Brasil de piernas abiertas

El sector productivo ocupa esferas inimaginables. No deja demasiado tiempo para pensar. Por suerte, la respiración se realiza involuntariamente. Como si no fuera bastante, decisiones importantes para el Brasil han sido tomadas por personas ineptas y que se mueven sólo por sus propios intereses. Este artículo desenmascara la visión de los que todavía definen sus vidas en función de las “exigencias del mercado”.

Hay rastros tan fuertes de mediocridad en este país, que hemos perdido el sentido de la colectividad: las empresas ocupan el espacio público, los derechos sólo sirven para dar empleo a burócratas y engañar a los que todavía creen en la ciudadanía. El clientelismo corroyó a diversos segmentos de la vida social e institucionalizó a los que dicen que aquellos que no son parte del “sistema” perecerán.

Confieso que cuando divago sobre los males del Brasil, no sé por donde empezar. Enfoco un problema y luego descubro que existen una serie de otras piezas del dominó que no tomé en cuenta. El contrapunto básico al que me refiero, para quien no haya captado lo anterior, es que todo se vuelca en nuestro país hacia el sector productivo. Hasta una conversación descontextualizada puede convertirse en un negocio.

El crecimiento exagerado de la población es un negocio, el exceso de mano de obra no calificada es un negocio, los recursos naturales son un negocio, la ignorancia es un negocio, la perennidad de una oposición entre el Estado y el mercado en los debates políticos también es un negocio. Sobre este último argumento: pagamos impuestos elevadísimos a la maquinaria pública, sin embargo tenemos además que disponer aparte para planes de salud, seguros de automóviles y peajes en las autopistas.

Los seminarios de motivación empresarial me dan asco, cualquier tentativa de convertir algo en negocio me provoca repudio, y el camino que tiene bien trillado el Brasil, tanto interno como externo, es el de la prostitución barata. Nuestros jóvenes son invitados a “profesionalizarse” para servir el resto de su vida como mano de obra descartable para las grandes empresas sanguijuelas.

El país entero está de piernas abiertas. Nuestros políticos todavía se llaman “autoridades” y no perciben el funeral que se le está realizando a esta categoría. La solución encontrada por muchos es la de descentralizar la política, crear formas paralelas de poder a través de organizaciones sociales y organizaciones no-gubernamentales, para demostrarles que no nos sirve una política que no escucha a los ciudadanos.

Y el tal sector productivo ¿Qué lugar ocupa en esta nueva historia? Dogmas del trabajo incentivan la inserción cuanto antes de los jóvenes en él, por necesidad, valor o para engordar indirectamente el bolsillo de unos pocos. El trabajo en el capitalismo es muy diferente del concebido en un sistema alternativo, socializante, dónde todos trabajan para la humanidad. El primer modelo está vinculado a un orden concentrador, cruel y fraudulento.

El trabajador es engañado hasta en sus pocas horas dedicadas al placer. Aparece nuevamente el “sector productivo” cuando se hace uso de la televisión abierta, a través de la elevada inversión en publicidad de las grandes marcas, que no dejan espacio a las pequeñas, o de los espacios que se ceden a la iniciativa privada para la emulación de la modernidad. Los shopping centres son una muestra de nuestros males urbanos.

No tenemos idea de lo que significa contratar a un mal conductor para la locomotora llamada Brasil. El país entero está en desgracia. Es útil a los inversionistas porque sólo quieren expoliar nuestro dinero. Pagamos caro nuestros impuestos, nuestros combustibles, nuestros peajes. No sé como no estamos en guerra civil. Dicen que somos un pueblo pacífico. No estoy de acuerdo, somos explotados, ignorantes y sumisos.