El consumismo, la economía irreal y un principio elemental: las burbujas siempre estallan

Durante las últimas jornadas los medios de todo el mundo presentan a sus lectores kilómetros y kilómetros de columnas informando sobre los últimos sucesos de la crisis financiera que tiene su epicentro en los Estados Unidos de América pero cuya trascendencia es, con mayor impacto en algunos lugares que en otros, de carácter planetario.

No faltan, claro está, otras cuestiones trascendentes como la violencia desatada en Bolivia por sectores vinculados con los mismos intereses en quiebra antes aludidos o las operaciones mediático-políticas que hoy circulan por América Latina y cuyo fin también apunta a provocar el caos en la región, aunque se utilicen métodos diferentes a los del Altiplano Andino.

En estos días se produjo la quiebra de Lehman Brothers, un banco de inversiones de los Estados Unidos, cuarto en el ranking de ese país y con más de un siglo y medio a cuestas, pero también con 60.000 millones de dólares estadounidenses de quebrantos en fallidas operaciones inmobiliarias. Cifra que, seguramente será recuperada exiguamente por quienes le confiaron sus dineros, aunque ya no sean los ahorristas de viejo cuño y sus operaciones las hagan por internet. Es que, precisamente, los mecanismos de la Reserva Federal solo amparan a aquellos viejos ahorristas que llevaban sus billetes en el bolsillo y los descargaban por ventanilla.

Junto con la caída de Lehman Brothers se produjo la de otro gigante, Merril Lynch, absorbido a último momento por el Bank of América de Carolina del Norte que invirtió en ello u$s 44.000 millones en una operación que algunos no vieron con buenos ojos. El propio Lehman estuvo a punto de ser salvado por la antigua banca londinense Barclays, pero ésta quería la ayuda de la Reserva Federal (Fed), esa suerte de banco central de los EUA cuyos directivos se deben haber asustado de seguir apostando a practicar respiración artificial a tanto infartado del sistema que debe regir. Así, el domingo por la noche, como un antiguo emperador romano en el circo, a instancias del secretario del Tesoro, Henry Paulson, bajó el pulgar y selló la suerte de Lehman.

En tanto ya se anuncia la inminente caída de la AIG , la mayor empresa de seguros del orbe y si algo le hacía falta a la misma es que publicaciones como “The Wall Street Journal” se dediquen a pronosticarlo, con lo cual la consumación del hecho, por si hacía falta algo, con ello seguramente será cosa consumada. Será, en ese caso, una profecía autocumplida.

Todo esto sucede cuando apenas habían pasado unos días desde que la Fed apostara al salvataje de las financieras Freddie Mac y Fannie Mae, también en problemas, para las que destinó u$s 200.000, equitativamente 100.000 para cada una, con lo cual no está todo dicho si se considera que ambas administran u$s 1,6 billones, o sea 1,6 millones de millones, de quienes han confiado en ellas.
No mucho antes la Fed tuvo que facilitar fondos al banco JP Morgan para salvar al Bear Sterns. De no haberlo hecho, como ahora sucedió con Lehman Brothers, el resultado hubiese sido otra quiebra.

Esto fue un racconto de lo que aconteció en muy poco tiempo después de poco menos de dos décadas cuando quebrara el ex Drexler Burnham Lambert, una entidad que en lugar de jugar a la hipotecas y el consumismo privado se había especializado, en su tiempo, a los bonos basura que circulaban por el mundo, y muchos de los cuales correspondían a países latinoamericanos endeudados. Pero por entonces la crisis sistémica no era tan profunda y las economías del Primer Mundo parecían ir viento en popa.

Pero para entonces había cosas de las que aprender antes de embarcarse en nuevas aventuras. Tucídides de Atenas dijo que escribió “Las guerras del Peloponeso” para que en el futuro el hombre aprendiera de sus pasados errores. Un par de siglos después Polibio de Megalópolis, en su “Historia Universal”, nos habló de la globalización política y económica en el mundo antiguo. Había de donde aprender, los romanos decían “Historia magistra vita est”.

Claro, se prefería escuchar los informes de las “calificadoras de riesgo” o del Fondo Monetario Internacional (FMI) ensalzando a quienes seguían sus recetas. Nunca la Argentina, por ejemplo, estuvo mejor vista que en la década de 1990, como que hasta el ex presidente Carlos Saúl Menem fue invitado a disertar, como gran personaje, ante los popes mundiales de las finanzas en el FMI.ç

Fueron todos esos grandes presagios los que ayudaran a que la Argentina y otros países le colocaran a los ahorristas italianos, japoneses y otros bonos incobrables (por lo que todos esos vendedores de baratijas debieran hacerse cargo, como ya lo ha entendido en parte la justicia italiana), o que se favoreciera la estafa a sus accionistas por empresas como World Com o Enrom en los EUA o la Parmalat en Italia. Ya el escocés Adam Smith había advertido sobre las maniobras gerenciales dos siglos y medio atrás y el estadounidense John Kenneth Galbraith hacia 1960, pero era mejor avalar lo que tenía que ver con un discurso ideológico que escuchar a Juan Domingo Perón cuando le hacía decir al lacedemonio Licurgo que “la única verdad es la realidad”.

Hoy en los EUA hay unos 3,3 millones de viviendas al borde del remate con lo cual el sistema no recuperará, ni de lejos, lo prestado para alentar el consumismo, ya que el problema de las hipotecas también está ligado a la financiación del consumo en general, no sólo de la compra de viviendas. Los préstamos inmobiliarios estuvieron ligados a muchas otras cuestiones, básicamente de tipo suntuario.

El problema era visible desde tiempo atrás. Algunos economistas como el brasilero Ricardo Amorim o los estadounidenses Melvin Burke y Walter Molano, más tarde, habían hecho algunos anuncios. Desde estas columnas también lo advertimos en una nota editada el 13 de marzo de 2007 ante circunstancias poco venturosas que se produjeron en diversas bolsas del mundo y ante la decisión china de cortar la especulación en acciones generada por 1,3 millones de personas (el uno por mil de la población) que sacaban préstamos bancarios a baja tasa y los jugaban en la bolsa de Shangai y otras menores inflando las burbujas que, como es sabido, siempre explotan.

El gobierno del presidente George Walker Bush dio sus primeras señales reconociendo la gravedad de los hechos en septiembre de este año. También desde estas columnas se advirtió que se trataban de paliativos que no resolvían la crisis de fondo. Precisamente, frente a ello el 21 de enero de 2008 dijimos “Una recesión anunciada, una propuesta de paliativos y una cuestión de fondo sin solución”. La recesión y la crisis la habíamos previsto en el ya mencionado 13 de marzo de 2007 en “Bolsas: China-EUA; jornada del martes: llamado de atención a economía mundial”.

En ese momento hasta se especulaba, en el peor de los casos, con un problema en los Estados Unidos. Hoy en la Unión Europea tampoco hay vientos de cola y el barco se está frenando con algunos de sus tripulantes, particularmente España, en serios problemas, aunque su banco central apunte para otros lados y se dedique a prevenir sobre problemas en la Argentina , por ejemplo. El mismo Japón, que parecía haber comenzado a crecer nuevamente, aunque en forma tibia, tras haber caído en la “trampa de liquidez” que había imaginado John Maynard Keynes sin antecedentes a la vista, ahora también está en camino hacia la recesión.

Por las dudas un grupo de diez bancos de primera línea mundial (Bank of America, Barclays, Citibank, Credit Suisse, Deutsche Bank, Goldman Sachs, JPMorgan Chase, Merrill Lynch, Morgan Stanley y UBS) ha conformado de urgencia una asociación de socorros mutuos donde cada uno aportará u$s 7.000 millones. Son u$s 70.000 para afrontar problemas en alguno de ellos, pero al mismo tiempo hay que pensar que sólo la fallida Lehman Brothers le debe el doble a uno de ellos, el Citibank.

La crisis de 1929 costó, a nivel mundial, u$s 850.000 millones medidos en valores actuales. Con las diferencias entre las economías de entonces y de ahora un quebranto similar requerirá de algunos billones algo que, de no haber un fuerte giro, no parece una cifra quimérica. En 1929 el único país de importancia que no fue arrastrado fue la China, aunque luego sucumbió a la hiperinflación. Hoy también parece que en un mundo en el que la inflación es otro gran componente global, y en el que seguramente no habrá indemnes, los mejores parados son un grupo de los ahora llamados emergentes entre los que descuellan los llamados “BRIC” (Brasil, Rusia, India y China), a los que se suman otros que, aunque menores, tienen economías más reales y sin enormes burbujas especulativas en las que el dinero se multiplica sin contrapartes en la economía real, como hoy en el caso de la burbuja inmobiliaria, sin olvidar, tal vez a no mucho andar, alguna que provenga de las tarjetas, siempre consumismo mediante.

* Periodista, historiador, docente en la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenos Aires.