Bolivia

La guerra del Chaco o el desprecio a nuestras naciones

Recordamos en estos días 80 años de la finalización de la guerra del Chaco.

Guerra iniciada por las oligarquías bolivianas, a la cabeza del latifundista Daniel Salamanca, por los problemas internos que tenían entre las propias oligarquías. Consideraron que ganarían la guerra; pero no consideraron la historia ni las condiciones objetivas de las señoriales clases: perdedoras y sin proyecciones externas desde siempre, provincianas y absolutamente atrasadas respecto de sus vecinos y contextos. Pero lo grave de esa aventura externa y con sello oligárquico fue la manera cómo trataron a nuestras nacionalidades. Ese Estado republicano y colonial, no consideraba a nuestras naciones habitantes normales de ese Estado, sino simples ciudadanos de tercera categoría, sin derechos algunos ni básicos condimentos de cierta cuidadanía. Murieron miles de quechuas, aymaras y guaraníes por un Estado que jamás les considero parte de su historia tradicional, parte de sus formas institucionales. Murieron y fueron sacrificados como animales, miles de indígenas y campesinos por un Estado que siempre les marginó y les condenó desde siempre a la pobreza y la indigencia.

Los libros tradicionales de historia cuentan el cuento de que las arenas del Chaco, al menos sirvió para el “reconocimiento” de los bolivianos, es decir para el encuentro de indios, blancos, mestizos y blancoides. Nada más mentiroso como tramposo y vulgar. Mentiras que les sirvió a los oligarcas inquietos de las izquierdas para justificar sus ideologías populares. Mentiras que hasta hoy se leen en las páginas de la historiografía, como aspectos mágicos e históricos donde precisamente los indios dizque por fin fueron reconocidos, por las visiones tradicionales de las demás clases sociales. En realidad nada cambiaron de las visiones tradicionales y comunes hacia el mundo indígena, todos los escritos son justificaciones de las derrotas oligárquicas con sentido de culpa por el descalabro y el inútil sacrificio de miles de vidas quechuas, aymaras y guaraníes. Esas mentiras difuminadas en todos los libros tradicionales, simplemente retratan escolarmente otra derrota más de quiénes siempre estuvieron al mando del Estado republicano colonial: colonias extranjeras y mestizoides de coladera que hacen de mercenarios políticos, como esbirros escritores e historiadores de estas mentalidades de la derrota y la mentira.

Nuestras naciones tuvieron en realidad dos guerras al mismo tiempo. Una obligada y por decreto ley para defensa internacional; la otra interna. Porque en los mismos momentos de la guerra con el Paraguay, el reclutamiento forzoso y sangriento que se hacía en las comunidades rurales, era otra guerra y masacres a nombre del Estado colonial: traición a la patria. Nuestras naciones tuvieron dos guerras al mismo tiempo. Ambas brutales como señoriales. Las academias de historia tradicional borraron totalmente de su memoria esos acontecimientos, sólo retrataron aquellos acontecimientos donde las oligarquías tienen glorias y héroes para su propio consumo, y para imposición en las lecturas ideológicas de nuestros sistemas educativos. Novelistas, narradores, poetas e historiadores lucen sus galas benéficas para ensalzar a los perdedores, a los traidores y cobardes de las clases altas oligárquicas, que se farreaban y se divertían en las retaguardias, cuando los indios morían en las vanguardias.

En realidad nuestras naciones no perdieron la guerra. Derramaron su sangre por un Estado republicano colonial que nunca les reconoció derechos algunos. Perdieron la guerra los mismos sin nación ni patria: colonias extranjeras de apellidos exóticos, criollos y oligarquías blancoides. Perdedoras desde siempre. Sin proyecto de clase ni nación, sin autoestima ni identidad con nuestras realidades. Mangueadoras de nuestras victorias y de nuestra sangre. Aprovechadoras de nuestras victorias sociales, como en varias ocasiones. Oportunistas y de discursos revolucionarios como impostoras en sus prácticas. Esos perdedores que regalaron por sus intereses todos nuestros territorios, aparecen en los libros de historia tradicional como vencedores, como héroes y salvadores de la “patria”. Patria que jamás fue nuestra, sino ajena y exóticas como sus apellidos. Esos perdedores que nunca construyeron un Estado moderno e inclusivo. Esos perdedores de mentalidades decimonónicas; pero modernas en sus cáscaras y discursos. Esos herederos de las tradiciones y costumbres hispánicas: burocracia y corrupción, como elementos claves de su funcionalidad institucional.

Nuestro homenaje a los miles y miles de indios y campesinos reclutados y llevados a la muerte, por un Estado que nunca fue nuestro. Porque esos miles y miles de muertos anónimos, son los verdaderos héroes del Chaco, no los payasos que figuran en las gloriosas páginas de los libros de academias y las repeticiones de esos libros escolares y justificadores de las ideologías de la derrota. Nuestro homenaje a quiénes no aparecen en las páginas de los libros de historia tradicional, de la derrota y la mezquindad oligárquica. El desprecio de la historia tradicional hacia nuestras naciones, es directamente proporcional a su mediocridad para entender y comprender nuestros propios acontecimientos. Y deben ser enterrados junto a sus feligreses de la derrota, de la ausencia de Estado y Nación. Ese reflejo derrotista y traidor de las oligarquías sigue siendo la constante de nuestras instituciones.

Nuestras naciones nada tienen que ver con esos acontecimientos de perdedores. La inutilidad del Estado republicano colonial es sólo obra y gracia de esos grupos señoriales, corruptos y brutales. Los imaginarios de Estado de las naciones, dueñas de estos territorios, todavía están en fermento, y esa espera vale la pena para que por fin desaparezcan esos espíritus traidores y perdedores, que nada positivo han construido (ni mitos, ni sueños) en las instituciones, sino derrotas y derrotas encubiertas miserablemente por sus tinterillos e historiadores, como si fueran triunfos y glorias. Sus libros merecen ser quemados, quizás, cada 12 de junio.

Homenaje a mi bisabuelo Genaro, ya muerto, que fue al Chaco arrastrado por los acontecimientos. Le escuchábamos de niños el dolor de su memoria, de su bronca hacia su oficialidad blancoide irresponsable, sin patria, sin honor y sin sentido de nación alguna. Y eso tantos años después no ha cambiado.