Sexualidad-Educación

El arte de enseñar el clítoris

¡Viva la liberación del clítoris! ese gran desconocido (referente de la literatura de la ciencia ficción y la novela negra) que ha iniciado un lindo viaje en busca del tiempo perdido.

El arte de enseñar las funciones del clítoris, lo que a algunos puede sonrojar las mejillas cual tomates, es muy importante y deberíamos tomarnos el asunto con seriedad, sin complejos, pues se trata de una cuestión de vital importancia: La educación sexual, la exploración y descubrimiento de nuestra geografía y su celebración.

Hay personas sobradas de mundología que fanfarronean de sus viajes por el orbe y de sus conocimientos enciclopédicos; que te dejan embobado cuando hablan de las pirámides de Egipto, las cataratas del Niágara y del legendario hombre-pez de Liérganes (1) y que, sin embargo, jamás han visto un clítoris y, por ende, nunca lo han palpado.

Escribo estas líneas después de haber leído varios artículos sobre la genialidad que han tenido los franceses de quitar la capucha al clítoris, reproducirlo en una impresora 3-D y mostrárselo a los chavales y chavalas, explicando su función, en las escuelas.

El redescubrimiento del clítoris y su inclusión, con fines pedagógicos, en las aulas -tras dos milenios de condena al ostracismo por la secta católica- es una excelente noticia. Es como si nos dijeran (dando un salto descomunal con la mente) que, gracias a un nuevo enviado, las mujeres gozan de absoluta libertad en el mundo musulmán y pueden ir donde las plazca con el rostro desnudo. Y que los derechos de todas ellas son sagrados en un mundo con violencia cero.

La mayoría de los niños y niñas nacen con una inteligencia inmensa, en continua expansión, que, si no la amarrásemos a banderas, pusiéramos alas agujereadas o bolas con grilletes, las nuevas generaciones podrían romper con todo lo que empequeñece, ata o mata, y darnos una visión panorámica (no monetaria) de lo que podríamos ser, lo que requiere el despertar de nuestro dios o diosa interior.

La costumbre general es hablar a los nenes y a las nenas como si fueran estúpidos e indicarles, con el índice del sistema dominante, el camino de Panurgo para que sólo vean lo que debe ser visto, oigan lo que debe ser oído y hagan lo que debe ser hecho, cuidándose bien de no avivar su espíritu crítico. No deben tomar la manzana del árbol prohibido: han venido para ser siervos del señor (o del amo) desde la cuna a la tumba.

Ir con el clítoris 3-D a la escuela y dejar que los niños y las niñas los toquen y los estudien, no significa educarles en la promiscuidad (cada ser humano, debidamente formado, ya encontrará su propia brújula). Se trata de ampliar miras, conocimientos, de aprender que no solamente el alma es venerable, sino también el cuerpo.

El ser humano debe intentar, por encima de todo, ser feliz (lo que no es posible sin hacer feliz al otro), y toda mutilación física (como la ablación) o intelectual, es un crimen contra la humanidad. Los franceses siempre nos han llevado unos pasos por delante: hace décadas nos regalaron su mayo del 68 y ahora el Clítoris 3-D.

Permitidme esta pregunta, más ceñida a nuestra idiosincrasia, ¿Llegarán los clítoris 3-D a las escuelas de España y de América Latina? No lo sé, en “nuestro mundo” todavía quedan muchas revoluciones pendientes y “los que mueven los hilos del matadero global” se empeñan en que vivamos de rodillas y en que no cojamos el arco de Ulises para poner en su sitio a los depredadores que se alimentan, cual aves carroñeras, de la debilidad humana.

¡Viva la liberación del clítoris! ese gran desconocido (referente de la literatura de la ciencia ficción y la novela negra) que ha iniciado un lindo viaje en busca del tiempo perdido.

-1- El artista Javier Anievas inmortalizó a ese personaje con una célebre escultura que se ha convertido en un icono del pueblo de Liérganes (Cantabria, España) y, que, según los expertos, ya es “un referente nacional” en el terreno de “la mitología norteña”, al igual que las sirenas o las cariátides en la antigua Grecia.

El blog del autor es Nilo Homérico