La “Segunda Revolución”

Egipto y su encrucijada


Manifestaciones en contra del proyecto militar que pretende eternizarse en el poder forzaron elecciones escalonadas con final previsto para marzo.

La sangre volvió a brotar del suelo egipcio. Y la Plaza Tahrir se convirtió, como hace diez meses atrás, en el epicentro de las nuevas -aunque viejas- protestas en reclamo de democracia y libertad.

Tras la caída de Hosni Mubarak, en el mes de febrero de este 2011, todo parecía indicar que la denominada “Primavera Árabe” que se extendía por gran parte de la región, desencadenaría en una reconfiguración del mapa político en Medio Oriente.

Pero, por el momento, en Egipto nada cambió tras la salida de Mubarak. Así, el status quo es mantenido por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, encabezado por el mariscal Mohamed Tantaui, y se autoproclamó como la institución encargada de llevar adelante una transición hacia un gobierno civil.

Sin embargo, después de nueve meses de gobierno de la Junta Militar, los cambios exigidos por los ciudadanos egipcios brillan por su ausencia. Tantaui se encargó de cambiarle el maquillaje a la estructura de poder que había construido Mubarak y que le permitió mantenerse en la presidencia por 30 años.

Ante este panorama, el 18 de noviembre, los egipcios volvieron a tomar la Plaza Tahrir en reclamo de la salida inmediata de los militares del poder, el llamado a un gobierno de unidad nacional para llevar adelante la transición y la celebración de elecciones presidenciales para abril de 2012.

La respuesta que obtuvieron los manifestantes fue una feroz represión por parte de las Fuerzas de Seguridad egipcias. Se contaron, hasta el momento, más de 40 muertos y 3.000 heridos en todo el país.

Debido a la imposibilidad de desalojar la Plaza mediante la violencia, y el aumento del descontento de los manifestantes, el primer ministro Essam Sharaf y todo su gabinete, marionetas de la Junta Militar, decidieron renunciar.

Así, el mariscal Tantaui decidió, en forma tardía y parcial, dar lugar a ciertas exigencias de los manifestantes. Entre ellas, poner como fecha estimada para las elecciones presidenciales el mes de junio de 2012.

Si bien este anuncio no fue bien recibido por los rebeldes, lo que los llevó a mantener el acampe en Tahrir fueron otras decisiones del Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, tal como la designación de Kamal el Ganzuri, hombre de Mubarak, como nuevo premier.

Además, la Junta Militar pretende autoproclamarse como garante de la nueva Constitución -que deberá redactarse- reservándose para sí la potestad de vetar cualquier artículo, y mantiene la intención de realizar un referéndum para que la población decida la continuidad o no de los militares en el gobierno de transición. “Estamos dispuestos a entregar inmediatamente la responsabilidad si el pueblo así lo desea en un referéndum popular”, señaló Tantaui.

Este anuncio no hace más que reafirmar la idea de que los militares pretenden enquistarse en el poder. Sin embargo, Tantaui intentó, sin lograrlo, desarticular esta idea. “No buscamos la Presidencia y las Fuerzas Armadas rechazan cualquier intento de dañar su reputación”, intentó aclarar el Presidente de Facto.

Tras los anuncios, Mohamed Tantaui se reunió con el ex director del Organismo Internacional de Energía Atómica y Premio Nobel de la Paz, Mohamed el Baradei, para que respaldara a el Ganzuri como nuevo primer ministro. Con el mismo objetivo se comunicó con Amr Musa, ex secretario general de la Liga Árabe,

Pero tanto el Baradei como Musa lejos estuvieron de apoyar la designación de Tantaui. Las razones de la decisión no son difíciles de encontrar: Mohamed el Baradei y Amr Musa son vistos con buenos ojos por los egipcios para encabezar un gobierno de transición. Respaldar una medida antipopular de la Junta Militar provocaría la desconfianza de los ciudadanos.

Así mismo, mientras que la Plaza Tahrir es testigo de la “Segunda Revolución”, como la denominan los manifestantes, Egipto comenzó el lunes 28 con unas confusas y escalonadas elecciones Legislativas.

Los días 28 y 29 de noviembre, el 14 de diciembre y el 3 de enero, los egipcios decidirán la conformación de la Asamblea del Pueblo o Cámara baja del Parlamento. El 29 de enero, el 14 de febrero y el 11 de marzo elegirán a los senadores de la Chura o Cámara alta.

Pero si la división de los comicios no hace más que poner un manto de confusión a las elecciones, la oferta de candidatos complica las cosas: 15 mil candidatos repartidos en 55 partidos.

De los 55 partidos políticos que se presentan como opción ante la sociedad, la mayor parte son agrupaciones y coaliciones conformadas tras la caída de Mubarak. En ese contexto, el gran candidato a obtener la victoria es el Partido de la Libertad y la Justicia, brazo político de los Hermanos Musulmanes, que posee la organización más sólida y de mayor experiencia.

Por otra parte, para Estados Unidos y sus aliados europeos la crítica situación por la que atraviesa Egipto no amerita ninguna dura condena contra la represión y el uso de la violencia ejercida por el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas.

Jay Carney, portavoz de la Casa Blanca, aseguró que Estados Unidos está “profundamente preocupado” por la violencia, y pidió “contención a todas las partes, para que los egipcios puedan avanzar para forjar un Egipto fuerte y unido”. Bastante poco si se consideran como parámetros los escenario por ellos construido en Irak, Afganistán, Irán o Libia.

Así como ocurrió con Hosni Mubarak, a quien Washington mantuvo de aliado hasta que la situación en Egipto se volvió insostenible, la Administración Obama no tiene muchas intenciones de que la Junta Militar abandone el poder.

Durante los 30 años de mandato de Mubarak, las Fuerzas Armadas egipcias se convirtieron en defensoras de los intereses de Washington a cambio de 1.300 millones de dólares anuales, cifra solo superada por la ayuda militar que la Casa Blanca le brinda al Ejército de Israel.

Queda claro que lo que más desearía Washington para Egipto es un gobierno aliado que garantice el equilibrio en la región como hasta ahora: el país norafricano no sólo controla el Canal de Suez sino que además comparte fronteras tanto con Gaza como con el hermano menor de Estados Unidos, Israel.
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David Garcia | Desde la Redacción de APAS