Fue un día de reveses para el plan destituyente contra la mandataria de Brasil

Un vuelco inesperado protege a Dilma

El Supremo Tribunal Federal frenó la jugada opositora tendiente a abrir un juicio político a la presidenta. Eduardo Cunha pasó de ser verdugo a acusado cuando un grupo de parlamentarios pidió su destitución al frente de Diputados.

El presidente de la Cámara de Diputados de Brasil, Eduardo Cunha, pasó toda la jornada de ayer como foco de atenciones. Amaneció especialmente poderoso: dependía de él abrir o no un proceso de destitución de la presidenta Dilma Rousseff en el Congreso Nacional. Y anocheció especialmente debilitado: un grupo de 46 parlamentarios de siete partidos entró con una representación en la Comisión de Etica de la Cámara pidiendo su destitución, con base a una denuncia de “quiebra de decoro parlamentario” por haber mentido a una Comisión Parlamentaria de Investigaciones.

Ha sido un día aciago para Cunha, en cuyas manos reposaban –precisamente hasta ayer– los instrumentos capaces de debilitar aún más a la presidenta y hacer de la vida del gobierno un infierno. Sin embargo, a media mañana una decisión de Teori Zavascki, uno de los integrantes del Supremo Tribunal Federal, anuló parte de la jugada combinada el pasado sábado entre Cunha y los líderes de los partidos que defienden el golpe en la Cámara, Carlos Sampaio, del PSDB, y Rodrigo Maia, del DEM.

La cosa parecía sencilla: Cunha rechazaría ocho de los nueve pedidos de impeachment pendientes de su análisis (le cabe al presidente de la Cámara aceptar o no las peticiones de apertura de un juicio político a los presidentes de la República). El noveno pedido, amparado por el principal partido golpista, el mismo PSDB del ex presidente Fernando Henrique Cardoso y del senador Aécio Neves, derrotado por Dilma en las presidenciales del pasado octubre, sería igualmente rechazado. Pero de inmediato, siguiendo reglas dictadas por el mismo Cunha, alguien del PSDB pediría que ese pedido específico fuese llevado al pleno de Diputados. En este caso, una mayoría simple sería suficiente para que fuese aceptado y se iniciaría el juicio político de Dilma.

Atendiendo a una petición de Wadih Damous, diputado del PT muy cercano al ex presidente Lula da Silva, Zavascki reconoció que la maniobra diseñada por Cunha y sus pares golpistas carecía de cualquier base en la legislación. Y determinó que el presidente de la Cámara de Diputados no puede hacer otra cosa que aceptar o rechazar la petición de apertura de un proceso de impeachment, que necesitaría de la aprobación de 342 diputados algo que los mismos golpistas saben que, hoy por hoy, es imposible para llevar el tema adelante.

Poco después, otra integrante de la Corte Suprema, Rosa Weber, asentó nuevo golpe en los golpistas: el tema no podrá ser tratado en Diputados mientras no haya una decisión del pleno del Superior Tribunal Federal, y no hay plazo para que esa sesión ocurra. Y ya al promediar la tarde, la misma Rosa Weber emitió otra determinación, indicando que Cunha deberá ‘abstenerse de recibir, analizar o decidir cualquier denuncia o recurso’ contra Dilma Rousseff con base en su “innovación”, es decir, la trampa que él quiso armar a la presidenta.

Por la mañana, mientras todavía la decisión de Teori Zavascki era desconocida, Cunha se reunió, en su residencia oficial, con dirigentes del PSDB. La misión de los parlamentarios que defienden el golpe parlamentario contra Rousseff: convencer a Cunha de que, en caso que aceptara un pedido de apertura de proceso de impeachment, los de la oposición le asegurarían la manutención de su asiento en la Cámara, con el correspondiente beneficio de solo poder ser procesado por la Corte Suprema, gracias a sus foros privilegiados. Eduardo Cunha, como se recuerda, está denunciado por los crímenes de corrupción, evasión fiscal, fraude fiscal y lavado de dinero.

Curiosamente –o no– emisarios del gobierno, conscientes del poder de Cunha como presidente de la Cámara, le hicieron llegar propuesta idéntica. La respuesta de Cunha a los del PSDB es muy significativa. “Si yo tumbo a Dilma –les dijo– al otro día ustedes me tumban a mí”. La desconfianza es plenamente justificada. Al fin y al cabo, no se trata precisamente de un diálogo entre caballeros íntegros. A los emisarios de los dos bandos –oposición y gobierno– él dio la misma respuesta: “Voy a pensar y decidir qué es lo que más me conviene”.

La verdad es que no hubo tiempo. Diputados de dos pequeños partidos, el PSOL (de izquierdas) y Rede (de la frustrada candidata presidencial Marina Silva), habían anunciado claramente que entrarían con una representación contra Cunha en la Comisión de Etica de la Cámara. Por la tarde, 32 de los 60 diputados del PT de Lula y de Dilma se sumaron a los firmantes de la petición. A principios de la noche, ya eran 46 diputados, algunos de partidos de oposición denunciando a Eduardo Cunha. Piden directamente la suspensión de su mandato, acusándolo de cometer un delito que prevé precisamente tal castigo: haber mentido a una Comisión Parlamentaria de Investigaciones.

El pedido será analizado por la Comisión de Etica de la Cámara. Si es aprobado, será llevado al pleno, donde serán necesarios 257 de los 512 votos para que Cunha pierda su mandato. No hay plazo ni para una cosa, ni para la otra. Pero lo cierto es que del acusador y verdugo, señor de un poder de chantaje prácticamente sin límites de la mañana, poco restaba a la noche.

Y Dilma Rousseff, mientras tanto, por primera vez pudo tener, ayer, una noche de descanso. Hay mucho camino por delante, y será un camino difícil. Pero es que, al amanecer de ayer, ese camino parecía a punto de terminar.

Eric Nepomuceno/Página/12 En Brasil/Desde Río de Janeiro