Bolivia, entre virus y elecciones

Martín Suso    18.Mar.2020    Opinión

Hace pocos días la Doble Autoproclamada Añez afirmaba que Bolivia se encontraba preparada desde hacía dos meses para enfrentar el coronavirus. La realidad-real se encargaba de desmentirla: una adulta mayor portadora de la enfermedad peregrinaba en una ambulancia por nada menos que siete centros de salud, que le cerraron las puertas. La internación de la mujer fue impedida paradójicamente por personal médico, argumentando la inexistencia de condiciones materiales y capacidad para atender el caso. Cuando se intentó derivarla a una institución militar que se improvisó como hospital, fueron los vecinos del entorno los que bloquearon una importante carretera para rechazar a la doliente.

A las personas que se horroricen con semejantes conductas, es conveniente recordarles que una porción significativa de la población urbana de Bolivia cursó un entrenamiento intensivo en los preámbulos del reciente golpe de estado, materializado en la forma de veintiún días de paros y bloqueos que constituyeron un ejercicio práctico de odio, discriminación, racismo, negación del diferente, marginación, exclusión, violencia y celebración de la muerte.

Con relación al personal médico involucrado en el repudio a la enferma de marras, también conviene recordar que fue uno de los sectores protagonistas de sistemáticas protestas y huelgas durante la gestión de Evo Morales, revelando que lo único que les interesa es la mercantilización del ejercicio de la medicina, con la consecuente destrucción del sistema público de salud.

Recientes medidas tomadas por la Doble Autoproclamada con respecto al coronavirus, que se caracterizan por la desorganización, el caos, la confusión y la desconexión con otras normas asumidas por gobiernos subnacionales y municipales, sintonizan con la ineptitud demostrada para controlar el dengue, que suma ya 9.000 casos confirmados, 40.000 casos sospechosos y dos decenas de personas fallecidas, lo cual confirma la opinión de la médica epidemióloga María B. Rothe Caba cuando indica que la nueva pandemia “…le cae (a Añez) como anillo al dedo…Buscará jugar con el pánico de las personas como ya lo está haciendo, generando una psicosis colectiva que le permita justificar sus innobles deseos de seguir gobernando sin elecciones…”. Una posibilidad real tomando en cuenta los últimos sondeos sobre intención de voto.

¿Qué sucede con el MAS?

Encuestas realizadas a mediados de marzo señalan que el MAS no sólo continúa encabezando la intención de voto, sino que podría incluso imponerse en primera vuelta. Se trata de un resultado sorprendente, en particular por tres factores aparentemente adversos. El primero es la persecución sostenida a la que son sometidos sus referentes y simpatizantes, vía escarnio social o procesos penales. El segundo es la propia remezón interna (ausencia física del líder histórico, diferencias entre diversas tendencias, deserciones varias, permanencia de oportunistas, ausencia de estrategias claras de resistencia al golpe, etc.). El tercero gira en torno a la potente y monolítica campaña mediática que instala en forma diaria la especie de que el gobierno de Evo Morales fue corrupto, ineficiente, irresponsable, dictatorial y dilapidador.

Mantener la preferencia electoral en un ambiente de tal hostilidad nos lleva a la pregunta por las posibles causas de este enigma. Sin dudas son varias, pero nos concentraremos en una: en las movilizaciones que prologaron y facilitaron el golpe de estado participaron no sólo grupos de choque sino también sectores numerosos de la población urbana, a diferencia de las protestas y la intentona secesionista de los años 2008-2009. También hubo una significativa presencia de jóvenes, cuya única experiencia política transcurrió en el período de los gobiernos del MAS. Se trata de un universo heterogéneo, en el cual existe evidentemente una fracción ultra, además de un renacido sentimiento racista. Son los que buscan lisa y llanamente la desaparición del MAS (por ejemplo, el autodenominado Comité Cívico de Santa Cruz, declara “…Tenemos un enemigo en común. Vamos a trabajar para evitar que el MAS vuelva a reactivarse o vuelva a entrar en el gobierno central”.).

Sin embargo, hay también personas que han tenido la oportunidad singular de ver en sólo cuatro meses de gobierno de facto una suerte de compendio de lo peor de la politiquería vernácula: masacres impunes, promesas incumplidas, nepotismo descarado, repartija de cargos, traiciones o alianzas fugaces entre dirigentes partidistas, acoso y hostigamiento en complicidad con el Poder Judicial, desfalcos, transfugio en el ámbito de los partidos políticos, improvisación en materia de políticas económicas, inexistencia de políticas sanitarias, ausencia de programas entre los candidatos a las nuevas elecciones, entre otros escándalos. Sería útil conocer de qué manera y en qué extensión ha calado este vigoroso muestrario de obscenidades en el electorado, tanto el de clases medias como el juvenil.

Se abren entonces varias posibilidades. Una es la de la profundización del acoso contra el MAS y sus candidatos/as. Otra es la de la conformación de un frente único por parte de los partidos de derecha, antes o después de una eventual segunda vuelta; no se puede descartar en ese sentido un suicidio colectivo por parte del electorado, engendro más que evidente en la región (basta ver los porcentajes de voto obtenidos por Bukele, Bolsonaro, Macri, Duque, Piñera, Lacalle Pou, Abdo Benítez y otros…).

Como es natural, el MAS se esforzará por ganar en primera vuelta, alentado por los sondeos de opinión actuales. Habrá que ver si el coronavirus y la doble situación de excepción que vive ahora el país no es aprovechada por los golpistas para postergar las elecciones y prolongar el mandato de la Doble Autoproclamada, que es a la vez candidata y por lo tanto utiliza su cargo en el Ejecutivo para hacer campaña.

En caso de que el MAS consiga el triunfo, o incluso quede en segundo lugar con buena presencia parlamentaria, resta por ver si en ese nuevo escenario retomará los principios fundacionales emancipatorios, o bien repetirá la indecorosa historia del Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), una fuerza política popular que comenzó sus días apostando a la liberación nacional y los terminó como adalid del neoliberalismo.

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