejemplo, que, según explicó Rockström, “hemos entrado en una nueva era geológica: el Antropoceno”. En la era del Antropoceno, el ser humano se convierte en el principal factor de alteración de los sistemas terrestres.
La pregunta fundamental, explica Rockström, reside en comprender cómo este evidente colapso afecta al desarrollo humano y cómo condiciona nuestra supervivencia. La respuesta “tiene mucho que ver con la resiliencia”, indicó, “se trata de ver las capacidades del Sistema terrestre de autoregularse; de soportar disturbios y mantenerse en un dominio estable”.
Sin embargo, no hemos sido muy resilentes que digamos, nuestra acumulación ilimitada, nuestro despilfarro inconsciente, no puede ser soportado por un planeta limitado, que ya saca la lengua y da evidentes signos de agotamiento.
Entonces surge un problema sistémico: los límites químicos, físicos y ecológicos del planeta Tierra ya no soportan más. Ervil Laszlo lo grafica de la siguiente manera: “Hemos llegado a una línea divisoria en la historia. El mundo que hemos creado ya no es sostenible: o cambia o se destruirá. La pregunta ya no es si habrá un cambio, sino cuándo ocurrirá y a qué precio”.
A pesar de todo, a pasar de todos, la Tierra, este organismo vivo y autopoietico que nos recibe, continua generando las condiciones exactas para generar vida. Está cansada, pero continua girando. A pesar de las 16 millones de hectáreas de bosque que se cortan cada año, los arboles siguen creciendo y regalando sus frutos a cambio de un poco de agua, además de transformarnos el dióxido de carbono en oxigeno, proceso esencial para generar la vida. A pesar de los 6,4 millones de toneladas de residuos que cada año le arrojamos al mar, el mar sigue humedeciendo las costas, transformándose en espejo de la luna y pariendo a las olas, aquellas hijas danzantes que tiene con el viento. A pesar de los 27 mil millones de toneladas de dióxido de carbono que le arrojamos a los cielos, el aire, como la música y los sueños, sigue corriendo invisible, despeinando las ramas de los árboles, dibujando el rostro de las piedras y tejiendo la ruta del polen. La Tierra se empecina por mantener las condiciones para la vida, de continuar siendo el milagro que es. Einstein decía: “hay dos formas de ver la vida: una es creen que no existen milagros, la otra es creer que todo es un milagro”. La vida en la Tierra es un milagro, milagro olvidado por quienes la habitan.
Si tuviéramos un telescopio gigante, ubicado a 15 millones de años luz de la Tierra, y con ese telescopio miráramos hacia acá, probablemente nos impresionaría que en una esquina del universo, en una de las 100 mil millones de galaxias, en la Vía Láctea, en el sistema solar, ni tan lejos ni tan cerca del sol, en un pequeño grano de arena flotando en un haz de luz, especialmente acondicionado para generar vida, naciera una especie única, con las facultades para imaginar y reimaginar la vida, para inventar y reinventar el futuro, que puede organizarse para vivir y convivir en sociedad.
Si ese telescopio se acercara aún más, vería que todos los habitantes de este grano de arena esparcido en el universo son parte de la misma especie, única hasta lo visto, habitando el mismo puntito de arena, también único, y que cualquier daño que hagan sobre otros, lo hacen sobre sí mismos. Porque todos son Uno. Vería, también, que no hay peligros provenientes del espacio, que no hay armas escondidas en el Sol o la Luna, ni en ningún lado, y que cualquier mal provocado en la Tierra, nacerá de la misma Tierra.
Y si ese telescopio pudiese viajar al pasado, vería que, a lo largo de toda su historia, la Tierra tiende a aniquilar los excesos y alcanzar formas regulares. Incluso los opuestos se equilibran para mantener ese orden primordial. Los seres vivos siguen ese impulso, por eso han logrado adaptarse a las diferentes fases de la Tierra: las primeras bacterias, ayudadas por el proceso de fotosíntesis provocado por los rayos ultravioleta y las tormentas, se transformaron en organismos unicelulares que, luego, fueron generando diferentes modos de vida. Millones de años después, organismos como el elefante, inteligentes y pluricelulares, generaron pieles para amagar la Era del Hielo, y, de esta forma, se transformaron en otro organismo vivo: el bisonte. Las jirafas alargaron sus cuellos para acceder a los frutos en altura; los conejos se blanquearon para engañar a los zorros; los caballos desarrollaron esas pesuñas para desplazarse con mayor rapidez. Casi todos los organismos vivos han logrado adaptándose a su entorno.
Pero hay un organismo que sigue un camino inverso, que rompe el equilibrio y la tendencia al orden. Es más, ese organismo transforma su medio ambiente natural para desarrollar sus fines. No se adapta, adapta el entorno. Si, ese organismo es el ser humano. Pero no podemos ser pesimistas. Es cierto, el ser humano recorre aquel camino inverso, su adaptación ha sido más compleja en relación a los demás seres vivos que pueblan la Tierra.

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Publicación Barómetro