Guatemala

“Las cosas cambiaron cuando empecé a matar”

“Mi familia era pobre y todos me hacían de menos. Yo solo estudié hasta primero básico porque mi mamá ya no pudo pagarme los estudios, después yo mismo pude hacerlo pero ya no quise, hubo veces que personas grandes le pegaban a mi hermanito pequeño, las cosas cambiaron cuando yo empecé a matar”, detalló.

“Buenas tardes señora un/a joven dispuesto/a al cambio positivo le saluda”, me dijeron al mismo tiempo decenas de jóvenes recluidos en los diferentes centros correccionales del país, quienes con desconfianza y evidente inseguridad se alinearon en filas rectas.
Así inició la primera de varias visitas a los reformatorios para menores de edad, donde gracias a personas que confiaron en mi persona y en mi trabajo, logré recopilar algunas historias de adolescentes en Conflicto con la Ley Penal, quienes antes de delinquir, fueron víctimas de violencia intrafamiliar, pobreza y marginación.

Me impactó mucho la historia de dos adolescente, una de ellas, la de *Jorge, quien inició a los doce años a cometer asesinatos por encargo y que después se convirtió en uno de los sicarios más buscados de una zona marginal de la capital guatemalteca.
Jorge fue un niño violentado y marginado, que creyó que el respeto se ganaba imponiendo violencia, debido al entorno en el que creció.
“Mi papá nos hacía falta en la casa, yo no le echo la culpa a él, pero nunca estuvo conmigo y si estuvo solo para pegarnos, mi mamá lo abandonó porque no lo soportaba, tomaba mucho –ingería alcohol- Él también se dedicaba al sicariato”, relató.
De acuerdo con Jorge, algunos de los detonantes, que él considera que incidieron en su conducta, fueron las humillaciones de sus vecinos, quienes después de conocerlo como sicario lo respetaban.

“Mi familia era pobre y todos me hacían de menos. Yo solo estudié hasta primero básico porque mi mamá ya no pudo pagarme los estudios, después yo mismo pude hacerlo pero ya no quise, hubo veces que personas grandes le pegaban a mi hermanito pequeño, las cosas cambiaron cuando yo empecé a matar”, detalló.
Según Jorge, matar es una práctica común en zonas abandonadas por el Estado, donde es fácil encontrar que alguien proporcione una pistola y una motocicleta, muchos de los niños, niñas y adolescentes lo hacen. En su caso cobró desde Q5 mil hasta Q25 mil por quitarle la vida a otras personas.

Lo que este joven me dijo me recordó lo que expresaron representantes del Instituto de Enseñanza para el Desarrollo Sostenible (Iepades), una organización que busca la regulación de armas de fuego, sobre que en las zonas marginales era más fácil obtener un AK-47 que una beca de estudios, tenían razón.
La historia de Jorge no es la única, también la de *Griselda, una jovencita que intentó trabajar y estudiar para cambiar su historia, pero finalmente cayó en las redes de los grupos delincuenciales que la usaron para cobrar extorsiones.
La vida de Griselda no fue fácil, antes de cumplir quince años ya tenía responsabilidades de adulto, pues tenía que trabajar arduamente con su mamá para obtener el sustento familiar.

“Vendía pasteles, comprábamos ropa usada con mi mamá y después la vendíamos. También lavaba ropa ajena y trabajaba en un comedor”,  me explicó Griselda.

Además de eso, era maltratada psicológicamente por su progenitora, una mujer cansada de trabajar, con baja escolaridad, pocas oportunidades y abandonada por su esposo, un hombre que no se hizo responsable de sus hijos.
“Yo siempre le decía a mi mamá: prefiero mil veces que me pegues, que me arrastres por toda la casa, pero no me digas esas palabras.  Una palabra duele más que un golpe, el golpe se arregla, pero las palabras lastiman el corazón”, indicó la joven.
Hablar con Griselda me conmovió, percibí un arrepentimiento real que me hizo reflexionar ¿Qué habría pasado si esta niña hubiera terminado de estudiar? ¿Cómo habría cambiado su vida si tuviera las oportunidades para un desarrollo integral? ¿Qué habría aportado a la sociedad?

Creo firmemente que es urgente que nosotros y nosotras, la sociedad, nos involucremos para buscar soluciones al origen de nuestros problemas. Siempre será más fácil juzgar y culpar a la gente, pero eso no nos corresponde hacerlo, por el contrario, si compartiéramos un poco de lo que poseemos, sería distinto. Nuestra participación es amplia, por ejemplo, el apadrinamiento o una beca de estudios para la niñez que vive en condiciones de pobreza, la promoción de programas de prevención, el voluntariado y lo más importante exigir al Estado para que cumpla con su responsabilidad.

Hasta el 23 de febrero, un total de 1 mil 110 jóvenes estaban recluidos en el Centro Juvenil de Detención Provisional (Las Gaviotas), Centro Juvenil de Privación de Libertad para Varones II (Etapa II), Centro Juvenil de Privación de Libertad para Varones II (Anexo) y Centro Juvenil de Privación de Libertad para Mujeres (Gorriones).

Según la Secretaría de Bienestar Social (SBS) que tiene a cargo los cuatro reformatorios, 951 eran jóvenes y 149 jovencitas.
*Nombres ficticios para resguardar la integridad de los jóvenes.

Mariela Castañón

https://marielacastan.wordpress.com/