El 68 nuestro

A los mártires de Tlaltelolco

El 1968 representa el desencantamiento del poder establecido y el nacimiento de un poder muy otro. Quiso reinventar la revolución, reinventar la política, cuestionarlo todo. Prohibió prohibir. Empuñó un derecho absoluto a la libertad y, a partir de la plena potenciación de ésta, también a la felicidad. Se dio inicio a una ruptura epocal.

Dice Immanuel Wallerstein: “Tan sólo ha habido dos revoluciones mundiales. La primera se produjo en 1848. La segunda en 1968. Ambas constituyeron un fracaso histórico. Ambas transformaron el mundo. El hecho de que ninguna de las dos estuviese planeada y fueran espontáneas en el sentido profundo del término, explica ambas circunstancias: el hecho de que fracasaran y el hecho de que transformaran el mundo.”

¿Qué es una revolución? Las revoluciones son procesos de quiebres históricos profundos, es decir, son procesos moleculares y multidimensionales integrados, a su vez, por una multiplicidad de revoluciones interactuantes de largo plazo en la cultura, la sociedad, la economía, la política y el pensamiento de un orden civilizatorio dado.

La revolución de 1848, también conocida como la Primavera de los Pueblos, estuvo integrada por una oleada de luchas populares que se extendieron a través de Europa. Para los historiadores, dicha revolución representó el despertar del soberano popular, más allá de sus manifestaciones primeras en la revolución francesa de 1789, y la progresiva institucionalización de un movimiento contestatario al orden prevaleciente que desembocaría en acontecimientos históricos como la Comuna de París y la Revolución Rusa. El movimiento histórico resultante giró en torno a una estrategia política fundamental: la toma del poder estatal como primer paso hacia la transformación de la sociedad y del mundo.

La sociedad europea de ese entonces había llegado a una determinada fase de su desarrollo en la que las principales fuerzas responsables de la producción social chocaron con las limitaciones que le imponían las relaciones sociales y políticas, así como el sistema de distribución de la riqueza producida. Ahora bien, como nos advierte Carlos Marx, ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas relaciones sociales y políticas antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado. El capitalismo respondió a la crisis, se reestructuró y siguió andando.

El soberano popular no logró desarrollar plenamente su potencia histórica. El Estado burgués, de inspiración esencialmente hobbesiana, se encargó de reducirlo a una ficción jurídica. Impidió así su plena materialización como poder constituyente inmanente, es decir, autodeterminado.

La revolución de1968 produjo una nueva ruptura histórica en el orden civilizatorio capitalista integrado por una serie de cambios políticos y culturales en la estructura de poder en la sociedad, la cual alcanzó una impresionante globalidad. Estos cambios dieron lugar a la producción de nuevas subjetividades políticas y nuevas formas de abordar el asunto del poder. Su idea central fue la posibilidad real de producir libertad y riqueza al mismo tiempo para todos y todas. Estableció el imperativo de una estrategia política fundamental centrado más en la autodeterminación, es decir, el desarrollo de una cultura política contestataria cuya clave es la construcción, desde abajo y más allá del Estado existente, de un antipoder, a modo de poder emancipatorio autodeterminado, como negación creativa del poder burgués constituido. Como nos dice Antonio Negri, el Siglo XXI ha comenzado en el 1968 y está caracterizado por un pensamiento constitutivo de un ser humano y una sociedad nuevas que empuñan la necesidad histórica de la democracia absoluta.

Sin embargo, el sentido preciso de los acontecimientos históricos generalmente nos elude en lo inmediato y sólo después de un tiempo es que vamos cosechando sus lecciones, así como sus derroteros verdaderos. A ello no ayuda ciertamente los reduccionismos de muchas de las representaciones que se han hecho sucesivamente acerca de la revolución de 1968 con el propósito, siempre perverso, de matar la memoria histórica y de alienarnos de sus potencialidades.

De ahí que contrario a la idea generalizada casi como comprensión común acerca de los hechos que caracterizaron ese acontecimiento histórico, hay que decir que, en primer lugar, no estamos hablando de un hecho pasado sino de un proceso vivo que permanece y cuyos frutos se siguen cosechando y van marcando las posibilidades esperanzadoras de este nuevo siglo.

Asimismo, contrario a la comprensión común, se trata de una revolución que no se redujo ni a Mayo de 1968 y menos a París. Fue una revolución de alcance mundial que precede y trasciende al Mayo parisino. En gran medida está marcada por la primera gran derrota de la hegemonía imperial estadounidense en Vietnam, la cual se viene a sumar a esa otra gran derrota suya en Cuba. El movimiento estudiantil toma las calles no sólo en París, sino a través de toda Europa, Estados Unidos y América Latina con el propósito de cambiar el mundo.

En Praga se le quiso poner un rostro humano y democrático al socialismo real, sólo para ser reprimido en el intento por los tanques soviéticos. Ese 1968 fue el socialismo real selló su destino del 1989, como fracaso definitivo de un régimen que nunca superó el autoritarismo propio de un modelo de acumulación que no supo transitar a tiempo hacia la verdadera socialización y democratización de su modo de vida.

En Estados Unidos, Martin Luther King y Malcolm X lideran una lucha por la igualdad racial que potenció la lucha general por los derechos humanos en ese país. Ambos fueron luego asesinados en 1968, al igual que el líder demócrata Robert F. Kennedy. Ese mismo año, en Chicago, se escenificó una batalla campal entre manifestantes y policías en torno a la Convención del Partido Demócrata. El presidente estadounidense Lyndon Baines Johnson renunció, pocos meses antes, a postularse a un nuevo término como resultado de las masivas manifestaciones que se efectuaban por todo el país en contra de la guerra en Vietnam.

En el 1968 la humanidad también trascendió sus fronteras terrenales y se alzó al universo: llegó a la luna.

Ahora bien, el 1968 también fue nuestro. En México, los estudiantes fueron masacrados impunemente un 2 de octubre, hace precisamente 40 años. Su grito de ¡No queremos Olimpiada! ¡Queremos revolución! fue ahogado en sangre por un Estado autoritario que no toleró su impugnación.

El 68 nuestro fue el Año del Guerrillero Heroico, en conmemoración de la muerte, una año antes, del Che Guevara, quien encarnó la solidaridad internacionalista con su ejemplo revolucionario y su invitación a crear dos, tres, muchos Vietnam. Junto a Mao Zedong y su revolución cultural representaron dos íconos de los rebeldes jóvenes y no tan jóvenes que tomaron las calles, las fábricas o se levantaron en los campos contra las oligarquías gobernantes y el imperialismo yanqui.

La América Latina estaba en ebullición social y política. Entre otras cosas, en 1970 se produce el primer triunfo de un socialista en unas elecciones, el compañero presidente Salvador Allende Gossens. Éste fue uno de los principales portavoces del reclamo por la constitución de un Nuevo Orden Económico y Político Mundial, que fue recogido por una mayoría aplastante de la Asamblea General de la ONU. A finales de la década del sesenta y a comienzos de la década del setenta el sistema internacional de producción capitalista estaba en crisis. Luego se impuso la contrarrevolución neoliberal en un intento del capital por restaurar su poder de clase.

Sin embargo, bien haríamos en advertir, como nos señala hoy un hijo de ese 1968 el subcomandante zapatista Marcos, que hay que poner la mirada histórica más allá de los grandes acontecimientos: “Las grandes transformaciones no empiezan arriba ni con hechos monumentales y épicos, sino con movimientos pequeños en su forma y que aparecen como irrelevantes para el político y el analista de arriba”.

Desde esa perspectiva, el 1968 sigue vivo, a la vez que constituye en todas sus inmensas potencialidades, una asignación que sigue desafiándonos a no sólo soñar sino a constituir ese otro mundo posible que anida entre nosotros desde ese momento. Sólo hay que verlo en la maduración de su impugnación permanente de los estatismos y partidismos autoritarios. Sólo hay que saber reconocerlo en la rebelión renovada, por cada rincón de la América nuestra, contra las nuevas estrategias explotadoras del capital, según representada por ese “movimiento de movimientos” que constituye hoy fuente decisiva de construcción de los nuevos espacios de lo común en estos tiempos en que históricamente el capitalismo vuelve a deslegitimarse.

El autor es Catedrático de Filosofía y Teoría del Derecho y del Estado en la Facultad de Derecho Eugenio María de Hostos, en Mayagüez, Puerto Rico. Es, además, miembro de la Junta de Directores y colaborador permanente del semanario puertorriqueño “Claridad”.

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