Grecia: la historia de un escarmiento

Los poderes financieros, con sus monaguillos de la Troika a la cabeza, estaban empeñados en poner de rodillas a Grecia, aprovechando que la tienen cogida por los huevos.

Y a ello se han entregado los representantes del FMI, del BCE y de la Unión Europea en las negociaciones celebradas durante la última semana en Bruselas. Con independencia del resultado final, el espectáculo ha sido tan bochornoso que sólo se entiende si obedece a un implacable guión urdido con el único fin de recordar a todo el mundo quién tiene por el mango la sartén del dinero.

Les voy a dar un dato que refleja a las claras la crueldad de las posturas mantenidas por los dirigentes políticos y económicos que han hecho alarde de fuerza en la capital belga. Hay once millones de griegos, de los que una cuarta parte aproximadamente son jubilados y en muchos casos sostienen con su pensión a toda la familia, como por cierto ocurre también en España. De ellos, la mitad (un millón y pico) cobran menos de 665 euros mensuales, después de las rebajas introducidas a lo largo de la crisis por los sucesivos gobiernos, so pretexto de hacer frente a los pagos derivados de su elevada deuda.

Pues bien, aunque esos 665 euros colocan a sus perceptores por debajo del umbral de la pobreza, la Troika (que sigue existiendo, aunque no se la llame así) ha exigido al presidente griego nuevos recortes en las pensiones. Ni siquiera ha aceptado en su lugar una subida de impuestos que habría permitido repartir los esfuerzos de una forma más equitativa. La Troika quería meter la tijera en uno de los componentes más sensibles del gasto social (como si el hachazo del 45% que se han llevado ya las pensiones no fuera suficiente) y, de paso, cargarse una de las grandes promesas electorales de Alexis Tsipras.

Socavar al líder de Syriza ha sido objetivo prioritario de los poderes financieros internacionales y de sus acólitos desde la victoria electoral que cosechó en las urnas el pasado mes de enero con un programa que nada tenía que ver con la resignación de los anteriores gobiernos griegos. Unos gobiernos, dicho sea de paso, que, precisamente por ello, nunca fueron víctimas del impertinente desdén con que ha sido tratado otro igual de legítimo como el que preside Tsipras, al que no le perdonan su deseo de que se respete la pisoteada dignidad nacional de Grecia, ni la actitud desafiante de la que hizo gala desde el primer momento Yanis Varoufakis, su desacomplejado ministro de Hacienda.

¿Y tan crucial es para esos poderes financieros que un país pequeño y maltrecho doble la rodilla? Pues claro que lo es, pero no en sí mismo, sino por el efecto contagio que un exitoso cambio de política podría tener en otros con mayor peso, como España, donde ha emergido una fuerza con el potencial de Podemos. De ahí que la Troika haya hecho todo lo posible para que Tsipras sude sangre en las negociaciones parar evitar su bancarrota. Al fin y al cabo (no nos engañemos) esto no es más que la historia de un escarmiento.