Chile. Pueblos en lucha

Cuando conocí a Allende

A fines de 1951, el Partido Socialista resolvió apoyar a Carlos Ibáñez del Campo, en la elección presidencial que tendría lugar el 4 de septiembre de 1952.
Salvador Allende y un puñado de otros militantes de su Partido rechazaron tal acuerdo y dieron vida al Partido Socialista de Chile, que designó al propio Allende como su candidato a dichas elecciones, en una coalición llamada Frente del Pueblo, que agrupó a otras fuerzas progresistas.

La Juventud Socialista en pleno, dirigida por José Tohá, se unió a este nuevo Partido. Acabábamos de ganar las elecciones de la FECH con una coalición de Izquierda: FAU (Frente de Avanzada Universitaria), integrada por socialistas, radicales y comunistas, que aún vivíamos en la clandestinidad, porque continuaba vigente la Ley de Defensa de la Democracia, impulsada por el presidente traidor, Gabriel González Videla.

Allende arrendó una casona colonial de tres patios situada en calle Serrano a pasos de la Alameda, donde se instaló la secretaría general de su campaña.

Nosotros el lote de militantes de la Jota de Arquitectura, así como compañeras de la Escuela de Artes Aplicadas, asumimos la tarea de confeccionar los afiches de la campaña, dibujados a mano con témpera, en láminas de papel estraza tamaño Mercurio, (80 x 110 cm) conteniendo las consignas fundamentales de la campaña: Derogación de la Ley Maldita, Reforma Agraria, Tierra para el que la trabaja, Casa para los Sin Casa y otras. Todas las noches, salíamos a pegarlos con engrudo en los muros de la ciudad. Era una faena que nos enorgullecía y competíamos quién los hacía más hermosos.

Allende los divisó un día, caminando por la calle y solicitó que colgáramos un lote de afiches en la misma secretaría. Fue la primera vez que nos encontramos con él y estábamos muy emocionados. Nos estrechó la mano, cálidamente a cada uno. Por cierto que se fue de beso con Anita y con otras compañeras de Artes Aplicadas. Estábamos tan emocionados. Trasmitía naturalmente entusiasmo y convicciones. Salimos con las energías multiplicadas.

Se aproximaba el fin de la campaña y el comando organizó la Marcha de la Victoria, días antes de la elección. Un compañero escultor, el cojo Duhalde, que efectivamente sufría una cojera bastante pronunciada, resolvió hacer una escultura en yeso, que encabezaría nuestra marcha. Concibió una figura en gran tamaño basada en la famosa escultura soviética el Obrero y la koljosiana, con un varón de gran tamaño, marchando brazo en alto.

El Obrero y la koljosiana es una estatua de 24,5 m hecha en acero inoxidable por la escultora soviética Vera Mújina, para ser expuesta en la Exposición Universal de París, que tuvo lugar el año 1937.

Duhalde trajo una rastra, a fin de que pudiéramos conducir la escultura encabezando la marcha. Trabajó día y noche durante muchos días. Lucía espectacular cuando la vimos concluida. El día de la marcha debíamos sacarla más temprano, a fin de llevarla hacia Avenida Matta esquina San Diego donde se iniciaba el desfile.

Al tratar de sacarla del patio interior de la Secretaría, nos encontramos con la sorpresa que la escultura no cruzaba las puertas, porque el brazo en alto, tenía una altura mayor. Quedamos paralizados. Tras unos instantes en silencio, el cojo Duhalde cogió una sierra y comenzó a amputar el brazo a la altura del hombro. Quedaron colgando algunos alambres, que utilizó para amarrarlo a una altura menor, solución bastante precaria, que no aseguraba su mantenimiento.

En fin, llegamos al punto convenido y así desfilamos, teniendo que afianzar el brazo varias veces. La marcha se inició en dirección a Vicuña Makenna, donde giramos hacia la Plaza Italia y desde allí por la Alameda hasta la Plaza Bulnes, donde se levantó la tribuna desde la cual Allende nos deslumbró con un discurso espectacular. Fue la primera vez que lo escuchamos hablar en público.

Al término del acto, debíamos trasladar la escultura de regreso a la secretaría en calle Serrano, donde Duhalde cogió un mazo y la destruyó por completo, en una actitud casi enloquecida.

Al día siguiente, tuvo lugar la concentración del paco Ibáñez, que concentró miles y miles de personas confluyendo a la misma Plaza Bulnes sin orden alguno, pero copando las calles de toda la ciudad. Quedamos bastante desmoralizados.

El día 4 de septiembre tuvieron lugar las elecciones, donde pude votar por primera vez en mi vida y además fui electo secretario de mesa en el local de la Séptima Comuna situado en la Escuela Federico Errázuriz, (Hoy República Argentina), donde cursé mis primeros años de preparatoria.

Terminados los escrutinios, me dirigí a la Secretaría General de Allende, muy concurrida a esa hora, donde comenzaban a conocerse los primeros resultados.

Los jóvenes nos ubicamos en el patio, próximo a un gran ventanal, en el cual se había ubicado una radio de gran tamaño, que trasmitía las primeras cifras. A medida que avanzaba la hora, los resultados eran cada vez más abrumadores en favor de Carlos Ibáñez, generándonos bastante desazón. Nadie habría la boca, hasta que el propio Allende rompió el silencio diciendo en voz alta: “Compañeros, no preocuparse. Todavía no llegan los resultados de Lota”. Efectivamente, Lota fue el único lugar donde triunfó Allende, pero digamos con unos dos mil votos.

El resultado final otorgó el triunfo a Ibáñez con más de 400.000 votos. Allende obtuvo 52,000, equivalentes al 5% de la votación. Sin embargo, ese fue el comienzo de una carrera que culminó con la victoria en septiembre de 1970.

Participamos con Anita en las cuatro campañas presidenciales y percibimos como nuestro compañero Allende fue creciendo como político y como ser humano. Tuvimos el honor de asumir altas responsabilidades en su gobierno. Miro hacia atrás y califico como un privilegio haber sido partícipe de un momento tan excepcional en la historia de Chile. La obra realizada nos llena de orgullo.

No hay líder izquierdista del Siglo XX, que haya tenido la vigencia que tiene Allende en el mundo entero. Su ejemplo ilumina hasta el día de hoy los movimientos progresistas en Europa como en América Latina.

Hoy habría cumplido 102 años. Hace 47 años que nos dejó, pero nos sigue acompañando en todas las causas nobles que libran los pueblos de la tierra por construir una sociedad donde imperen la fraternidad, la justicia y el bien común.

Miguel Lawner