Chile: un ardiente verano

Las elecciones presidenciales del próximo 17 de enero en Chile, luego que ninguno de los aspirantes sacara la mayoría necesaria el 13 de diciembre de 2009 para investirse jefe de Estado hasta el 2014, serán indudablemente de carácter trascendental para los grandes conglomerados políticos.

En medio de inciertas estimaciones de triunfo, de ganar la denominada Coalición por el Cambio, que concentra a los derechistas partidos Unión Demócrata Independiente (UDI) y Renovación Nacional (RN), se pondrá fin a más de medio siglo de sequía política en la derecha, que solo de facto gobernó, al amparo de la dictadura militar, en el periodo 1973-1990. Si pierden, será una suerte de debacle de la que difícilmente podrán salir. Están representados por el millonario empresario Sebastián Piñera.

Así de vital se presenta también el panorama para el conglomerado de centro izquierda, Concertación por la Democracia, que tras cuatro gobiernos consecutivos, iniciados desde 1990 por Patricio Aylwin (DC), y seguidos por el hoy candidato Eduardo Frei Ruiz Tagle (DC), Ricardo Lagos (PS-PPD) y Michelle Bachelet (PS), por primera vez enfrenta la hasta hace poco impensable posibilidad de una derrota a raíz de una crisis estructural interna, de acuerdo con las encuestas y analistas políticos nacionales e internacionales.

A estas situaciones se llegó por un lado luego de la unidad de la derecha tras un solo candidato (Piñera, que por segunda vez postula a la presidencia) y por el otro a raíz del fraccionamiento de la Concertación, entre otros factores por la elección del candidato presidencial (el ex presidente Eduardo Frei) desde cúpulas partidarias y no a través de primarias democráticas.

El diputado socialista Miguel Enriquez-Ominami (hijo del asesinado jefe del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Miguel Enriquez,) se separa del PS y lanza su candidatura. Le sigue su padre por adopción, Carlos Ominami, veterano dirigente del partido del asesinado presidente Salvador Allende. Otro tanto hace el también socialista, escritor, ex ministro y ex embajador de la Concertación Jorge Arrate, quien encabeza a las fuerzas de la izquierda extraparlamentaria, concentradas en Juntos Podemos.

Ambos, Arrate y Enriquez Ominami, arrastraron tras sus candidaturas presidenciales a no pocos militantes del PS, dirigentes nacionales, alcaldes, parlamentarios y a miles de simpatizantes de ese partido y de la Concertación, descontentos con la partidocracia.

La primera vuelta de las elecciones 2009 revelaría así por primera vez un nuevo organigrama político en las fuerzas comprometidas con el término de la dictadura, el retorno a la democracia y su reconstrucción, una situación reflejada básicamente en las cifras. Frei obtuvo el 29,06 % y los disidentes Ominami 20,13% y Arrate 6,21% (juntos suman más de un 55% de los sufragios). Lejos, se situó, circunstancialmente, el empresario Sebastián Piñera, con un 44,05%. Fue para la Concertación y el Juntos Podemos la gran primaria que se hubiera querido antes de la primera vuelta y para Piñera el sueño frustrado de no ser electo en primera vuelta.

Mientras la derecha confía en el triunfo en el balotaje, la dirigencia del fraccionado conglomerado concertacionista está inmerso en un intenso proceso de negociaciones, acuerdos (12 Compromisos por la Democratización y el Avance Social de Chile) y enroques para recomponerse y revertir una eventual derrota.

Las fuerzas que se escindieron de la Concertación reclaman cambios estructurales al interior de los partidos que la conforman, poner fin a una democracia cautiva y excluyente impuesta por la dictadura y se demandan transformaciones sociales y económicas de fondo en pos de una sociedad más justa e igualitaria. La fortaleza de los compromisos será un factor importante para levantarse de las cenizas. La exitosa gestión de la presidenta concertacionista Michelle Bachelet (con más del 70% de aprobación) no se ha traspasado a Eduardo Frei; y las confianzas en el mundo de la centro izquierda están depositadas hoy, una vez más, en la gran fuerza electoral demostrada históricamente por el gran conglomerado de la izquierda chilena, que cruza los más variados estratos sociales y económicos.

La derecha está desvelada. Hubieran querido asegurar el triunfo en primera vuelta. Hace más de medio siglo que no gobiernan en democracia (aunque muchas de sus figuras lo hicieron en dictadura) y las elecciones presidenciales las presentan en esta oportunidad como su gran posibilidad para hacerse del Poder Ejecutivo. Claman en las propagandas porque les den una oportunidad porque, dicen, representan el cambio.

Las más recientes encuestas con vistas a la segunda y definitiva vuelta (realizadas por medios de comunicación) situaron a Piñera con la primera opción con un 48% (el máximo histórico de la derecha en los procesos eleccionarios desde 1989 es de 48,6%, en los comicios de 1999) y a Frei con un poco más de 44%.

Todos los análisis apuntan no obstante a una lucha voto a voto, a una llegada fotográfica en un verano más ardiente de lo usual.