Carta improbable al Che

Muchos como yo crecimos con sus hazañas, con sus escritos y con el disco de 45 rpm, donde la voz de Fidel leía su carta. La vecindad de mi colegio secundario debió sabérsela de memoria, porque en las ‘tomas’ del edificio la difundíamos por los altoparlantes. La revolución estaba a la vuelta de la esquina. Parecía, porque se suponía un sacrificio fácil y triunfal. Pertenecíamos a esa onda guevarista en estado químicamente puro.

(En este 8 de octubre)

De usted supe un domingo, meses después de su asesinato, en una escuelita de Higueras, porque alguien que andaba en líos conspiratorios me lo alcanzó y como los adultos de aquellos años 60, me soltó con el mismo tono dirigido a Moisés, en el bíblico monte Sinaí (o Horeb): ¡Toma, lee! Era su Diario, así sin más como cuando esa misma persona, apurada en sus afanes insurgentes, me mandó a leer Diez días que estremecieron al mundo. A este lector de revistas ilustradas mexicanas, oído atento a las radionovelas y cinéfilo en ciernes. Algo bueno: ya andaba en el rumbo de la lectura sin orientador vocacional, sino al buen tuntún de los amigos que me recomendaban a Emilio Salgari, Julio Verne, Karl May, esos eran los primeros de la lista. Con el punto de lectura en formación, no le agarré el ritmo de interpretación a su Diario y aunque lo terminé, me quedó la sensación de que era una novela insuficiente. Al revés del libro de John Reed (con sus bolcheviques, mencheviques y trudoviques) al suyo lo leí completo; su Diario estaba en formato de revista con su imagen y el título: «El diario del Che». La imagen fue la estampita para todas las procesiones estudiantiles que incluía quema de neumáticos y veloces escapadas de una caterva de policías que nos pisaban los talones, procesiones de todos los primeros-de-mayos, en camisetas para desafiar a los tibios, en los dormitorios porque vigilaba los sueños de querer ascender a alguna montaña o simplemente porque Carlos Puebla y sus tradicionales convirtió su canción-homenaje en santo y seña para templar el axê revolucionario. El monosílabo más querido y más discutido.

Mi generación, llamada baby boomer[1], se la buscó al poder político burgués (se estiraba la definición hasta donde alcanzara) desde aquella rebeldía que parecía tener el cielo como límite y a veces ni esa era la frontera. Mucho cimarronismo y al granel. Era prestigiosa de los booms. Literarios, científicos, de rebeldías con causas y también por las santas y puras. Boom del anticolonialismo. Y el antirracismo. Y de las familias grandes, de las grandes hazañas y de las grandes personalidades, por montón. Y booms de revolucionarios jóvenes. Jóvenes culpables de buscar por dentro aquello que fastidia por fuera. Unos triunfantes, otros derrotados y todos con sus héroes y heroínas. Mojón de perro quien no fue ‘revolucionario’ contagiado por su invención romántica de serlo y parecerlo. “Los revolucionarios como los poetas se mueren jóvenes”, escribió un periodista de derecha. Parecía una certeza trágica.

Alguien comenzó la mitología química soñadora y terminó por alojarse en los renglones más sensibles de esa juventud sesentera, setentera, ochentera y quizás de los noventa. Después como que decayó, no sé. A unos, muchachos y muchachas, más y otros menos los sedujo esas ganas de pelearse con las burguesías, unos se dejaron melenas y barbas o afro-look, otros usamos boinas negras, buscamos imitar el sencillo aire marcial que Usted debió tener en Sierra Maestra (Cuba), en el Congo o en Bolivia. Algunos quisimos estudiar medicina para después tener que elegir entre el botiquín y un arma abandonada por las prisas de la contienda. Volvimos a leer su Diario con la reverencia de Come-candelas amateur, después, para entender su personalidad, leímos un lote importante de biografías. Dos mejoraron mi percepción. Una: aquella que escribió Paco Ignacio Taibo II, que juré conservar para siempre, pero falté al juramento por elogiarla tanto me la pidieron prestada y aún está el espacio vacío. Dos: la escrita por Jon Lee Anderson (¡no la presto!).

Usted fue una presencia fantasmal en muchos lugares del mundo, ¿dónde no estuvo más como deseo de amigos y enemigos? Hasta en Esmeraldas, mi ciudad, hubo hasta testimonios de viva voz que por arranques de ingenuidad creímos. ¿Y sus muertes y resurrecciones? Lo hicieron muerto en Vietnam y resucitado en el Congo (actual República Democrática). Los teletipos de aquella época alarmaban porque se lo vio en varias capitales americanas a la misma vez mientras usted leía en un hotel de Praga. Muchos como yo crecimos con sus hazañas, con sus escritos y con el disco de 45 rpm, donde la voz de Fidel leía su carta. La vecindad de mi colegio secundario debió sabérsela de memoria, porque en las ‘tomas’ del edificio la difundíamos por los altoparlantes. La revolución estaba a la vuelta de la esquina. Parecía, porque se suponía un sacrificio fácil y triunfal. Pertenecíamos a esa onda guevarista en estado químicamente puro. Esa fue nuestra juventud hasta que nos venció la realidad, esa otra, inmediata, explicable y matadora de romanticismos. Julio Cortázar escribió: la vuelta al día en ochenta mundos. Una “metáfora de la búsqueda”[2] personal revolviendo las lecturas de Verne y los otros, para saltar del respetable y juvenil quijotismo a esta vida de ahora. ¿Nada mal?

Mi generación carga con la mitología de las mejores personas que andaban por ahí fajándose por las injusticias, a veces a trompada limpia y también a los tiros. De ese tiempo salió aquella canción de las más revolucionarias: Yo vengo a ofrecer mi corazón[3]. ¿Era usted o eran todos, mujeres y hombres de todos los colores y de todas las geografías? ¿O usted puso la marca que desmarcó a todas las juventudes muertas y resucitadas en canciones que ahora casi ni se cantan? Su Diario, fue best seller y sus biografías se vendieron muy bien. Fascinaba su personalidad, qué cosa, a la muchachada proletaria y más a la muchachada burguesa, pretexto confortable de rebeldía contra qué, nunca lo supieron, porque su imagen tiene magnetismo rockero, pero la esencia está sus actos. De aquellos para los cuales “la guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta por otros medios”[4]. Lo suyo, comandante hermano, no era la política por esos otros medios, creo que lo suyo fue la escritura. Lectura y escritura, creo que en ese orden.

A usted pudieron encandilarlo estos versos de Fito, tal como todavía nos alcanzan en los sueños y en los silencios meditabundos: “Luna de los pobres siempre abierta, / Yo vengo a ofrecer mi corazón/ Como un documento inalterable/ Yo vengo a ofrecer mi corazón”. ¡Qué caramba! Son por usted, para usted. Y para muchos cuyas ánimas trashuman todavía por Bolivia o el Congo, por Argentina o Angola, El Salvador o Colombia. A ofrecer su vida con la convicción de que su ética jamás se alteraría. Así de sencillo poderoso como un verso de seis palabras: yo vengo a ofrecer mi corazón. Esas décadas serán estudiadas porque millones se preguntaron al mismo tiempo que se respondían: “¿Quién dijo que todo está perdido?” ¿Cabe ahora decir preguntando y buscando, en ese mismo acto de preguntar, hallar la respuesta? Acaso es radical la diferencia para pregonar el mandato definitivo de ‘¡son otros tiempos!’ ¿Serán tan diferentes que su imagen es ya una reliquia? No sé, comandante Che. Hermano de corazón ofrecido. No sé, mi generación boomer prefiere contemplar la belleza callada de la nostalgia crepuscular.

“Queridos hermanos y hermanas de Harlem, me habría gustado estar con ustedes y el hermano Babu[5], pero las condiciones actuales no son buenas para esta reunión. […] Unidos venceremos”. Malcolm X lo dijo: “este mensaje es de Che Guevara”. A quien mucho estimó, según la soltura de sus palabras. 1500 personas aplaudieron. Y siguió con ese andarele para invitarnos a ser autónomos en nuestras decisiones políticas (y de las otras) y aplaudir a quien nos salga del forro.

Usted escribió un manual para guerrillear y cartas a quienes llevaba consigo, justo ahí, en el reconcomio. En su epistolario usted dice aquello que es, parafraseando al Abuelo Zenón “hace desde lo que dice que es”[6]. Esto escribió por algún pretexto filial: “otra vez siento bajo mis talones el costillar de Rocinante, vuelvo al camino con mi adarga bajo el brazo”[7]. Usted dice en la epístola que ya no será médico, no le interesa, pero creía que mejoraba como soldado. Es posible. Pero más mejoraba como lector-escritor. Del manual de los mejores, usted halla la frase precisa para conseguir la atención. Primera regla. ¿Qué no? Escuche: “Me recuerdo en esta hora de muchas cosas, de cuando te conocí en casa de María Antonia, de cuando me propusiste venir, de toda la tensión de los preparativos. Un día pasaron preguntando a quién se debía avisar en caso de muerte y la posibilidad real del hecho nos golpeó a todos”[8].

Esta carta imposible llegará tarde al buzón de su eterna trashumancia y sabrá que a las escuelitas de Las Higueras del planeta les hacen faltas vidas, entre ellas la suya. Me remito a su conclusión “las palabras no pueden expresar lo que yo quisiera, y no vale la pena emborronar cuartillas”.

Hasta la victoria siempre.