Poesía.

Voces migrantes

Cote Avello.     04.Jul.2015    Cultura


Cruzaste la enorme muralla tendida al sol
mientras tu cuerpo se volvía una sola gran llaga
ofrecida en pago al desierto, las alambradas,

Seguiste las pisadas que arrastraron
dejando huellas saladas y agridulces,
por los mismos senderos que antes
otras apagadas voces migrantes.
Entre dolores antiguos y constumbres
desde paisajes cotidianos,
cargada de ilusiones y las indispensables esperanzas.

No hay bolso donde quepa tanto pasado y tanto pueblo.

Cruzaste la enorme muralla tendida al sol
mientras tu cuerpo se volvía una sola gran llaga
ofrecida en pago al desierto, las alambradas,
la polvareda, los negociantes inescrupulosos de las fronteras.

Los propietarios agraviados con tu molesta presencia de pobre.

Vestiste ropa prestada, hablaste lengua ajena,
tragaste comida extraña, bebiste tu humillada servidumbre.
Los bolsillos rotos se te llenaron de monedas.
La boca se te llenó de silencios masticados
a punta de limpiar baños y cuidar crias ajenas.

El amor pagado es abundante en las casas con eco.

Rellenaste tu pequeña estancia con el ayer
mientras los días apuran hacia el olvido y las nostalgias.
Empapada de ese otro mundo, extraño y nuevo
como Alicia frente a la reina de corazones,
ahora sonríes a lo azaroso de tus presagios.

El dolor se solaza en la irónica empresa de si mismo.

Oliste en el viento foráneo otras miserias
y desnudaste los prejuicios que buscaron arrinconarte,
desde tu propio dolor te volviste fiera.
Tus colmillos crecieron agudos
para moder con rebeldía las hojas en blanco.

No hay etiqueta que ponga freno a tu caudal poetico.

Cuantas historias recorridas con los dedos
abrazadas con ternura bajo la caricia de tu vos cantarina.
Relatos que hacen palidecer cualquier ficción
y que remueven la estática venda de los ojos obstinadamente ciegos.

No hay una sola vida que no merezca ser contada.

Hiciste de tu habla, el habla de los silenciados,
de tu cuerpo, la carne de los atados al mundo,
desde donde gritar las miserias que los han estrangulado.
Hiciste de tus lágrimas el surco inagotable del dolor prestado.

No hay corazón más fecundo que aquel que se conmueve.

Desde tus soledades, abres nicho al encuentro de los abandonados
y mientras eres (sos) la ventana abierta por donde se filtran los pasados,
tu mirada dulce se envuelve en los aplausos que te dejan, una vez más,
acurrucada en tus evocaciones, mirando tu paisaje rentado.

Nos hay un solo migrante que no encarne en tus morenos labios.

Fuente: https://coteavello.wordpress.com/2014/01/06/voces-migrantes/