La cara y la cruz de Haiti

Un terremoto de intensidad idéntica causa más víctimas en un país empobrecido que en otro rico e industrializado; citamos como ejemplos a tres países que recientemente sufrieron el impacto de la naturaleza, coincidiendo en el grado de intensidad y anotamos que el terremoto de Haití, de magnitud 7,2 en la escala de Richter, ha ocasionado más de cien mil muertos, mientras que el de Honshu (Japón), de idéntica fuerza (7,1), acaecido hace seis meses, apenas provocó un muerto y un herido y en febrero pasado del 2010, el movimiento telúrico de Chile con un grado de intensidad 8.1 causó un total de 432 fallecidos.

Las Naciones Unidas (ONU)* en un informe presentado con motivo de la tragedia que enlutó a la isla caribeña expresaba: “Los países más pobres y los que tienen problemas de subsistencia están más expuestos a riesgos que los otros”. En una misma ciudad, el impacto humano de una calamidad puede ser muy distinto, según las características de los barrios. En Puerto Príncipe, el terremoto castigó a los barrios pobres del centro, pero en los distritos privilegiados de la burguesía mulata: los profesionales, comerciantes y la clase acomodada, las viviendas están ubicadas en zonas altas y sufrieron menores estragos.**
Por otra parte, aunque un país no sea rico, si se dota de una política eficaz de prevención de catástrofes puede salvar muchas vidas. En agosto de 2008, el ciclón Gustav, el más violento de los últimos cincuenta años, azotó el Caribe con vientos de 340 kilómetros por hora. En Haití mató a 66 personas. Sin embargo, en Cuba no causó ninguna víctima mortal.

¿Es Haití un país pobre? Algún columnista anotaba que en verdad, no hay países pobres; sólo existen “países empobrecidos”, que no es lo mismo. En el último tercio del siglo XVIII, Haití era la Perla de las Antillas y producía el 60% del café y el 75% del azúcar que se consumía en Europa. Pero, de su gran riqueza sólo se beneficiaron unos 30.000 colonos blancos, y los 500.000 esclavos negros que la producían, no fueron beneficiados con ningún pago o reconocimiento a sus servicios laborales.
Los nobles ideales de la Revolución Francesa, sirvieron de tónica para que esos esclavos se sublevaran en 1791 al mando de Toussaint Louverture, el Espartaco negro. La guerra duró trece años. Napoleón envió una expedición de 43.000 veteranos. Triunfaron los insurrectos. Fue la primera guerra racial anticolonial y la única rebelión de esclavos que desembocó en un Estado soberano.
El 1o de enero de 1804, se proclamó la independencia. Estalló como un clarín de alerta para el continente sur americano. Los esclavos negros demostraban que, por su propia lucha, sin la ayuda de nadie, podían conquistar la libertad. Afro-América emergía en la escena política internacional.
La actitud liberadora fue calificada de “mal ejemplo” anotaba Thomas Jefferson el presidente de Estados Unidos y, este acontecimiento que destrozaba las cadenas de la esclavitud en el país negro, causa espanto a las potencias que seguían practicando la dominación del blanco y, ningún estado reconoció este trascendental acontecimiento que marcaba el inicio de las luchas por la independencia del sur. El apoyo no llegó a la nueva república, pesadilla del colonialismo blanco. Aún hoy, el viejo terror no ha desaparecido. Pat Robertson, predicador en una estación de TV en los Estados Unidos, expresaba que “Miles de haitianos han muerto en el terremoto porque los esclavos de Haití hicieron un pacto con el diablo para obtener su libertad” ***
El nuevo Estado independiente fue boicoteado durante decenios con la idea de “recluir la peste” en ese país. Haití cayó en guerras civiles que arrasaron su territorio. Se perdió la necesaria etapa de construcción de un Estado-nación. Institucionalmente, a pesar de la gran calidad de sus numerosos intelectuales, el país quedó atrapado en su subdesarrollo.
Estados Unidos impulsado por los jerarcas del imperio, no dudó en ocupar militarmente a ese país que se prolongó por casi veinte años, desde 1915 a 1934. En el transcurso de ese tiempo, la lucha y la rebeldía de los caribeños morenos se convirtió en la resistencia permanente hostigando a las fuerzas americanas en los momentos menos pensados; es decir, Haití inicia las luchas inesperadas de la guerra de resistencia, dando origen al nacimiento de las guerrillas, al mejor estilo contemporáneo. El héroe de la rebelión, Charlemagne Péralte, fue crucificado por los marines, clavado en la puerta de una iglesia. Washington acabó por ceder Haití a nuevos dictadores, entre ellos: Papa DocDuvalier, uno de los más despóticos.
En los últimos treinta años del siglo pasado 1970 y adelante, la isla atravesaba espacios de holgura económica: sus agricultores producían el 90% de los alimentos que consumía la población. Pero el Plan Reagan-Bush, impuesto por Washington, obligó a suprimir los aranceles sobre la importación de arroz, producto básico del cultivo local. El arroz estadounidense, más barato porque estaba subvencionado, inundó el mercado local y arruinó a miles de campesinos que se concentraron en las ciudades importantes causando el rebalse de habitantes que no podían conseguir trabajo.
El gobierno realmente democrático, fue la de Jean-Bertrand Aristide, dos veces Presidente (1994-1996 y 2001-2004). Pero las medidas que estaba programando no fueron del agrado de Washington y le empujaron al exilio. Desde entonces, de hecho, Haití se halla bajo tutela de la ONU y de un conglomerado de ONGs internacionales. El Gobierno de René Préval ha sido sistemáticamente privado de medios de acción. Por eso resulta absurdo reprocharle su inoperancia ante los efectos del movimiento sísmico.
Las Organizaciones No Gubernamentales (ONGs) invadieron el control del país defenestrando el sector público; anularon sus principales actividades transfiriendo las instituciones rentables al sector privado, es decir a las ONGs o a las instituciones privadas. Naomi Klein, destacado periodista y escritor anotaba que Haití ya era el primer caso de “colonialismo humanitario”. La tragedia reforzará la dependencia. Y por consiguiente las resistencias. El “capitalismo de choque”, hallará una nueva ocasión de reclamar -en nombre de la eficacia- la privatización integral de todas las actividades económicas y comerciales ligadas a la reconstrucción.
Las Fuerzas Armadas de los Estados Unidos desplegadas en una ofensiva humanitaria de gran envergadura, han tomado el primer lugar en la ocupación con el pretexto de un generoso deseo de socorrer. Pero también de indiscutibles intereses geopolíticos. Washington prefiere invadir Haití con su ayuda alimenticia y de servicios básicos a fin de ver invadidas sus costas por decenas de miles de botes del pueblo haitiano. En el fondo, se trata de la misma vieja obsesión: “recluir la peste”, es decir, amarrar al coche invasor de la Unión para continuar su política de dominar a diferentes países. La dama de la Libertad en la isla de Manhatan mira avergonzada al mundo por que sus postulados de la “Luz de la libertad, la Igualdad y el Progreso” se han cambiado por Inversión, invasión, dominación.
Era un día cualquiera, pero distinto de los demás. Era un martes, 12 de enero del 2010. A Haití le tocó la hora más negra de su historia: por una parte la cara histórica nos muestra un país continuamente atacado por fuerzas extranjeras, y luego las tragedias aplicadas por la naturaleza que causan los destrozos más grandes en un país pobre, dejan ver que su maleficio que se arrastra por siglos. Las preguntas sobran: ¿Será por que son morenos?… ¿Talvez por que son pobres de solemnidad?… Es posible la falta de valores humanos que dirijan ese país con metas hacia el progreso.
Son muchos más los cuestionamientos que abaten a Haití. ¿Algún día encontrará la salvación a sus problemas? Las promesas de ayuda del exterior para reconstruir el país llegan a paso de tortuga; la humanidad va perdiendo el interés en colaborar a esa pobre isla y, dejan que ese pueblo se desgarre por sus inclemencias telúricas: terremotos, maremotos, inundaciones en la época de lluvias que están a la vuelta de la esquina. O, la falta de oportunidades para construir su propio destino. En verdad están abandonados: malaya suerte: morenos, pobres, invadidos por fuerzas que solo aspiran a aprovechar las miserias humanas para engordar sus faltriqueras. La pobreza tiene este defecto: incita al hombre a cometer malas acciones.
“Reconocer la pobreza no deshonra al hombre, pero sí no hacer ningún esfuerzo para salir de ella”.

Notas:
* Riesgo y pobreza en un clima cambiante. Invertir hoy para un mañana más seguro, Naciones Unidas, Nueva York, mayo de 2009.
** Informe Mundial sobre los desastres 2009, Cruz Roja Internacional, Ginebra, julio de 2009.
*** Christian Broadcasting Network, 14 de enero de 2010.